Decidamente tal vez

Arkadi y Boris Strugatski

DECIDIDAMENTE TAL VEZ

— Este, espere un… — murmuró Maliánov, pisándole los talones.

El hombre depositó la caja en un banquito y sacó del bolsillo un manojo de recibos.

—¿Usted es de la Comisión de Inquilinos, o qué? —Quién sabe por qué, Maliánov pensó que tal vez había llegado por fin el plomero para arreglar la pileta del cuarto de baño.

— De la tienda de comestibles — dijo el hombre con voz ronca, y le entregó dos recibos unidos con un alfiler—. Firme aquí.

—¿Qué es esto? — preguntó Maliánov, y vio que eran formularios de pedidos. Coñac… dos botellas; vodka… — . Espere un minuto, no creo haber pedido nada — dijo.

Vio la cuenta. Fue presa de pánico. No tenía tanto dinero en el departamento. Y de todos modos, ¿qué era eso? Por su cerebro asustado pasaron como un relámpago vividas imágenes de complicaciones, como explicarse, rechazar la entrega, discutir, exigir, telefonear a la tienda o quizás ir allí en persona. Pero entonces vio el sello purpúreo: «Pagado», en la esquina del recibo, y el nombre del comprador: I. E. Maliánova. ¡Irina! ¿Qué demonios estaba pasando?

— Firme aquí —insistió el hombre, señalando con la uña negra—. Donde está la X.

Maliánov tomó el cabo de lápiz del hombre y firmó.

— Gracias — dijo, devolviendo el lápiz—. Muchas gracias — repitió, metiéndose en el angosto vestíbulo con el hombre de la chaqueta ajustada, empujando enérgicamente a Kaliam hacia atrás, con el pie. El gato trataba de salir a lamer el suelo de cemento del rellano.

Después Maliánov cerró la puerta y permaneció bajo la lóbrega luz. Tenía la cabeza revuelta.

— Extraño — dijo en voz alta, y volvió a la cocina.

Kaliam frotaba la cabeza contra la caja. Maliánov levantó la tapa y vio cuellos de botellas, paquetes, bolsas y latas. La copia del recibo se hallaba sobre la mesa. Muy bien. El papel carbónico era borroso, como de costumbre, pero pudo entender la letra. Calle Héroe… hmm… todo parecía en orden. Comprador: I. E. Maliánova. ¡Bonito saludo! Miró de nuevo el total. ¡Aturdidor! Volvió el recibo del revés. Nada interesante del otro lado. Un mosquito aplastado. ¿Qué le pasaba a Irina? ¿Se había vuelto loca de remate? Una deuda de quinientos rublos. Un momento, ¿quizás dijo algo acerca de eso, antes de irse? Trató de recordar ese día, las maletas abiertas, los montículos de ropa desparramados por toda la casa, Irina semivestida y blandiendo su plancha. No te olvides de alimentar a Kaliam, tráele un poco de hierba, de la puntiaguda; no te olvides del alquiler; si llama mi jefe, dale mi dirección.

En apariencia, eso era todo. Había dicho algo más, pero en ese momento Bóbchik entró corriendo con su ametralladora. ¡Ah, sí! Llevar las sábanas al lavadero. ¡No entiendo absolutamente nada!

Maliánov extrajo de la caja, con cuidado, una botella. Coñac. ¡Por lo menos quince rublos! ¿Era mi cumpleaños, o algo? ¿Cuándo se fue Irina? Jueves, miércoles, martes. Fue doblando los dedos. Hoy hacían diez días que se había ido. Eso significa que hizo el pedido de antemano. Volvió a pedir prestado dinero a alguien, e hizo la compra. Una sorpresa. ¡Quinientos rublos de deuda, te das cuenta, y quiere darme una sorpresa! Por lo menos algo quedaba solucionado: no tendría que ir a la tienda. El resto era brumoso, por lo que a él se refería. ¿Cumpleaños? No.

¿Aniversario de bodas? No lo creo. No, decididamente no. ¿Cumpleaños de Bóbchik? No, eso es en invierno.

Contó las botellas. Diez. ¿Quién creía ella que se lo bebería todo? ¡Yo no podría beberme eso ni en un año! Viecherovsky casi no bebe, tampoco, y ella no puede soportar a Val Weingarten.

Kaliam se puso a maullar espantosamente. Intuyó que había algo en la caja.

EXTRACTO 2…un poco de salmón en su propio jugo, y un trozo de jamón con una costra de pan rancio. Luego encaró los platos sucios. Resultaba muy claro que una cocina sucia era particularmente ofensiva, con semejantes lujos en la refrigeradora. Durante ese tiempo, el teléfono sonó dos veces, pero Maliánov no hizo más que apretar la mandíbula con fuerza. No atenderé, y eso es todo. Al demonio con todos ellos, y sus Inturist y estaciones. También habrá que lavar la sartén, no es posible dejarla así. Hará falta para metas más altas que una porquería de omelet. Ahora, ¿cuál es el centro del asunto? Si la integral es realmente cero, entonces todo lo que queda en la parte derecha son la primera y segunda derivadas. No entiendo bien la física del asunto, pero no importa, por cierto que crea unas burbujas impresionantes. Sí, así las llamaré: burbujas. No, quizá «cavidades» esté mejor. Las cavidades Maliánov. «Cavidades-M». Hmmm.

Guardó los platos y miró en el cacharro de Kaliam. Todavía estaba muy caliente. Pobre Kaliam. Tendrá que esperar. El pobre y pequeño Kaliam deberá esperar y sufrir, hasta que se enfríe.

Se limpiaba la mano cuando se le ocurrió una idea, como ayer. Y como en la víspera, no la creyó.

— Un minuto, espera un minuto — murmuró, afiebrado, mientras las piernas lo llevaban por el corredor, con el linóleo fresco que se le pegaba en los talones, a través del denso calor amarillo, hasta su escritorio y la estilográfica. Cuernos, ¿dónde estaba? Sin tinta. Por aquí, en alguna parte, había un lápiz. Y entretanto la consideración secundaria, no, la primaria, la fundamental, era la función de Hartwig… y fue como si toda la parte derecha hubiese desaparecido. Las cavidades se volvieron axialmente simétricas… ¡y la vieja integral ya no era cero! Es decir, hasta tal punto no era cero, mi pequeña integral, que el valor era significativamente positivo. ¡Pero qué imagen presenta! ¿Por qué no me di cuenta hace tiempo? Está bien, Maliánov, tranquilízate, hermano, no eres el único. El viejo académico Cómo-se-llama tampoco lo vio. En el espacio amarillo, apenas curvado, las cavidades axialmente simétricas giraban con lentitud, como gigantescas burbujas. La materia fluía en torno de ellas, tratando de filtrarse a través, sin lograrlo. La materia se comprimía en los límites, a densidades tan increíbles, que las burbujas comenzaban a fulgurar. Dios sabe qué ocurrió después… pero ya lo veremos. Primero atacaremos la estructura de las fibras. Después, los arcos de Ragozin. Y después las nebulosas planetarias. ¿Y qué creían, amigos? ¿Qué éstas eran cáscaras en expansión, desprendidas? ¡Vaya cáscaras! ¡Todo lo contrario!

El maldito teléfono volvió a sonar. Maliánov lanzó un rugido de cólera, pero continuó escribiendo. Debería desconectarlo por completo. Había un interruptor para eso… Se echó en la otomana y tomó el receptor.

—¡Sí!

—¿Dmitri?

— Sí, ¿quién es?

—¿No me reconoces, perro? — Era Weingarten.

— Ah, eres tú, Val. ¿Qué quieres?

Weingarten vaciló.

—¿Por qué no atiendes tu teléfono?

— Estoy trabajando — respondió Maliánov, furioso. Se mostraba muy poco amistoso. Quería volver al escritorio y ver el resto de la imagen con las burbujas.

— Trabajando — dijo Weingarten—. Construyendo tu edificio inmortal, supongo.

—¿Por qué, querías pasar por aquí?

—¿Pasar? No, en verdad no.

Maliánov perdió los estribos del todo.

—¿Y qué quieres, entonces?

— Escucha, amigo… ¿En qué estás trabajando ahora?

— Estoy trabajando, ya te lo dije.

— No… quiero decir: ¿en qué estás trabajando?

Maliánov quedó atónito. Hacía veinticinco años que conocía a Weingarten, y éste jamás había manifestado una pizca de interés por la labor de Maliánov. A Weingarten nunca le interesó otra cosa que el propio Weingarten, aparte de dos objetos misteriosos: la de dos peniques, de 1934, y la de «medio rublo del cónsul», que no era medio rublo, sino cierto sello postal especial. El vagabundo no tiene nada que hacer, decidió Maliánov. Está tratando de matar el tiempo. ¿O tal vez necesita un techo sobre su cabeza, y quiere llegar de a poco a la pregunta?

—¿En qué estoy trabajando? — dijo con alborozada malicia. Te lo puedo decir con gran detalle, si quieres. Te fascinará, estoy seguro, ya que eres un biólogo, y todo eso. Ayer por la mañana pude encontrar algo, por fin. Resulta que en las suposiciones más generales respecto de las funciones potenciales, mis ecuaciones de movimiento tienen una integral más, aparte de la de energía y de la integral de momentos. Es una especie de generalización de un problema limitado de tres campos. Si la ecuación de movimiento se proyecta en forma de vector, y después se aplica la trasformación Hartwig, queda completa la integración para todo el volumen, y el problema entero se reduce a ecuaciones integral-diferenciales de tipo Kolmogórov-Feller.

2

Para su enorme sorpresa, Weingarten no lo interrumpió. Durante un segundo, Maliánov creyó que los habían desconectado.

—¿Me escuchas?

— Sí, con gran atención.

—¿Tal vez entiendes inclusive lo que te digo?

— Pesco una parte de eso — respondió Weingarten con animación. Maliánov se dio cuenta de pronto de lo extraña que sonaba su voz. Le asustó.

— Val, ¿pasa algo malo?

—¿Qué quieres decir? — preguntó Weingarten, ganando tiempo.

—¿Qué quiero decir? ¡Si te pasa algo a ti, por supuesto! Tienes una voz un poco rara. ¿No puedes hablar ahora?

— No, no, amigo. Eso es una tontería. Estoy bien. Es el calor, nada más. ¿Conoces el de los dos gallos?

— No. ¿Y?

Weingarten le contó el chiste de los dos gallos… era muy tonto, pero gracioso. Pero no se trataba de un chiste de los de Weingarten, para nada. Maliánov, por supuesto, lo escuchó, y rió en el momento oportuno, pero el chiste sólo consiguió intensificar el sentimiento de que algo le ocurría a Weingarten. Tal vez tuvo otro choque con Sveta, pensó con incertidumbre. Quizá volvieron a arruinarle el epitelio, entonces Weingarten preguntó:

— Escucha, Dmitri. ¿El nombre Snegovoi significa algo para tí?

—¿Snegovoi? ¿Arnóld Pávlovich Snegovoi? Tengo un vecino de ese nombre, vive al otro lado del corredor. ¿Por qué?

Weingarten no respondió. Inclusive había dejado de respirar por la boca. Sólo se escuchaba un tintineo… debía de estar jugando con sus monedas.

—¿Y qué hace, tu Snegovoi?

— Creo que es físico. Trabaja en no sé qué refugio subterráneo. Ultrasecreto. ¿De dónde lo conoces?

— No lo conozco — replicó Weingarten con inexplicable tristeza. Sonó el timbre de la puerta.

—¡Están todos enloquecidos! — dijo Maliánov—. Espera, Val. Alguien está tirando mi puerta abajo.

Weingarten dijo algo, o inclusive gritó, pero Maliánov había arrojado el teléfono en la otomana y corría al vestíbulo. Kaliam ya estaba metido entre sus pies, y Maliánov casi tropezó con él.

Retrocedió en cuanto abrió la puerta. En el umbral había una joven de júmper blanco, corto, muy atezada y de cabello corto, blanqueado por el sol. Hermosa. Una desconocida. (Maliánov tuvo aguda conciencia de que sólo tenía puestos los calzoncillos, y de que su vientre estaba sudado). La joven tenía una maleta a los pies, y una chaqueta echada al brazo.

—¿Dmitri Maliánov? — preguntó, turbada.

— S-sí —contestó Maliánov. ¿Una parienta? ¿La prima tercera, Zina, de Omsk?

— Por favor, perdóneme, Dmitri. Sé muy bien que este no es un buen momento para usted. Tenga.

Le entregó un sobre. Maliánov lo tomó en silencio y extrajo de él un trozo de papel. En su pecho bramaron horribles, furiosos sentimientos hacia todos los parientes del mundo, y en especial hacia esa Zina o Zoia.

Pero resultó que no era una prima tercera. Con grandes letras apresuradas, las líneas torcidas hacia uno y otro lado, Irina había escrito: «¡Dímochka! Esta es Lida Ponomariova, mi mejor amiga de la escuela. Yo te hablé de ella. Sé amable, no le gruñas. No se quedará mucho. Todo va bien. Ella te lo contará. Besos, yo».

Maliánov lanzó un largo aullido silencioso, cerró los ojos y los abrió de nuevo. Pero sus labios esbozaban una sonrisa maquinal, amistosa.

— Qué bien — dijo con tono amigable, negligente—. Pase, Lida, por favor. Perdone mi aspecto. El calor, sabe.

Debe de haber habido algo raro en su recepción, porque el hermoso rostro de Lida adquirió una expresión de desconcierto, y por algún motivo volvió la cabeza y miró el rellano, como si de pronto se preguntase si el lugar que buscaba era ese.

— Vamos, déjeme entrar su maleta — dijo Maliánov con rapidez—. Entre, entre, no sea tímida. Puede colgar su chaqueta aquí. Esta es nuestra habitación principal, aquí trabajo, y está es la de Bóbchik. Será la suya. ¿Tal vez quiere darse una ducha?

Oyó un cloqueo nasal que llegaba de la otomana.

— Perdón — dijo—. Póngase cómoda, enseguida estaré con usted.

Tomó el teléfono y oyó que Weingarten repetía con extraña voz monótona:

— Dmitri, Dmitri, oh Dmitri, ven al teléfono, Dmitri.

—¡Hola! Val, escucha…

—¡Dmitri! — gritó Weingarten—. ¿Eres tú?

Maliánov se asustó.

—¿Por qué gritas? Acabo de recibir una visita, perdóname. Te llamaré más tarde.

—¿Quién? ¿Quién es el visitante? — preguntó Weingarten con voz inhumana.

Maliánov sintió un estremecimiento. Val ha enloquecido. Qué día.

— Val — dijo con gran calma—. ¿Qué sucede? Ha llegado una mujer. Una amiga de Irina.

—¡Hijo de puta! — dijo Weingarten, y colgó.

— Quizá —dijo ella con tono de duda.

Maliánov sorbió el té con cuidado, tratando de no hacer mucho ruido. Parecía haberse producido una pausa en la chacota. Algo le preocupaba a Lídochka.

—¿Quizás tú y yo ya nos conocimos en alguna parte? — preguntó de pronto.

—¿Dónde? Yo lo habría recordado.

— Es posible que por accidente. En la calle, o en un baile.

—¿Un baile? — replicó Maliánov—. He olvidado cómo se baila.

Y los dos dejaron de hablar. Tan profundo era el silencio, que los dedos de los pies de Maliánov se contrajeron, incómodos. Era esa horrible situación en la cual no se sabe adonde mirar, y en que el cerebro está lleno de frases que ruedan como piedras en una barrica, y que no tienen utilidad alguna en lo referente a cambiar de tema o iniciar una nueva conversación. Como por ejemplo: «Nuestro Kaliam va directamente al inodoro». O «Este año no hay muchos tomates en las tiendas». O: «¿Qué te parecería otra taza de té?» O, digamos: «Bien, ¿y qué opinas de nuestra ciudad?»

Maliánov inquirió, con voz intolerablemente falsa:

— Buen, ¿y qué planes tienes en nuestra hermosa ciudad, Lídochka?

Ella no respondió. Clavó en él, en silencio, los ojos, abiertos en extrema sorpresa. Luego apartó la vista, frunció la frente. Se mordió el labio. Maliánov siempre se consideraba un mal psicólogo, y por lo general no tenía la menor idea de los sentimientos ajenos. Pero le resultaba muy claro que la pregunta estaba más allá del alcance de la hermosa Lida.

—¿Planes? — murmuró ésta al cabo—. Bueno, es claro. ¡Naturalmente! — Pareció recordar—. Bien, el Hermitage, por supuesto… los impresionistas… la Perspectiva Nevski… ¿y sabes? nunca vi las Noches Blancas.

— Un modesto itinerario de turista — dijo Maliánov con rapidez, para ayudarla. No podía soportar que una persona mintiese—. Déjame que te sirva un poco de té.

Y ella volvió a reír, fresca como antes.

— Dímochka — dijo frunciendo bonitamente los labios—. ¿Por qué me persigues con tu té? Si quieres saberlo, nunca lo bebo. ¡Y especialmente con este calor!

—¿Café? —ofreció Maliánov enseguida.

Ella se opuso al café en forma categórica. Con el calor, y en especial a la hora de acostarse, no se debía beber café. Maliánov le contó que lo único que lo ayudó en Cuba fue beber café… y el calor allí era tropical. Explicó el efecto del café sobre el sistema nervioso autónomo. Y también le dijo, ya que estaba en eso, que en Cuba las bragas debían verse debajo de la minifalda, y que si…

EXTRACTO 4…luego le sirvió otra copa de vino. Surgió la decisión de usar el pronombre personal ruso «tú» para los brindis. Sin los besos. ¿Por qué habría de haber besos entre dos personas inteligentes? Lo importante era el contacto espiritual. Brindaron por el uso del «tú» informal, y hablaron de la intimidad espiritual, de los nuevos métodos de parto, y de las diferencias entre el denuedo, la intrepidez y el valor. El Riesling se terminó, y Maliánov dejó la botella vacía en el balcón y fue al bar a buscar algún Cabernet. Decidieron beber el Cabernet en las copas favoritas de Irina, de cristal ahumado, que primero enfriaron. La conversación sobre la feminidad, que vino a continuación de la relacionada con la masculinidad y la valentía, combinaba muy bien con el helado vino tinto. Se preguntaron que asnos habían decretado que el vino tinto jamás debía enfriarse. Discutieron el asunto. ¿No era verdad que el vino tinto helado es especialmente bueno? Sí, por supuesto. De paso, las mujeres que beben vino tinto helado se vuelven particularmente bellas. En alguna parte parecen hechiceras, donde, con exactitud. En alguna parte. Maravillosa expresión: «en alguna parte». Eres un cerdo en alguna parte. Adoro esa expresión.

De paso, hablando de hechiceras… ¿qué te parece que es el matrimonio? un matrimonio de verdad. Un matrimonio inteligente. El matrimonio es un contrato. Maliánov volvió a llenar las copas y desarrolló el pensamiento. En el sentido de que un hombre y su esposa son ante todo amigos, para quienes la amistad es lo más importante. Honestidad y amistad. Un contrato acerca de la amistad, ¿entiendes? Tenía la mano apoyada en la rodilla desnuda de Lídochka, y la sacudía para dar énfasis a sus palabras. Tómanos, por ejemplo, a Irina y a mí. Conoces a Irina…

Sonó el timbre de la puerta.

—¿Quién puede ser? — preguntó Maliánov mirando el reloj—. Me parece que estamos todos en casa.

Era poco menos de las diez. Mientras repetía «Me parece que estamos, todos aquí», fue a abrir la puerta, y por supuesto, pisó a Kaliam en el vestíbulo. Kaliam maulló.

—¡Ah, maldito seas, demonio! — le dijo Maliánov, y abrió la puerta.

Resultó ser su vecino, el tan misterioso Arnóld Pávlovich Snegovoi.

—¿Es demasiado tarde? — rugió éste por debajo del cielo raso.

—¡Arnóld! — dijo Maliánov, alborozado—. ¿Qué quiere decir «tarde» entre amigos? ¡Entra!

Snegovoi vaciló, intuyendo la causa del júbilo, pero Maliánov lo tomó de la manga y lo arrastró al vestíbulo.

— Llegas a tiempo — dijo, remolcando a Snegovoi—. ¡Conocerás a una mujer maravillosa! — prometió, mientras maniobraba a Snegovoi hasta llevarlo a un rincón de la cocina—, ¡Lídochka, este es Arnóld! — anunció—. Buscaré otra copa, otra botella.

Las cosas comenzaban a nadar ante sus ojos. Y no poco, a decir verdad. No debía seguir bebiendo. Se conocía. Pero quería que las cosas fuesen bien, que todos quisieran a todos. Espero que congenien, pensó con generosidad, bamboleándose ante el bar abierto y atisbando en la penumbra amarilla. Está bien para él, es soltero. Yo tengo a Irina. Agitó el dedo en el espacio y se zambulló en el bar.

Gracias a Dios, no rompió nada. Cuando regresó con una botella de Sangre de Toro y una copa limpia, la situación en la cocina no le agradó. Los dos fumaban en silencio, sin mirarse. Y por algún motivo, Maliánov pensó que sus rostros eran malévolos: el de Lídochka era malévolamente bello, y el de Snegovoi, con cicatrices de antiguas quemaduras, malévolamente severo.

—¿Quién acalló la voz de la alegría? — interrogó Maliánov—. ¿Todo eso es tontería! En el mundo existe un solo lujo. ¡El lujo del contacto humano! No recuerdo quién lo dijo. — Extrajo el corcho—. Gocemos del contacto… del lujo.

El vino fluyó en abundancia, y por toda la mesa. Snegovoi se levantó de un salto para proteger sus pantalones blancos. Era anormalmente gigantesco, de veras. La gente no debería ser tan grande en nuestra época compacta. Mientras desarrollaba su pensamiento, Maliánov limpió la mesa. Snegovoi se sentó otra vez en el taburete. El taburete crujió.

Hasta ese momento, el lujo del contacto humano se expresaba en exclamaciones mutiladas. ¡Maldita sea esa timidez de los intelectuales! Dos personas absolutamente hermosas no son capaces de abrirse en el acto, la una a la otra, meterse una a otra en el corazón y el espíritu, ser amigas desde el primer segundo. Maliánov se puso de pie, sosteniendo la copa a la altura de la oreja, y expuso el tema en voz alta. No sirvió. Bebieron. Tampoco eso ayudó. Lídochka miraba por la ventana, aburrida. Snegovoi empujaba la copa sobre la mesa, de atrás adelante, con las enormes manos morenas. Maliánov advirtió por primera vez que los brazos de Arnóld estaban quemados… hasta el codo, y aún un poco más arriba. Eso lo empujó a preguntar:

— Bien, Arnóld, ¿cuándo volverás a desaparecer?

Snegovoi se estremeció en forma perceptible y lo miró, y luego contrajo el cuello y enarcó los hombros. Maliánov tuvo la impresión de que se disponía a ponerse de pie, y de pronto se dio cuenta de que su pregunta, para decirlo con suavidad, había podido entenderse de otra manera.

—¡Arnóld! — gritó, levantando los brazos al cielo—. ¡Dios, no es eso lo que quise decir! Lídochka, debes darte cuenta de que este hombre es totalmente misterioso. Viene aquí con la llave de su departamento, y se esfuma. Se ausenta durante uno o dos meses. Y entonces suena el timbre, y está de vuelta. — Sintió que parloteaba, que ya era bastante, que era hora de cambiar de tema—. Arnóld, sabes muy bien que te quiero de veras, y que siempre me alegro de verte. De modo que ni hablar de que te vayas antes de las dos de la mañana.

4

— Por supuesto, Dmitri — repuso Snegovoi, y palmeó a Maliánov en la espalda—. Es claro, mi querido amigo, es claro.

— Y esta es Lídochka — anunció Maliánov, señalando en dirección de ella—. La mejor amiga de mi esposa desde la escuela. De Odesa.

Snegovoi se obligó a girar hacia Lídochka, y preguntó:

—¿Se quedará mucho tiempo en Leningrado?

Ella respondió con cierta cortesía, y él hizo otra pregunta, algo relacionado con las Noches Blancas.

En una palabra, iniciaron su lujoso contacto, y Maliánov pudo quedarse tranquilo. No, no puedo beber. ¡Qué pena! Estoy volteado. Sin oír ni entender una sola palabra, contempló el horrible rostro de Snegovoi, corroído por los fuegos del infierno, y sufrió remordimientos de conciencia. Cuando el sufrimiento se volvió insoportable, se levantó en silencio; tomándose de las paredes, fue al cuarto de baño y se encerró con llave. Durante un rato se sentó en el borde de la bañera, en lúgubre desesperación, y luego abrió de lleno el agua fría y metió la cabeza bajo ella.

Cuando regresó, reanimado y con el cuello de la camisa mojado, Snegovoi se encontraba en medio de una tensa exposición del chiste de los dos gallos. Lídochka reía con fuerza, echaba la cabeza hacia atrás y dejaba al descubierto el cuello hecho-para-besar. Maliánov entendió que esa era una buena señal, aunque no se sentía bien dispuesto hacia personas que elevaban la cortesía al rango de un arte. Pero el lujo del contacto, como cualquier otro lujo, exigía ciertos gastos. Esperó mientras Lídochka reía, recogió la bandera a punto de caer y se lanzó en una serie de chistes astronómicos que no era posible que ninguno de los otros dos conociera. Cuando se le acabaron, Lídochka iluminó la situación con chistes sobre la playa. A decir verdad, no eran nada del otro mundo, y no sabía contarlos, pero sabía reír, y sus dientes eran chispeantes, y blancos como el azúcar. Luego, quién sabe por qué, la conversación pasó a la predicción del futuro. Lídochka les informó que una gitana le había dicho que tendría tres esposos y ningún hijo. ¿Qué haríamos sin las gitanas? murmuró Maliánov, y se jactó de que una gitana le había dicho que haría un trascendente descubrimiento sobre la interrelación de las estrellas con la difusión de la materia en la galaxia. Bebieron más Sangre de Toro helado, y de pronto Snegovoi prorrumpió en una extraña historia. Parece que se le había dicho que moriría a los ochenta y tres años en Groenlandia. («En la República Socialista de Groenlandia», bromeó Maliánov, pero Snegovoi respondió con calma: «No, sólo en Groenlandia».) Creía en eso con fatalismo, y su convicción irritaba a todos los que lo rodeaban. Una vez. durante la guerra, aunque no en el frente, uno de sus amigos, bebido, o mareado, como solían decir en esos días, se enfureció tanto con el asunto, que sacó la pistola, clavó el caño en la sien de Snegovoi y dijo:

— Ahora veremos — y amartilló el arma.

—¿Y? — preguntó Lídochka.

— Lo dejó muerto — bromeo Maliánov.

— El tiro falló —explicó Snegovoi.

— Tiene extraños amigos — dijo Lídochka, con tono de duda.

Había dado en el clavo. Arnóld Snegovoi hablaba muy pocas veces de sí, pero cuando lo hacía, era memorable. Y a juzgar por sus relatos, tenía, en verdad, amigos muy extraños.

Después Maliánov y Lídochka discutieron con acaloramiento, durante un rato, acerca de cómo podía terminar Arnóld en Groenlandia. Maliánov se inclinó por la teoría del accidente de aviación. Lídochka suscribió unas sencillas vacaciones turísticas. En cuanto al propio Arnóld, fumaba cigarrillo tras cigarrillo, sentado, con los labios purpúreos contraídos en una sonrisa.

Entonces Maliánov lo pensó y trató de servir un poco más de vino en las copas, pero descubrió que la botella ya estaba vacía. Estaba a punto de precipitarse en busca de otra, pero Arnóld lo detuvo. Era hora de irse, había entrado nada más que por un minuto. Lídochka, por otra parte, se mostraba dispuesta a continuar. Ni siquiera estaba achispada, la única huella del vino eran sus mejillas enrojecidas.

— No, no, amigos — dijo Snegovoi—, debo irme. — Se puso de pie con pesadez, y llenó la cocina con su corpachón—. Me voy. ¿Por qué no me acompañas, Dmitri? Buenas noches, Lídochka, fue un placer conocerla.

Atravesaron el vestíbulo. Maliánov continuaba tratando de convencerlo de que se quedase para otra botella, pero Snegovoi meneaba con decisión la cabeza gris, y mascullaba negativamente. En la puerta dijo en voz alta:

—¡Ah, sí! ¡Dmitri! Te prometí ese libro. Ven, te lo daré.

—¿Qué libro? — estuvo a punto de preguntar Maliánov, pero Snegovoi se llevó el gordo dedo a los labios y lo atrajo al rellano. El gordo dedo en los labios dejó atónito a Maliánov, y siguió a Snegovoi como una polilla a la llama. En silencio, aun tomando a Maliánov del brazo, Snegovoi encontró su llave en el bolsillo y abrió la puerta. En el departamento, las luces se hallaban encendidas: en el vestíbulo, en ambas habitaciones, en la cocina y aun en el cuarto de baño. Olía a tabaco rancio y a agua de colonia fuerte, y Maliánov se dio cuenta de súbito que nunca había estado allí, en los cinco años que se conocían. La habitación a la cual lo condujo Snegovoi era limpia y pulcra; todas las lámparas se encontraban encendidas: la araña de tres luces, la lámpara de pie, en el rincón, junto al sofá, y la lámpara de la mesita. Del respaldo de una silla colgaba una casaca con botones y charreteras de plata, y con una sarta de medallas, barras y condecoraciones. Resultaba que Arnóld Snegovoi era coronel. ¿Qué me dicen?

—¿Qué libro? — preguntó Maliánov por fin.

— Cualquiera — contestó Snegovoi con impaciencia—. Ten, toma este, y retenlo, o te lo olvidarás. Sentémonos un momento.

Confundido, Maliánov tomó de la mesa un grueso volumen. Lo apretó con fuerza bajo el brazo, y se hundió en el sofá, bajo la lámpara. Arnóld se sentó junto a él y encendió un cigarrillo. No miró a, Maliánov.

— Bien, es así… bueno… — comenzó a decir—. Pero ante todo, ¿quién es esa mujer?

—¿Lídochka? Ya te lo dije. La amiga de mi esposa. ¿Por qué?

—¿La conoces bien?

— No. La conocí hoy. Llegó con una carta. — Maliánov se interrumpió y preguntó, asustado—: ¿Por qué crees que es…?

— Yo haré las preguntas. No tengo tiempo. ¿En que trabajas ahora, Dmitri?

Maliánov recordó a Val Weingarten, y le brotó un sudor frío. Dijo, con una sonrisa irónica:

— Todos parecen interesarse hoy por mi trabajo.

—¿Quién más? — preguntó Snegovoi, y sus ojitos azules lo perforaron—. ¿Ella?

Maliánov sacudió la cabeza.

— No. Weingarten. Un amigo mío.

— Weingarten, Weingarten — repitió Snegovoi.

—¡No, no! — exclamó Snegovoi—. Lo conozco bien, estuvimos juntos en la escuela primaria, y seguimos siendo amigos.

—¿El apellido Gúbar significa algo para ti?

—¿Gúbar? No. ¿Qué pasa, Arnóld?

Snegovoi apagó el cigarrillo y encendió otro.

—¿Quién más hizo averiguaciones sobre tu trabajo?

— Nadie más.

— Y bien, ¿en qué estás trabajando?

Maliánov se enfureció. Se enfurecía siempre que estaba asustado.

— Escucha, Arnóld. No entiendo.

—¡Tampoco yo! Y quiero saber, tengo muchos deseos de saber. ¡Díme! Espera un momento. ¿Tú trabajo es secreto?

—¿Qué quiere decir, «secreto»? — replicó Maliánov con irritación—. Es simple y vulgar astrofísica y dinámica estelar. La simple, relación entre las estrellas y la difusión de la materia. ¡Ahí no hay nada de secreto, sólo que no me agrada hablar de mi trabajo hasta que he terminado!

— Estrellas y difusión de la materia. — Snegovoi lo repitió con lentitud, y se encogió de hombros. Está la hacienda, y está el agua. ¿Y no es secreto? ¿Ninguna parte?

— Ni una sola letra.

—¿Y estás seguro de que no conoces a Gúbar?

— No conozco a ningún Gúbar.

Snegovoi fumó en silencio junto a él, gigantesco, encorvado, aterrador. Al cabo habló.

5

— Bueno, bueno, parece que ahí no hay nada. He terminado contigo, Dmitri. Por favor, perdóname.

—¡Pero yo no terminé contigo! Sigo queriendo saber…

—¡No tengo derecho! — dijo Snegovoi con palabras secas, y cortó la conversación.

Es claro que Maliánov no habría dejado que las cosas quedasen así, pero entonces vio algo que le hizo morderse la lengua En el bolsillo izquierdo de los pantalones de Snegovoi se vía un bulto, y del bolsillo asomaba el muy definitivo mango de una pistola. Una pistola grande. Como una gigantesca Colt 45 de las películas. Y esa Colt mató el deseo de Maliánov, de hacer más preguntas. En cierto modo, resultaba muy claro que había algo sospechoso, y que él no era quien debía hacer las preguntas. Y Snegovoi se puso de pie y dijo:

— Y bien, Dmitri. Me iré mañana por la mañana.

Maliánov quedó atónito. Y Zíkov, chasqueando los labios, húmedos, continuó.

— Ni siquiera la copió bien. En realidad no es así, sino así. —Tomó el lápiz de Maliánov, se levantó de un salto, puso el papel en la mesa y apretando el lápiz, trazó sobre el diagrama de Maliánov—. Ahí tiene. Y aquí sigue así, no así. —Cuando terminó y la punta del lápiz estuvo quebrada, arrojó el lápiz, se sentó de nuevo y miró a Maliánov con lástima—. Ah, Maliánov, Maliánov. Usted es un hombre muy instruido, un criminal experimentado, pero se comporta como un mocoso.

Maliánov paseaba la mirada del rostro de él al gráfico. No tenía sentido. Era tan ridículo, que carecía de sentido decir nada, o gritar, o explicar algo. En rigor, lo mejor que se podía hacer en ese caso sería despertar.

—¿Y su esposa está en buenas relaciones con Snegovoi? — preguntó Zíkov, otra vez cortés hasta el punto de resultar incoloro.

— En buenas relaciones, sí.

—¿Se tutean?

— Escuche. Arruinó mi gráfico. ¿Qué pasa?

—¿Qué gráfico? — Zíkov se mostró sorprendido.

— Ese, el de ahí.

— Eso carece de importancia. ¿Viene Snegovoi cuando usted no está en casa?

— Carece de importancia — repitió Maliánov—. Puede que carezca de importancia para usted — dijo con rapidez, recogiendo sus papeles y guardándolos en los cajones—. Uno está sentado ahí y trabaja y se mata como un condenado tonto, y después cualquiera que lo desee viene y me dice que carece de importancia — masculló, poniéndose a gatas y recogiendo los toscos esbozos diseminados por el suelo.

Igor Zíkov lo miró sin expresión, mientras atornillaba con cuidado el cigarrillo en la boquilla. Cuando Maliánov, resoplando, sudoroso y colérico, volvió a su silla, Zíkov preguntó con cortesía:

—¿Puedo fumar?

— Adelante. Ahí está el cenicero. Y siga con sus preguntas. Tengo trabajo que hacer.

— Todo depende de usted — sostuvo Zíkov, dejando que el humo se le escapara con delicadeza de la comisura de la boca—. Por ejemplo, he aquí una pregunta: ¿cómo llama habitualmente a Snegovoi… coronel, Snegovoi o Arnóld?

— Depende. ¿Qué importancia tiene cómo lo llamo?

—¿Lo llama coronel?

— Bueno, sí. ¿Y?

— Es muy extraño — dijo Zíkov, dejando caer la ceniza con cuidado—. Sabe, Snegovoi fue ascendido a coronel sólo anteayer.

Fue un golpe. Maliánov no dijo nada, y sintió que el rostro se le enrojecía.

— Y entonces, ¿cómo descubrió que era coronel?

Maliánov agitó la mano.

— Muy bien. Fue jactancia. No sabía si era coronel, o teniente coronel, o qué. Ayer caí por su casa y vi la casaca con las charreteras. Y vi que era coronel.

—¿Cuándo estuvo allí?

— Por la noche. Tarde. Fui a buscar un libro. Este.

Fue un error, la mención del libro. Zíkov se apoderó de él y comenzó a hojearlo. Maliánov empezó a sudar de nuevo porque no tenía la menor idea de su contenido.

—¿Qué idioma es éste? — preguntó Zíkov, distraído.

— Este… — masculló Maliánov, sudando por tercera vez—. Supongo que inglés.

— No lo creo — repuso Zíkov, examinando el texto—. Me parece cirílico, no latín. ¡Oh! ¡Es ruso!

Maliánov estalló en sudores por cuarta vez, pero Zíkov dejó el libro, se puso las gafas obscuras, se recostó contra el respaldo de la butaca y miró a Maliánov. Y Maliánov miró a Zíkov, tratando de no parpadear ni desviar la vista. Un pensamiento le cruzó por la cabeza: hijo de puta, no te diré dónde están nuestros muchachos.

—¿A quién cree que me parezco? — interrogó Zíkov de pronto.

—¡A un Tontón Macoute! — barbotó Maliánov sin pensarlo.

— Se equivoca — dijo Zíkov—. Piense de nuevo.

— No sé.

Zíkov se sacó los anteojos y menó la cabeza, acusador.

—¡Eso está mal! ¡No sirve! Tiene extrañas ideas acerca de nuestros organismos investigadores. Muchacho, ¿cómo se le ocurrió lo del Tontón Macoute?

— Bien, ¿y a qué se parece, entonces? — preguntó Maliánov, acobardándose.

—¡Al Hombre Invisible! Lo único en común con un Tontón Macoute — lo único— es que los dos se escriben con mayúscula.

Guardó silencio. Había en el aire un denso silencio pesado, y hasta los coches, afuera, habían dejado de hacer ruido. Maliánov no escuchaba un solo sonido, y sintió desesperadas ansias de despertar. Y luego el silencio fue quebrado por el teléfono.

Maliánov pegó un salto. En apariencia, también Zíkov lo hizo. El teléfono volvió a sonar. Apoyándose en los antebrazos, Maliánov se incorporó y miró interrogadoramente a Zíkov.

— Sí. Quizá sea para usted.

Maliánov trepó hacia la cama y tomó el teléfono. Era Val Weingarten.

— Eh, contemplador de estrellas — dijo—. ¿Por qué no llamas, cerdo?

— Ya sabes cómo es eso… Estaba ocupado.

—¿Haciendo tonterías con la mujer?

— No… ¿qué quieres decir, «con la mujer»?

—¡Ojalá mi Svetlana me mandase a sus amiguitas!

— S-sí… —Sintió ojos clavados en la nuca—. Escucha, Val, te llamaré más tarde.

—¿Qué pasa ahí? —preguntó Weingarten con ansiedad.

— Nada. Te lo diré más tarde.

—¿Es esa hembra?

— No.

—¿Un hombre?

— Ahá.

Weingarten suspiró en el teléfono.

— Escucha — dijo bajando la voz—, puedo ir enseguida. ¿Quieres que vaya?

—¡No! Eso es lo único que me haría falta.

Weingarten suspiró pesadamente.

— Oye, ¿tiene cabello rojo?

Maliánov lanzó una mirada involuntaria a Zíkov. Para su sorpresa, éste no lo miraba. Leía el libro de Snegovoi, moviendo los labios.

—¡Es claro que no! ¿Qué tontería es esa? Mira, te llamaré después.

—¡Llama sin falta! — gritó Val—. En cuanto se vaya, llama.

— Muy bien — dijo Maliánov, y cortó. Luego volvió a su silla, mascullando disculpas.

— Está bien — dijo Zíkov, y dejó el libro—. Usted tiene intereses muy vastos, Dmitri.

— No puedo quejarme — murmuró Maliánov. Maldición, ojalá pudiese echar por lo menos un vistazo a ese libro—. Por favor — dijo—, terminemos, si es posible. Ya es la una pasada.

—¡Por supuesto! — exclamó Zíkov, servicial. Miró su reloj con ansiedad y extrajo una libreta de la carpeta—. Muy bien, de modo que ayer por la noche estuvo en casa de Snegovoi, ¿no es así?

— Sí.

—¿Fue a buscar este libro?

— S-sí —repuso Maliánov, decidiendo no aclarar nada.

—¿Cuándo fue eso?

— Tarde, cerca de la medianoche.

—¿Tuvo la impresión de que Snegovoi planeaba un viaje?

— Sí, la tuve. Quiero decir, no fue una impresión. Me dijo que se iría por la mañana, y que me traería las llaves.

—¿Y lo hizo?

— No. Quiero decir, puede haber tocado el timbre y yo no lo oí. Estaba durmiendo.

Zíkov escribió con rapidez, apoyando el anotador en la carpeta que tenía sobre la rodilla. No miró para nada a Maliánov, ni siquiera cuando le formulaba preguntas. ¿Tal vez tenía prisa?

—¿Mencionó Snegovoi adonde iba?

— No, no me dijo adonde viajaba.

—¿Pero usted lo supuso?

— Bien, creo que tenía una idea. A un campo de pruebas, o algo por el estilo.

—¿El le dijo algo de eso?

— No, es claro que no. Nunca hablábamos de su trabajo.

— Y entonces, ¿en qué basó sus suposiciones?

Maliánov se encogió de hombros. ¿En qué las basaba? Es imposible explicar cosas como esa. Resultaba claro que el hombre trabajaba en un refugio subterráneo profundo, tenía las manos y la cara quemadas, y los modales correspondientes a esa clase de trabajo… y en rigor se había negado a hablar de sus ocupaciones.

— No sé. Siempre pensé eso. No sé.

—¿Le presentó a alguno de sus amigos?

— No, nunca.

—¿A su esposa?

—¿Está casado? Siempre creí que era soltero o viudo.

—¿Por qué creyó eso?

— No sé —contestó Maliánov, furioso—. Intuición.

—¿Quizá se lo dijo su esposa?

—¿Irina? ¿Cómo podría saberlo ella?

— Eso es lo que me gustaría aclarar.

Se miraron en silencio.

— No entiendo — dijo Maliánov—. ¿Qué quiere aclarar?

7

— Cómo supo su esposa que Snegovoi no estaba casado.

— Ah… ¿Sabía eso?

Zíkov no respondió. Miraba con atención a Maliánov, y sus pupilas se dilataban y contraían en forma ominosa. Maliánov tenía los nervios erizados. Sintió que comenzaría a golpear con el puño en la pared, a babear y a perder la dignidad si eso duraba un segundo más. Ya no lo soportaba. Toda la conversación tenía un subtexto maligno, era como una red pegajosa, y se metía a Irina en eso, quién sabe por qué.

— Bueno, está bien — dijo Zíkov, de pronto, cerrando el anotador con un golpe—. De manera que el coñac está aquí —señaló el bar—, y la vodka en la refrigeradora. ¿Qué prefiere usted? ¿Personalmente?

—¿Yo?

— Sí. Usted. ¿Personalmente?

— Coñac — dijo Maliánov con voz ronca, y tragó saliva. Tenía la garganta seca.

—¡Magnífico! — exclamó Zíkov con alegría. Se puso de pie y se acercó al bar con pasitos menudos—. ¡No tendremos que ir muy lejos! Ahí vamos — dijo, registrando el bar—. Inclusive tiene limón… un poco seco, pero está bien. ¿Qué copas? Usemos estas azules.

Maliánov miró con indiferencia, mientras Zíkov colocaba las copas en la mesa con destreza, cortaba delgadas tajadas de limón y descorchaba la botella.

—¿Sabe? hablando con franqueza, está en una mala situación. Por supuesto, la última palabra la dirán los tribunales, pero hace diez años que estoy en esto, y tengo alguna experiencia en estos asuntos. Y siempre se puede adivinar qué sentencia se dictará en cada caso. No le darán el máximo, por supuesto, pero le garantizo quince, por lo menos. — Sirvió el coñac con cuidado, sin derramar una gota, en las copas—. Es claro que siempre puede haber circunstancias atenuantes, pero por ahora, con franqueza, no veo ninguna… ¡No veo ninguna, Dmitri! ¡Bien! — Levantó la copa e hizo un movimiento de cabeza, de invitación.

Maliánov tomó su copa con dedos entumecidos.

— Muy bien — dijo con voz que no era la suya—. ¿Pero por lo menos puedo saber qué sucede?

—¡Es claro! — chilló Zíkov. Bebió, se echó un trozo de limón en la boca y asintió con energía—. ¡Es claro que puede! Se lo diré todo. Tiene derecho a saberlo.

Y se lo dijo.

A las ocho de la mañana llegó un coche para recoger a Snegovoi y llevarlo al aeropuerto. Para sorpresa del conductor, Snegovoi no esperaba abajo, como de costumbre. Esperó cinco minutos, y luego subió al departamento. Nadie contestó, aunque el timbre funcionaba, el conductor lo oía. Entonces bajó y llamó a la oficina desde la esquina. La compañía empezó a llamar a Snegovoi por teléfono. El aparato de éste estaba constantemente ocupado. Entretanto, el conductor dio la vuelta a la casa y descubrió que las tres ventanas del departamento de Snegovoi se hallaban abiertas de par en par, y que a pesar de la luz del día, todas las luces eléctricas se hallaban encendidas. El conductor telefoneó la información. Se llamó a la gente correspondiente, y violaron la puerta y examinaron el departamento de Snegovoi. Su investigación reveló que todas las lámparas se encontraban encendidas, que en la cama había una maleta abierta, llena de ropa, y que Snegovoi estaba en su estudio, sentado ante el escritorio, sosteniendo el teléfono en una mano y una pistola Makárov en la otra. Se determinó que había muerto de una herida de bala en la sien derecha, disparada con esa arma a boca de jarro. La muerte fue instantánea, y se produjo entre las tres y las cuatro de la mañana.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo? — susurró Maliánov.

En respuesta, Zíkov le contó en detalle que balística había seguido la trayectoria de la bala, que encontró alojada en la pared.

—¿Pero qué tiene que ver eso conmigo? — insistió Maliánov, golpeándose el pecho. Ya habían bebido tres copas cada uno.

—¿No siente pena por él? — inquirió Zíkov—. ¿No le apena?

— Por supuesto. Era un hombre excelente. ¿Pero qué tengo que ver yo con todo esto? Nunca tuve un arma en mi mano en toda la vida. Mi clasificación era Cuatro-F. Mi visión…

Zíkov no lo escuchaba. Siguió explicando en detalle que el extinto era zurdo, y que resultaba muy extraño que se matara con la pistola en la mano derecha.

— Sí, sí, Arnóld era zurdo, eso puedo corroborarlo.. ¡Pero en cuanto a mí! ¡Dormí toda la noche! Y de cualquier modo ¿por qué habría de matarlo? ¡Juzgue usted mismo!

—¿Y quién lo hizo, entonces? ¿Quién? — preguntó Zíkov con suavidad.

—¿Cómo podría saberlo? ¡Usted debería saber quién fue!

—¡Usted! — exclamó Zíkov con tono amable, reminiscente al de Porfiri en Crimen y castigo, mirando a Maliánov con un ojo, por encima de su copa de vodka—. ¡Usted lo mató, Dmitri!

— Esto es una pesadilla — susurró Maliánov, impotente. Quiso llorar.

Una leve brisa cruzó la habitación, movió la cortina, y el estridente sol del mediodía se precipitó en el cuarto y dio de lleno en el rostro de Zíkov. Algo le sucedió. Parpadeó con rapidez, el rubor le acudió a las mejillas y le tembló la barbilla.

— Perdóneme — dijo con voz totalmente humana—. Perdóneme, Dmitri. Tal vez usted pueda… hace mucho… aquí.

Se interrumpió porque algo cayó en el cuarto de Bóbchik y se quebró con un ruido resonante.

—¿Qué fue eso? — preguntó Zíkov, tenso. Ya no había en su voz ni rastros de calidad humana.

— Hay alguien ahí —contestó Maliánov, todavía sin entender qué había sucedido con Zíkov. Se le ocurrió un nuevo pensamiento—. ¡Escuche! — gritó, levantándose de un salto—. ¡Venga conmigo! ¡La amiga de mi esposa está allí! Ella puede jurar que yo dormí toda la noche, y que no fui a ninguna parte.

Chocando hombro con hombro, se abrieron paso hacia el vestíbulo.

— Interesante, muy interesante — decía Zíkov—. La amiga de su esposa. Ya veremos.

— Ella me respaldará. Ya verá. Es una testigo.

Se precipitaron en la habitación de Bóbchik sin golpear, y se detuvieron. La habitación estaba limpia y desocupada. No había allí ninguna Lídochka, ni sábanas en la cama, ni maletas. Y en el suelo, al lado de los trozos del cántaro de barro (Jorezm, siglo XI) se encontraba sentado Kaliam, con expresión increíblemente inocente.

—¿Este? — preguntó Zíkov, señalando a Kaliam.

— No — respondió Maliánov estúpidamente—. Este es nuestro gato, hace mucho que lo tenemos. Pero espere, ¿dónde está Lídochka? — Miró en el armario. Su chaqueta blanca ya no estaba—. ¿Se habrá ido?

Zíkov se encogió de hombros.

— Es probable. Ahora no está aquí.

Con pasos pesados, Maliánov fue hacia el cántaro roto.

—¡C-canalla! — dijo, y dio un papirotazo a Kaliam en la oreja.

Kaliam se batió en rápida retirada. Maliánov se agachó. Destrozado. Qué hermoso cántaro había sido.

—¿Durmió ella aquí? —preguntó Zíkov.

— Sí.

—¿Cuándo la vio por última vez? ¿Hoy?

Maliánov negó con la cabeza.

— Ayer. Bueno, en rigor, hoy. Por la noche. Le di sábanas y una manta. — Miró en el baúl de la ropa blanca de Bóbchik—. Ahí tiene. Está todo ahí.

—¿Hacía mucho que vivía aquí?

— Llegó ayer.

—¿Sus cosas están aquí?

— No veo ninguna. Y su chaqueta ha desaparecido.

— Extraño, ¿verdad? — dijo Zíkov.

Maliánov agitó la mano en silencio.

— Al demonio con ella. Las mujeres sólo traen problemas. Bebamos otro trago.

De pronto la puerta del departamento se abrió, y entro…

EXTRACTO 6…puerta del ascensor, y el motor zumbó. Maliánov quedó solo.

Se encontraba en la puerta del cuarto de Bóbchik, apoyado en el marco y pensando en nada. Kaliam apareció salido de cualquier parte, pasó a su lado, moviendo la cola, y salió al rellano, donde se dedicó a lamer el suelo de cemento.

— Bueno, muy bien — dijo por último Maliánov; se apartó del marco y entró en su cuarto. Estaba lleno de humo, y había tres copas de vidrio azul abandonadas en la mesa… dos llenas y una llena a medias. El sol llegaba hasta los anaqueles.

8

—¡Se llevó el coñac consigo! ¡Eso era lo único que faltaba!

Se sentó en la butaca durante un rato, terminó su copa. Por la ventana entraban ruidos de la calle, y la puerta abierta dejó pasar voces de chicos y los gruñidos del ascensor en el pozo de la escalera. Se levantó, se arrastró a través del vestíbulo, golpeándose contra el marco de una puerta, salió al descansillo y se detuvo delante de la puerta del departamento de Snegovoi. En la cerradura había un gran sello de lacre. Lo tocó con cautela, con la yema de un dedo, y apartó la mano. Era todo cierto. Todo lo sucedido había sucedido de verdad. El ciudadano de la Unión Soviética Arnóld Snegovoi, coronel y hombre de misterio, ya no existía.

No resultó claro a quién se refería.

— Quiero decir que puedo entenderlo todo — dijo Maliánov—. Pero ese investigador…

—¿Quieres más café? —interrumpió Viecherovski.

Maliánov negó con la cabeza, y Viecherovski se puso de pie.

— Vamos a mi habitación — dijo.

Pasaron al estudio. Viecherovski se sentó a su escritorio, desnudo aparte de un papel que había en el medio, tomó de un cajón una guía telefónica, oprimió un botón, leyó la página y disco el número.

— El Investigador Superior Zíkin, por favor — dijo con tono seco, brusco—. Quiero decir Zíkov, Igor Petróvich. ¿Está en una misión? Gracias. — Colgó—. El investigador superior Zíkov está en misión — dijo a Maliánov.

— Está bebiendo mi coñac con algunas chicas, eso es lo que está haciendo — gruño Maliánov.

Viecherovski se mordió el labio.

— Eso no interesa. ¡Lo que importa es que existe!

—¡Es claro que existe! Me mostró sus documentos. ¿Por qué, creías que eran malhechores?

— Lo dudo.

— Eso es lo que pensé yo también. Armar toda esa historia nada más que por una botella de coñac, y al lado mismo de un departamento sellado…

Viecherovski asintió.

— Y tú dices… ¡la función de Hartwig! ¿Cómo puedo trabajar en un momento así? Están pasando demasiadas cosas.

Viecherovski lo miró con atención.

— Dmitri — dijo—. ¿No te sorprendió que Snegovoi se interesara por tu trabajo?

—¡Y cómo! Antes, nunca habíamos hablado de eso.

—¿Y qué le dijiste?

— Bien, en términos muy generales… en rigor, no pidió detalles.

—¿Y que dijo?

— Nada. Creo que se desilusionó. Dijo: «Donde está la hacienda y donde está el agua».

—¿Qué?

— «Donde está la hacienda y dónde está el agua.»

—¿Y qué se supone que significa eso?

— Es una referencia literaria… ¿Sabes? como decir que es algo traído de los cabellos.

— Ahá. —Viecherovski parpadeó con sus pestañas bovinas, y luego tomó de un alféizar un cenicero prístino, chispeante, y una pipa y tabaquera, y comenzó a llenar la pipa—. Ahá… «Donde está la hacienda y dónde está el agua»… Eso me gusta. Tendré que recordarlo.

Maliánov esperó con impaciencia. Tenía una gran confianza en él. Viecherovski era dueño de un cerebro totalmente inhumano. Maliánov no conocía a ningún otro que pudiera presentar conclusiones tan inesperadas.

—¿Bien? — preguntó al cabo.

Viecherovski había llenado su pipa y ahora la fumaba con lentitud, y la saboreaba. La pipa hacía ruiditos gorgoteantes. Mientras inhalaba, Viecherovski dijo:

— Dmitri… pf-pf-pf… ¿cuánto avanzaste desde el jueves? Creo que el jueves… pf-pf-pf… fue la última vez que hablamos.

—¿Qué importancia tiene? — inquirió Maliánov, disgustado—. Ahora no tengo tiempo para eso.

Viecherovski dejó que las palabras pasaran de largo. Siguió mirando a Maliánov con sus ojos rojizos, y chupando la pipa. Así era Viecherovski. Hizo una pregunta, y ahora esperaba la respuesta. Maliánov cedió. Creía que Viecherovski sabía mejor que él qué era importante y qué no lo era.

— Avancé muchísimo — dijo, y describió cómo había reformulado el problema, para reducirlo a una ecuación en forma de un vector, y luego a una integral-diferencial; cómo empezó a tener una imagen física; cómo imaginó las cavidades M, y cómo, por fin, la noche anterior, entendió que debía usar las transformaciones de Hartwig.

Viecherovski escuchó con atención, sin interrumpir ni hacer preguntas, y una sola vez, cuando Maliánov se arrebató, y tomó el papel y trató de escribir en él, lo detuvo y le dijo:

— Con palabras, con palabras.

— Pero no tuve tiempo para hacer nada al respecto — terminó Maliánov, triste—. Porque primero empezaron los estúpidos llamados telefónicos, y después vino el tipo de la tienda. — Pero no tuvo tiempo para hablar a Viecherovski de eso, porque recordó algo más.

— Escucha — dijo, excitándose—, me había olvidado por completo. Weingarten, cuando llamó ayer, quiso saber si conocía a Snegovoi.

—¿Sí?

— Sí. Y le dije que si.

—¿Y qué dijo él?

— Y dijo que él no lo conocía. Pero no se trata de eso. ¿Qué te parece, es una coincidencia? ¿O qué? Es una extraña coincidencia.

Viecherovski no dijo nada, siguió fumando la pipa. Después volvió a sus preguntas. ¿Cómo era el asunto de los comestibles? Más detalles. ¿Qué aspecto tenía el sujeto? ¿Qué dijo? ¿Qué llevó? ¿Qué queda de la entrega? El monótono interrogatorio deprimió por completo a Maliánov, porque no entendía que tenía que ver nada de eso con su mala suerte. Por último Viecherovski calló y hurgó en su pipa. Maliánov, esperó, y comenzó a imaginar que cuatro hombres irían a buscarlo, todos con anteojos para el sol, y que registrarían el departamento, arrancarían el empapelado y querrían saber si había tenido relaciones con Lídochka, y no le creerían, y al cabo se lo llevarían.

—¿Qué será de mí?

Viecherovski respondió.

—¿Quién sabe qué nos espera? ¿Quién sabe qué sucederá? Los fuertes serán, y los pillastres serán. Y vendrá la muerte y te sentenciará a muerte. No persigas el futuro…

Maliánov se dio cuenta de que eso era poesía solo porque Viecherovski cayó en risotadas contenidas que pasaban por ser una risa satisfecha. Es probable que ese fuese el ruido que harían los marcianos de H.G. Wells cuando bebiesen sangre humana. Viecherovski reía de ese modo porque le agradaba el poema que acababa de leer. Cualquiera creería que el placer que encontraba en la poesía era puramente físico.

— Vete al demonio — dijo Maliánov.

Y eso provocó una segunda tirada… esta vez en prosa.

— Cuando me siento mal, trabajo — dijo Viecherovski—. Cuando estoy deprimido, cuando tengo problemas, cuando estoy aburrido de la vida, me siento a mi trabajo. Es probable que existan otras recetas, pero no las conozco. O no funcionan en mi caso. ¿Quieres mi consejo? Aquí lo tienes: vé a trabajar. Gracias a Dios que la gente como tú o como yo sólo necesitamos un poco de papel y un lápiz para trabajar.

Pero para Maliánov no era tan sencillo. Sólo podía trabajar cuando sentía el corazón ligero y nada pesaba sobre él.

— Bonita ayuda eres — dijo—. Déjame llamar a Weingarten. Todavía me intriga que haya preguntado por Snegovoi.

— Es claro — dijo Viecherovski—. Pero si no te molesta llévate el aparato a la otra habitación.

Maliánov tomó el teléfono y arrastró el cable al cuarto contiguo.

— Si quieres, quédate aquí —le gritó Viecherovski—. Tengo papel, y te daré un lápiz.

— Muy bien, veremos.

Ahora Weingarten no contestaba. Maliánov dejó que el timbre sonara diez veces, y luego disco otra vez y lo dejó sonar diez más. ¿Qué debía hacer ahora? Es claro que podía quedarse allí. Reinaba el fresco, y había silencio. Todos los cuartos tenían aire acondicionado. No escuchaba los camiones ni el chirrido de los frenos, porque el departamento daba al patio. Y entonces se dio cuenta de que no era ese el problema. Sencillamente, tenía miedo de volver a su departamento. ¡Eso fue el colmo! Quiero mi casa más que a ninguna otra en el mundo, ¿y ahora temo volver a ella? Oh, no. No me harán hacer eso. Lo siento, pero no hay caso.

Maliánov tomó el teléfono con firmeza y lo llevó de vuelta. Viecherovsky se encontraba sentado, mirando el papel, tamborileando en él con su costosa estilográfica. La página estaba cubierta a medias de símbolos que Maliánov no pudo entender.

— Me voy, Fil — dijo.

Viecherovski lo miró.

— Es claro. Tengo que dirigir un examen mañana, pero hoy estaré en casa todo el día. Llámame o pasa por aquí.

— Muy bien.

Bajó con lentitud, no había prisa. Prepararé una taza de té fuerte, me sentaré en la cocina; Kaliam trepará a mi regazo. Lo acariciaré, sorberé mi té y trataré de desenmarañar esto con calma y sin nervios. Lástima que no tengamos un aparato de TV; sería bueno pasar la noche delante del aparato, viendo algo superficial, como una comedia o un poco de fútbol. Jugaré un solitario; hace siglos que no hago uno.

10

Llegó a su rellano, encontró las llaves, dio la vuelta y se detuvo. El corazón se le había hundido hasta las vecindades del estómago, y palpitaba lenta y rítmicamente, como un martillo-pilón. La puerta de su departamento se encontraba abierta.

Se acercó de puntillas y escuchó. Había alguien en el departamento. Oyó la voz desconocida de un hombre, y una respuesta en la voz desconocida de un niño…

—¿Quién mencionó su nombre? — preguntó Maliánov con un presentimiento.

— Tengo que hacer pis — anunció el chico, con claros tonos de campana.

Todos lo miraron. El los examinó, uno por uno, bajó del taburete y dijo a Zájar:

— Vamos.

Zájar lanzó una sonrisa tímida, dijo «Bueno, vamos», y desaparecieron detrás de la puerta del cuarto de baño. Expulsaron a Kaliam del asiento del inodoro.

—¿Quién mencionó mi nombre? — preguntó Maliánov a Weingarten—. ¿Qué significa todo esto?

Weingarten, con la cabeza gacha, escuchaba lo que sucedía en el excusado.

— Viejo, Gúbar está atrapado de veras — dijo, con una especie de triste satisfacción—. ¡Atrapado de verdad!

Algo se agitó con lentitud en el cerebro de Maliánov.

—¿Gúbar?

— Sí. Zájar Gúbar. ¿Sabes? inclusive el hecho de hacerlo bailar a uno al compás que le toquen…

Maliánov recordó.

—¿El está en cohetería?

—¿Quién? ¿Zájar? — Weingarten se sorprendió—. No, lo dudo. Es un artífice de. primera. Fabrica pulgas que funcionan por computadora. Pero ese no es el problema. El problema es que se trata de un hombre que encara sus deseos con cuidado y minuciosidad. Esas son sus palabras. Y amigo mío, es la pura verdad.

El chico regresó a la cocina y trepó de nuevo al taburete. Zájar entró tras él.

— Zájar, ¿sabes? acabo de recordar. Snegovoi preguntó por ti.

Y Maliánov vio por primera vez cómo palidece una persona ante su vista. Cómo se vuelve blanca como el papel.

—¿Por mí? —preguntó Zájar.

— Sí. Ayer por la noche. — Maliánov no esperaba una reacción así.

—¿Tú lo conocías? — preguntó Weingarten, con suavidad, a Zájar.

Este meneó la cabeza en silencio, buscó un cigarrillo, dejó caer la mitad del atado en el suelo y se puso a recogerlos de prisa. Weingarten graznó:

— Bien amigos, esto es algo que necesita… — y sirvió un poco de vodka. Y el chico habló.

—¡Gran cosa! Eso no significa nada en sí mismo.

Maliánov volvió a estremecerse, y Zájar se incorporó y miró al chico con algo que parecía esperanza.

— Es una simple coincidencia — continuó el niño—. Miren en la guía telefónica, figuran por lo menos ocho Gúbar.

EXTRACTO 11…Maliánov lo conocía desde el sexto grado. Se hicieron amigos en el séptimo y compartieron un pupitre a todo lo largo de la escuela. Weingarten no cambió con los años, sólo se hizo más grande. Era siempre alegre, gordo, carnívoro, y siempre coleccionaba alguna cosa: sellos, monedas, rótulos de botellas. Una vez — eso fue cuando yo era un biólogo— decidió coleccionar excrementos porque Zhenka Sídortsev trajo consigo excrementos de ballena del Antártico y Sania Zhitniuk le llevó unos excrementos humanos de Penzhekent, no comunes, por supuesto, sino fósiles, del siglo IX. Siempre molestaba a sus amigos para que le mostrasen el cambio que llevaban encima… buscaba determinada moneda de cobre. Y siempre le arrebataba a uno la correspondencia o le mendigaba los sobres sellados.

Y a pesar de todo conocía su trabajo. Había sido jefe de departamento en su instituto durante mucho tiempo, era miembro de veintitantas comisiones, soviéticas e internacionales, siempre viajaba al exterior, a todo tipo de congresos, y estaba a punto de conseguir un nombramiento de profesor pleno. De entre todos sus amigos, estimaba a Viecherovski más que a ninguno, porque Viecherovski era un premio Nobel, y Val soñaba con llegar a serlo a su vez. Debe de haberle contado cien veces a Maliánov cómo se pondría la medalla y la usaría para acudir a una cita. Siempre fue un alborotador. Era un brillante narrador, y los sucesos más triviales y aburridos se convertían, cuando él los relataba, en dramas de Graham Greene o Le Carré. Pero por extraño que parezca, mentía muy pocas veces, y se mostraba horriblemente turbado cuando lo pescaban en un embuste. Por algún motivo desconocido, Irina no lo apreciaba. Maliánov sospechaba que en sus primeros años, antes del nacimiento de Bóbchik, Weingarten le hizo una insinuación e Irina lo rechazó. Weingarten era un maestro para entablar relaciones con las mujeres, y no porque fuese un maniático del sexo, ni un degenerado… No, era jubiloso, enérgico, y estaba siempre tan preparado para la derrota como para la victoria. Todas las citas eran una aventura, fuese cual fuere el resultado. Su esposa, Sveta, una mujer increíblemente hermosa, pero víctima de depresiones, había aceptado hacía tiempo su carácter mujeriego, en especial porque él la quería hasta la chochera y siempre se metía en riñas, en público, por causa de ella. Le gustaban las pendencias en general… entrar en un restaurante con él era un acto masoquista. En una palabra, hacía una vida tranquila, dichosa y exitosa, sin grandes conmociones.

Resulta que comenzaron a sucederle cosas extrañas, cuando la serie de experimentos iniciados el año anterior empezaron a dar de pronto resultados en todo sentido inesperados, y hasta sensacionales. («Ustedes amigos, no podrían entenderlo, tiene que ver con la trascriptasa inversa… es una polimerasa ADN, dependiente del ARN, una enzima que entra en la formación de los oncornovirus, y eso, puedo asegurarles, amigos, me huele a premio Nobel.») En sus laboratorios, sólo Weingarten apreciaba esos resultados. A la mayoría, como sucede por lo común, le importaban un bledo, y otros individuos con talento creador decidían que la serié de pruebas era un fracaso. Como era verano, todos se morían por salir de vacaciones. Weingarten no firmaba los papeles de licencia de nadie. Hubo un gran alboroto… sentimientos heridos, comisión local de quejas, la reunión de la dirección del partido. Y en el calor de la batalla, en una de las audiencias, Weingarten fue informado semioficialmente de que existía un plan para nombrar al camarada Valentín Andréievich Weingarten director del más nuevo y supermoderno centro biológico que entonces se construía en Dobroliúbov.

Esta información le dio vértigos al camarada Weingarten, pero de todos modos se dio cuenta de que el puesto de director era, ante todo, un pájaro volando, y cuando se convirtiese en pájaro en mano — si se convertía—, sacaría, en segundo lugar, a V.A. Weingarten del trabajo creador en el laboratorio, al menos por un año y medio, y tal vez dos. Y entretanto el premio Nobel era el premio Nobel, amigos.

Por consiguiente, Weingarten sólo prometió pensarlo, y volvió a su laboratorio y a su misteriosa trascriptasa inversa y a sus interminables embrollos. Dos días más tarde fue llamado al despacho del académico en jefe, e interrogado acerca de su proyecto del momento. («Mantuve los labios sellados, amigos, me dominé muy bien.») Se sugirió que abandonara esas dudosas tonterías y encarase el problema tal y cual, que era de gran importancia económica, y por lo tanto prometía grandes compensaciones materiales y espirituales por las cuales el académico en jefe estaba dispuesto a apostar la cabeza.

Anonadado ante esos panoramas que de pronto se abrían ante él, sin motivo alguno, Weingarten cometió el error de jactarse de ellos en su casa, y no sólo en su casa, sino ante su suegra, a quien llama Capi porque en realidad es capitana de segunda clase, retirada. Y el cielo se ensombreció sobre su cabeza. («Amigos, desde esa noche mi casa se convirtió en un aserradero. Me aserraban de noche y de día, exigían que aceptara en el acto, y que además aceptase los dos ofrecimientos.»)

Entretanto, el laboratorio, a pesar del alboroto del momento, continuaba produciendo gran cantidad de resultados, uno más sorprendente que el otro. Entonces murió su tía, parienta lejana por parte de su padre, y mientras solucionaba el asunto de la herencia, Weingarten descubrió en el desván de la casa de ella, en Kavkolova, un arcón repleto de monedas soviéticas fuera de circulación desde 1961. Hay que conocer a Weingarten para creerlo, pero en cuanto descubrió el arcón perdió el interés por todo lo demás, incluido su languideciente premio Nobel. Se encerró en su casa, y se pasó cuatro días enteros estudiando el contenido del cofre, sordo a los llamados telefónicos del instituto y a los regañones discursos de su suegra. En el arcón encontró piezas fantásticas. ¡Ah, qué lujo! Pero no se trataba de eso.

12

Cuando terminó con el arcón y volvió al trabajo, se enteró de que su descubrimiento, por decirlo así, había sido descubierto. Es claro que todavía quedaban muchas cosas obscuras, y que era preciso reducir todo a fórmulas — trabajo nada fácil, de pasada—, pero no cabían dudas: había hecho su descubrimiento. Weingarten se puso a trabajar como una ardilla en la rueda giratoria. Puso fin a todas las pendencias en el laboratorio. («Amigos, ¡los mandé a todos al demonio, en sus vacaciones!»), en veinticuatro horas trasladó a Capi y a las chicas al campo, canceló todas sus entrevistas y se acomodó en su casa, con vistas a dar los toques finales, cuando llegó el día de anteayer.

Anteayer, cuando Weingarten se disponía a trabajar, apareció en el departamento el pelirrojo… un tipo bajo, rojizo, de rostro muy pálido, embutido en una antigua chaqueta negra de corte y estilo antiguos. Salió del cuarto de los chicos, y mientras Val lo miraba boquiabierto, en silencio, se sentó en el borde del escritorio y empezó a hablar. Sin preámbulos, anunció que una civilización extraterrestre venía vigilándolo a él, a V.A. Weingarten, desde hacía bastante tiempo, siguiendo con atención y ansiedad su trabajo científico. Que los últimos trabajos del mencionado V.A. Weingarten les provocaban mucha ansiedad. Que él, el pelirrojo, estaba autorizado para pedir a V. A. Weingarten que abandonase en el acto el proyecto y destruyera todos los papeles relacionados con él.

No hace falta en absoluto que sepa por qué y cómo exigimos eso, dijo el pelirrojo. Es preciso informarle que probamos otros medios, para hacer que pareciese en todo sentido natural. No debe formarse la impresión de que el puesto de director que se le ofreció, el nuevo proyecto, el descubrimiento de las monedas o inclusive el incidente de las vacaciones en los laboratorios fueron puramente accidentales. Tratamos de detenerlo. Pero como sólo nos fue posible demorarlo, y no por mucho tiempo, nos vemos obligados a embarcarnos en una medida extrema, como lo es la de visitarlo. Y también debe saber que todos los ofrecimientos que se le hicieron eran y siguen siendo válidos, y que todavía puede aceptarlos, si se satisfacen nuestros pedidos. Y si está de acuerdo, nos encontramos dispuestos a ayudar a complacer sus pequeños y muy comprensibles deseos, que son el producto de su naturaleza humana. Como símbolo de esa promesa, permítame entregarle este regalito.

Y con estas palabras el pelirrojo sacó del aire un paquete y lo arrojó en el escritorio, delante de Weingarten. Resultó que contenía maravillosos sellos, cuyo valor ni siquiera podría imaginar quien no fuese un filatelista profesional.

Weingarten, continuó el pelirrojo, no debía pensar que fuese el único terráqueo vigilado por la supercivilización. Había por lo menos tres personas, entre los amigos de Weingarten, cuyos trabajos estaban a punto de ser cortados en capullo. El, el pelirrojo, podía enunciar nombres tales como Dmitri Alexéievich Maliánov, astrónomo; Zájar Zájarovich Gúbar, ingeniero, y Arnóld Pávlovich Snegovoi, físico. Le daban a V.A. Weingarten tres días, a partir de ese momento mismo, para pensarlo, después de lo cual la supercivilización consideraría que tenía derecho a emplear las un tanto severas «medidas de tercer grado».

— Mientras me decía todo eso — dijo Weingarten—, amigos, lo único que yo pensaba era cómo se había metido en el departamento sin una llave. En especial visto que yo tenía la puerta con cerrojo. ¿Era posible que fuese un ladrón que se había introducido hacía tiempo, y que se aburrió de estar oculto debajo de la cama? Bien, ya le enseñaré, pensé. Pero mientras pensaba todo eso, el pelirrojo terminó su discursito. — Weingarten hizo una pausa efectista.

— Y salió volando por la ventana — dijo Maliánov, haciendo rechinar los dientes.

—¡Esto para tu vuelo por la ventana! — Weingarten, sin turbarse por la presencia del chico, hizo un ademán elocuente—. ¡Sencillamente desapareció!

— Val — dijo Maliánov.

—¡Te lo estoy diciendo, amigo! Estaba sentado delante de mí, en el escritorio. Y yo me encontraba a punto de dársela en la trompa, sin siquiera ponerme de pie… ¡cuando de pronto desapareció! Como en las películas, ¿sabes?

Weingarten se apoderó del último trozo de esturión y se lo metió en la boca.

—¿Moam? — dijo—. ¿Moam muam? — Tragó con dificultad y parpadeando, con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió—: Ahora estoy un poco más tranquilo, amigos, pero entonces, déjenme que les diga, me apoyé en el respaldo de la silla, cerré los ojos y recordé las palabras de él; todo temblaba y se estremecía en mí, como la cola de un cerdo. Pensé que me moriría allí mismo. Nunca me había ocurrido nada parecido. No sé cómo, llegué hasta la habitación de mi suegra, tomé las gotas de valeriana de ella… no me sirvió de nada. Y entonces vi que tenía comprimidos de bromuro, y también tomé de ésos.

EXTRACTO 12…falsificados — dijo Maliánov por último. Despectivo, Weingarten no respondió—. Bueno, flamantes, entonces.

— Estúpido — ladró Weingarten, y guardó el álbum. Maliánov no encontró réplica ninguna. Si todo eso hubiese sido una mentira, o aun la verdad simple, antes que la horrible verdad, Weingarten lo habría hecho al revés. Habría mostrado primero los sellos, y luego inventado y ofrecido la fantástica historia, más o menos veraz, relacionada con ellos.

— Bien, ¿y qué hacemos ahora? — preguntó Maliánov, sintiendo que el corazón volvía a hundírsele en alguna parte.

Nadie contestó. Weingarten se sirvió otra copa, la bebió y comió el último arrollado de arenque. Gúbar miraba, indiferente, mientras su extraño hijo jugaba con las copas; se lo veía concentrado, con el rostro serio y pálido. Después Weingarten retomó el relato, esa vez sin bromas, como si estuviese demasiado cansado para ellas. Cómo llamó a Gúbar y Gúbar no atendió; cómo llamó a Maliánov y descubrió que Snegovoi existía; cuánto se asustó cuando Maliánov fue a dejar entrar a Lídochka y no regresó al teléfono durante tanto tiempo; cómo no durmió toda la noche, y se paseó por la habitación, pensando, pensando, pensando, tomando bromuro y pensando un poco más; y cómo llamó a Maliánov esa mañana y se dio cuenta de que también se habían puesto en contacto con él, y luego llegó Gúbar… con sus propios problemas.

Consideraba que los disgustos provocados por los desconocidos del espacio comenzaron con la aparición de un repulsivo prurito en sus pies. Corrió a consultar a un médico en cuanto vio el salpullido, porque siempre cuidaba su salud. El médico lo tranquilizó, le dio unas píldoras, y la erupción desapareció. Pero entonces vino la invasión de mujeres. Llegaron en manadas… todas las mujeres con quienes alguna vez estuvo relacionado. Rondaban por su departamento de a dos y en tercetos; un espantoso día hubo cinco mujeres en su departamento al mismo tiempo. Y sencillamente no entendía qué querían de él. Lo injuriaban; se le arrojaban a los pies; le suplicaban quién sabe qué; reñían entre sí como gatas; le rompían todos los platos, destrozaron el tazón de agua azul, japonés, y le arruinaron los muebles. Tenían accesos de histeria; trataban de envenenarse, algunas amenazaron con envenenarlo a él, y eran inagotables y sumamente exigentes en lo referente a hacer el amor. Y muchas de ellas estaban casadas desde hacía tiempo, amaban a sus esposos e hijos, y los esposos también fueron al departamento de Gúbar y se comportaron en forma extraña. (En esta parte de la narración, Gúbar masculló más que nunca).

En una palabra, su vida se convirtió en un infierno; tenía una erupción en todo el cuerpo; ya ni se hablaba de trabajar, y tuvo que pedir licencia sin sueldo, aunque estaba muy endeudado. (Al principio buscó refugio, contra la embestida, en el instituto, pero muy pronto se dio cuenta de que ello sólo haría que sus problemas personales surgieran a la luz en público. Esta parte también la masculló).

Ese infierno duró diez días, sin tregua, y terminó de pronto, la antevíspera. Acababa de entregar la última de las mujeres a su esposo, un torvo sargento de policía, cuando apareció una mujer con un chico. Recordaba a la mujer. La había conocido seis años antes. Se encontraban en un ómnibus atestado, apretujados el uno contra el otro. El la miró, y le gustó lo que vio. Perdón, le dijo, ¿no tendría un trozo de papel y un lápiz? Sí, aquí tiene, repuso ella, sacando del bolso los artículos pedidos. Muchas gracias, dijo él, y ahora escriba, por favor, su nombre y número de teléfono. Pasaron unos días maravillosos en la costa de Riga, y se separaron en forma imperceptible… en apariencia para no volver a encontrarse más, y sin ataduras.

Y ahora aparecía en su umbral, con el chico, y decía que éste era hijo de él. Hacía tres años que estaba casada con un hombre muy bueno y muy famoso, a quien amaba y respetaba profundamente. No pudo explicar a Gúbar por qué había ido. Lloró cada vez que él trató de averiguarlo. Se retorció las manos, y se veía a las claras que sentía que su conducta era inmoral y criminal. Pero no se iba. Los días que pasó en el destrozado departamento de Gúbar fueron la peor parte de la pesadilla. Se comportaba como una sonámbula, hablaba todo el tiempo. Gúbar entendía las palabras, pero no le resultaba posible encontrarles sentido. Y el día anterior, por la mañana, la mujer despertó. Sacó a Gúbar de la cama, lo llevó al cuarto de baño, abrió al máximo las llaves del agua y susurró una historia absolutamente increíble al oído de Gúbar.

Según ella (en interpretación de Gúbar), aparentemente existía, desde tiempos antiguos, esa secreta y semimística Unión de los Nueve en la tierra. Eran sabios monstruosamente sigilosos, de muy larga vida o inmortales, a quienes sólo les preocupaban dos cosas: primero, reunir y dominar todos los logros de cada una de las ramas de la ciencia, y segundo, asegurarse de que ninguno de los nuevos avances científico-tecnológicos fuesen empleados por la gente para su propia destrucción. Esos sabios eran casi omnisapientes, y casi todopoderosos. Resultaba imposible ocultarse de ellos, y de nada valía luchar contra ellos. Y ahora esa Unión de los Nueve la emprendía con Zájar Gúbar. Por qué con él… ella no lo sabía. Tampoco sabía qué debía hacer Gúbar ahora. Eso tendría que decidirlo él. Ella sólo sabía que todos sus sinsabores recientes representaban una advertencia. No sabía quién había dado la orden. En verdad, no sabía nada más. Ni quería saberlo. Sólo deseaba tener la certeza de que nada malo le ocurriera al chico. Rogó a Gúbar que no se resistiese, y que pensara veinte veces antes de tomar alguna medida. Y ahora debía irse.

Llorando, con el rostro hundido en el pañuelo, se fue. Y Gúbar quedó con el chico. No quiso decir qué sucedió entre ellos hasta las tres de la tarde. Pero algo ocurrió.

(El chico hizo una breve declaración al respecto: «Le expliqué las cosas, eso es todo»). A las tres, Gúbar ya no pudo aguantar más, y corrió a ver a Weingarten, su amigo íntimo.

— Todavía no entiendo nada — terminó—. Escuché a Val y te escuche a ti, Dmitri. Sigo sin entender. ¿No será el calor? Dicen que hace ciento cincuenta años que no tenemos tanto calor. Y nos hemos enloquecido, cada uno a su manera.

— Espera un momento, Zájar — dijo Weingarten, ceñudo—. Eres una persona estable, así que por el momento no empieces con las hipótesis.

—¡Qué hipótesis! — exclamó Gúbar, desdichado—. Me resulta claro, sin hipótesis, que aquí no encontraremos nada. Tenemos que informar de esto en el lugar adecuado, eso es lo que yo digo.

Weingarten le lanzó una mirada aplastante.

—¿Y dónde propones que informemos de esto?

—¿Qué se yo? Tiene que haber alguna organización. Algún organismo local.

El chico rió entre dientes, y Gúbar se calló. Maliánov imaginó a Weingarten informando en el organismo competente, trasmitiendo al interesado investigador su fábula sobre el enano pelirrojo de ceñido traje negro. Gúbar parecía un tanto raro en la misma situación. Y en cuanto al propio Maliánov…

— Bien, hermanos, ustedes hagan lo que quieran, pero la estación de policía no es el lugar para mí. Un hombre murió en extrañas circunstancias al otro lado del corredor, y yo fui el último que lo vio con vida. Y no tiene sentido que me vaya, tengo la sensación de que vendrán a buscarme.

En el acto, Weingarten le sirvió una copa de coñac, y Maliánov la bebió de un trago, sin siquiera saborearla. Weingarten dijo con un suspiro:

— Sí, amigos. No hay nadie con quien consultar. Una palabra, y nos meterán en el loquero. Tendremos que arreglárnoslas nosotros mismos. Adelante, Dmitri, habla. Tú tienes una cabeza clara. Vamos, piensa.

Maliánov se frotó la frente.

— En verdad tengo la cabeza rellena — repuso—. No puedo decir nada. Todo esto es una pesadilla. Entiendo una cosa: a ustedes se les dijo que dejaran el trabajo. A mí no me dijeron nada, pero mi vida fue convertida en un…

—¡Correcto! — interrumpió Weingarten—. Hecho número uno: a alguien no le gusta nuestro trabajo. Pregunta: ¿a quién? Observen: un desconocido viene a verme. — Weingarten contó los datos con los dedos—. Un agente de la Unión de los Nueve va a ver a Zájar. De paso, ¿oyeron hablar de la Unión de los Nueve? Tengo el nombre en la cabeza, debo de haber leído algo, pero no recuerdo dónde. Nadie viene a verte a ti. Es decir, por supuesto que te visitan, pero son agentes disfrazados. ¿Cuál es la conclusión que se puede extraer aquí?

—¿Y bien? — preguntó Maliánov, lúgubre.

— La conclusión que se sigue es que no existen alienígenas ni ancianos sabios, sino otra cosa, una fuerza… y que nuestro trabajo le molesta.

— Eso es una tontería — dijo Maliánov—. Delirio. Basura. Piensa un poco. Yo trabajaba en las estrellas, en la nube de polvo gaseoso. Tú tienes esa revertasa. Y Zájar está en verdad en otro campo… en la electrónica aplicada. — De pronto recordó—. Snegovoi también había hablado de eso ¿Saben que dijo? Dijo: «Mira donde está la hacienda y donde está el agua». Acabo de entender qué quiso decir con eso. El pobre también se devanaba los sesos con ese asunto. ¿O tal vez creen que aquí hay tres poderes distintos en funcionamiento? — inquirió con tono ácido.

—¡No, amigo, espera un momento! — insistió Weingarten—. No tan de prisa.

14

Parecía como si lo hubiese analizado hacía tiempo, y fuera a aclararlo todo, enseguida, siempre que, por supuesto, dejaran de interrumpirlo y le permitiesen hablar. Pero no aclaró nada… Calló y miró el frasco vacío de los arenques.

Todos guardaron silencio. Luego Gúbar habló con suavidad.

— No hago más que pensar en Snegovoi. Quiero decir… es probable que también a él le hayan ordenado dejar su trabajo… ¿y cómo podía hacerlo? Era un militar… Su trabajo era…

—¡Tengo que hacer pis! — anunció el chico, y cuando Gúbar suspiró y lo llevó al excusado, agregó en voz alta—. ¡Y también lo otro!

— No, amigo, no te precipites — volvió a decir Weingarten—. Imagina por un segundo que existe sobre la tierra un grupo de criaturas lo bastante poderosas para hacernos estas bromas. Digamos que es la Unión de los Nueve. ¿Qué les importa a ellos? Poner fin a ciertos trabajos en cierto campo, que lleva a ciertas metas. ¿Cómo lo sabes? Tal vez haya en Leningrado otras cien personas que se están volviendo locas como nosotros. Y como nosotros, temen admitirlo. Algunas tienen miedo, y otras turbación. ¡Y hasta es posible que algunas se sientan felices! Están haciendo atrayentes ofrecimientos, ¿sabes?

— A mí no me hicieron ofrecimientos atrayentes — dijo Maliánov, melancólico.

—¡Y eso también es intencional! Eres un babieca, no te interesa el dinero. Ni siquiera sabes cómo sobornar a la persona que corresponde en el momento oportuno. Todo el mundo es un enorme obstáculo para ti. Todas las mesas están reservadas en un restaurante, y eso es un obstáculo. Hay una cola para conseguir entradas, y eso es un obstáculo. Alguien tiene ciertos tratos con tu esposa y…

—¡Está bien! ¡Basta! No necesito una disertación.

— No. Tranquilízate, amigo. Es una suposición muy posible. Y significa, es claro, que son enormes, fantásticamente poderosos… pero maldito sea, la hipnosis y la sugestión existen, ¡e inclusive, hasta la sugestión telepática! No amigo, imagina: hay una raza, una raza antigua, sabia, y quizá ni siquiera humana… nuestros competidores. Han estado esperando con paciencia, reuniendo datos, preparándose. Y ahora deciden asestar el coup de grace. Y fíjate: no en guerra franca, sino de modo mucho más inteligente. Se dan cuenta de que crear montañas de cadáveres es inútil, bárbaro y peligroso también para ellos. Y entonces resuelven actuar con cuidado, con un escalpelo, en el sistema nervioso central, el cimiento de todos los cimientos, la investigación más promisoria. ¿Entiendes?

Maliánov lo escuchó y no lo escuchó. Una sensación desagradable le subía por la garganta. Quería cerrar los oídos, irse, acostarse, tenderse, ocultar la cabeza bajo una almohada. Era el miedo.

Y no el miedo común y corriente, sino el Miedo Negro. Vete de aquí. Corre para salvar la vida. Déjalo todo, escóndete, entiérrate, ahógate. Eh, tú, se gritó a sí mismo. ¡Despierta, idiota! No puedes hacer eso, morirás. Y habló con cierto esfuerzo.

— Lo entiendo, pero es una tontería.

—¿Por qué?

— Porque es un cuento de hadas. — Se le puso ronca la voz, y tosió—. Para lectores jóvenes. ¿Por qué no lo escribes y lo llevas a Publicaciones Fogata? Asegúrate de que el pionero Vasia destruya a la pandilla maligna, al final, y salve al mundo.

— Muy bien — dijo Weingarten con serenidad—. ¿Esas cosas nos sucedieron?

— Bueno, sí.

—¿Los sucesos fueron fantásticos?

— Bien, digamos que lo fueron.

— Y entonces, amigo, ¿cómo esperas explicar acontecimientos fantásticos sin hipótesis fantásticas?

— No sé nada de eso — replicó Maliánov—. Ustedes dos tuvieron sucesos fantásticos. Y tal vez estuvieron bebiendo como locos durante las dos últimas semanas. A mí no me ocurrió nada fantástico. Yo no bebo.

El rostro de Weingarten se puso rojo como una remolacha, y golpeó en la mesa con el puño y gritó:

—¡Maldición, tienes que creernos, si no nos creemos unos a otros, maldición, todo se irá al demonio! ¡Tal vez esos canallas cuentan con eso, maldición! Que no nos creamos unos a otros, que terminemos aislados, cada uno para ser manipulado como se les ocurra.

Gritaba y bramaba con tanta furia, que Maliánov se amedrentó.

Y hasta se olvidó del Miedo Negro.

— Bueno, muy bien — dijo—, vamos, basta, no te pongas histérico. Fue un error de mi parte, lo siento, lo siento, no lo dije en serio. — Gúbar regresó del excusado y los miró, aterrorizado.

Terminados sus gritos, Weingarten se levantó de un salto, tomó de la refrigeradora una botella de agua mineral, le arrancó con los dientes la tapa de plástico y bebió de la botella. El agua carbonatada le corrió por las velludas mejillas gordas, y en el acto apareció en forma de sudor en su frente y en sus peludos hombros desnudos.

— Quiero decir que lo que en verdad pensaba — dijo Maliánov, apaciguador— es que no me gusta que las cosas imposibles se expliquen por causas imposibles. ¿Sabes? la navaja de Occam. De lo contrario te sale Dios sabe qué.

— Bien, ¿y qué sugieres? — interrogó Weingarten, aplacado, metiendo bajo la mesa la botella vacía.

— No tengo sugestiones. Si las tuviera, te las diría. Mi cerebro ha quedado paralizado por el temor. Sólo que me parece que si en verdad son tan todopoderosos, habrían podido arreglar todo el asunto con mucha mayor sencillez.

—¿Cómo, por ejemplo?

— Oh, no sé. Bien, habrían podido envenenarte con conservas podridas. Y a Zájar… una descarga de mil voltios. Y de todos modos, ¿por qué molestarse siquiera con tanta matanza y terror? Y si son telépatas tan competentes, podrían hacernos olvidarlo todo, fuera de las matemáticas más sencillas. O crear un reflejo condicionado: en cuanto nos sentamos a trabajar, tenemos colitis, o influenza: nos chorrea la nariz, nos duele la cabeza. O eccema. Hay muchísimas cosas. En silencio, con tranquilidad; nadie se habría enterado.

Weingarten esperó a que terminase.

— Mira, Dmitri, tienes que entender una cosa…

Pero Zájar no lo dejó terminar.

—¡Un momento! — suplicó, extendiendo las manos como para empujar a Weingarten y Maliánov a sus respectivos rincones—. Déjenme hablar mientras puedo recordarlo. ¿Quieres esperar, Val, y dejarme hablar? Es sobre las jaquecas. Acabas de mencionarlas, Dmitri. ¿Saben? el año pasado me hospitalizaron.

Resultó que el año anterior estuvo en el hospital porque algo andaba mal en su sangre, y compartió una habitación con ese Vladen Semiónovich Glújov, un orientalista. Glújov estaba allí por problemas cardíacos, pero no se trataba de eso. Se trataba de que trabaron amistad, y que cuando salieron se encontraban de vez en cuando. Y dos meses atrás el mismo Glújov se quejó a Gúbar de que tenía ese enorme proyecto para el cual hacía diez años que reunía materiales, y que todo se iba al demonio por algo muy extraño que le sucedía. A saber: en cuanto se sentaba a escribir acerca de sus investigaciones, la cabeza le dolía espantosamente, hasta el punto de la náusea y de los accesos de desvanecimiento.

— Y sin embargo podía pensar libremente en su trabajo — continuó Zájar—, leer materiales e inclusive, creo, hablar de eso… aunque no estoy seguro, y no quiero mentirles. Pero no le era posible escribir. Y después de lo que dijiste tú, Dmitri…

—¿Conoces su dirección? — preguntó Weingarten.

— Sí.

—¿Tiene teléfono?

— Sí. Tengo su número.

— Adelante. Invítalo a venir. Es uno de los nuestros.

Maliánov se levantó de un salto.

—¡Vete al demonio! — gritó—. ¡Estás demente! No puedes hacer eso. Tal vez sea nada más que una cosa.

— Todos tenemos una cosa.

—¡Val, es un orientalista! ¡Un campo distinto por completo!

— Es el mismo, amigo, juro que es el mismo.

—¡No lo hagas! Zájar, siéntate, no le prestes atención. Está totalmente ebrio.

Resultaba horrible e imposible imaginar a un normal y total desconocido entrando en esa cocina calurosa, repleta de humo, para hundirse en la absoluta locura, terror y borrachera.

15

— Oigan, ¿por qué no hacemos esto? — insistió Maliánov—. ¿Por qué no llamamos a Viecherovski? Juro que será mucho mejor.

Weingarten no opuso objeciones.

— Muy bien — dijo—. Es una buena idea, llamar a Viecherovski. Viecherovski tiene una cabeza sobre los hombros. Zájar, ve a llamar a tu Glújov, y después llamaremos a Viecherovski.

Maliánov, desesperado, no quería a ningún Glújov. Rogó, suplicó, insistió en que estaba en su casa, y que los echaría a todos a puntapiés. Pero era inútil oponerse a Weingarten. Zájar salió a llamar a Glújov, y el chico se deslizó del taburete y lo siguió como una sombra.

Viecherovski esperó un rato, y luego, seguro de que Maliánov había dejado de hablar, prosiguió:

— Quisiera destacar lo siguiente. (Cuando el asunto se formula de esa manera, los problemas personales de uno pasan a segundo plano.) Hablamos del destino de la humanidad. Bien, tal vez no en el sentido fatal de la palabra, pero de todos modos, del destino de su dignidad. Así que ahora nuestra meta no consiste sólo en proteger tu revertasa, Val, sino el futuro de la biología de todo nuestro planeta. ¿O me equivoco?

Por primera vez en presencia de Viecherovski, Val se infló hasta sus proporciones habituales. Asintió con suma energía, pero dijo algo que Maliánov no esperaba. Dijo:

— Sí, así es. Todos entendemos que aquí no estamos hablando de nosotros nada más. Hablamos de cientos de proyectos de investigación. Quizá de miles. Qué digo… ¡del futuro de la investigación en general!

— Y bien — dijo Viecherovski con fuerza—, tenemos por delante una batalla. El arma de ellos es el secreto, por lo cual la nuestra será la publicidad. Lo primero que debemos hacer es contarlo todo a nuestros amigos que, por una parte, posean suficiente imaginación para creernos, y por otra, bastante autoridad para convencer a sus colegas que ocupan altos puestos en la ciencia. De ese modo entraremos en contacto con el gobierno en forma oblicua, y conseguiremos acceso a los medios de comunicación de masas. Entonces podremos informar a toda la humanidad, si es necesario. Lo primero que hicieron fue correctísimo. Recurrieron a mí. Por mi parte, trataré de convencer a varios matemáticos que al mismo tiempo son importantes administradores. Como es natural, empezaré por nuestra propia gente, y luego pasaré a los matemáticos extranjeros.

Estaba animado, erguido, y hablaba, hablaba, hablaba. Mencionó nombres, títulos, puestos; definió con claridad a quién debía ver Maliánov y a quién tenía que recurrir Weingarten. Cualquiera habría dicho que hacía días que planeaba eso. Pero cuanto más hablaba más deprimido se mostraba Maliánov. Y cuando Viecherovski, con una agitación en todo sentido indecente, pasó a la parte dos de su programa, la apoteosis — en que la humanidad, unida por la alarma general, combate contra el enemigo supercivilizado, cuerpo a cuerpo, en todo el planeta—, bien, Maliánov sintió que ya no podía mas, se levantó, fue a la cocina a preparar té fresco. Viecherovski, sí. Gran cerebro. El pobre tipo debe de estar aterrorizado también. Esta no es una simple discusión sobre telepatía. Pero la culpa es nuestra: Viecherovski esto, Viecherovski lo otro. Viecherovski es nada más que un tipo común. Un hombre listo, sí, una figura importante, pero no más que eso. Mientras se hable de abstracciones, es enorme, pero cuando se trata de la vida real… Le dolía que Viecherovski se hubiese puesto enseguida de parte de Val, y ni siquiera hubiese querido escucharlo. Maliánov tomó la tetera y regresó a la habitación.

Como es natural, Weingarten se dedicaba a aporrear a Viecherovski. Un respeto profundo es un respeto profundo, pero cuando un hombre vomita tonterías, de nada sirve el respeto. Tal vez Viecherovski cree que está tratando con idiotas absolutos. Quizá Viecherovski tiene guardados en alguna parte un par de académicos autorizados y débiles mentales que saludarán con entusiasmo esta noticia, luego de una o dos botellas. El, Weingarten, no tenía académicos como esos. El, Weingarten, tenía a su viejo amigo Dmitri Maliánov, de quien esperaba alguna simpatía definida, en especial porque Maliánov se encontraba en el mismo aprieto. ¿Y qué pasaba… acogía con entusiasmo su relato de congojas? ¿Con interés? ¿Con la menor simpatía? ¡Un cuerno! Lo primero que dijo fue que Weingarten mentía… y a su manera, Maliánov tiene razón. A Weingarten le aterroriza el pensar siquiera abordar a su jefe con una historia como ésa, aunque su jefe sea todavía un hombre joven, no esté osificado, y se muestre bien dispuesto hacia cierta noble locura en la ciencia. No conoce la situación de Viecherovski, pero él, Weingarten, no tiene la intención de pasarse el resto de sus días ni siquiera en el más lujoso de los loqueros.

—¡Los ordenanzas vendrán y nos llevarán a todos! — dijo Zájar, lastimero—. Eso está claro. Para ustedes estará bien, pero a mí me tildarán, además, de maniático sexual.

— Espera, Zájar — dijo Weingarten con irritación—. ¡No, Fil, no te reconozco! Supongamos que todo lo que decimos sobre instituciones para enfermos mentales es una exageración. ¡Aun así, eso será el final de nuestras carreras de científicos, inmediatamente! ¡Nuestra reputación quedará arruinada! Y además, maldito sea, aunque encontrásemos en la Academia una o dos almas que simpatizaran con nosotros, ¿cómo podrían ir al gobierno a llevarle estos desvaríos? ¿Quién querría correr ese riesgo? ¿Sabes el tipo de presión que sería necesario ejercer sobre un hombre para que se arriesgase a eso? Y por la humanidad, nuestros queridos cohabitantes del planeta Tierra… — Weingarten agitó la mano y miró a Maliánov con sus ojos color de oliva—. Sírveme un poco de té caliente — dijo—. Publicidad… la publicidad es un arma de doble filo, sabes. — Y comenzó a sorber su té, frotándose la nariz con el dorso del velludo brazo.

—¿Quién quiere un poco más? — preguntó Maliánov.

Trató de no mirar a Viecherovski. Sirvió té a Zájar, a Glújov. A sí mismo. Se sentó. Sentía mucha pena por Viecherovski, y la situación le resultaba incómoda. Val tenía razón: la reputación de un hombre de ciencia es una cosa frágil. Un solo discurso fallido, ¿y dónde queda tu reputación, Filíp Pávlovich Viecherovski?

Este se encontraba acurrucado en su silla, la cara entre las manos. Era insoportable.

— Sabes, Fil, es probable que tus sugestiones, tu plan de acción, sean correctos en teoría — dijo Maliánov—. Pero ahora no necesitamos teorías. Necesitamos un plan que pueda realizarse en circunstancias reales. Tú dices: una humanidad unida. ¿Sabes? es posible que tu plan pueda ejecutarlo alguna forma de vida, pero no la nuestra, no los terráqueos, quiero decir. Nuestra gente jamás creería en algo como eso. ¿Sabes cuándo creeremos en una supercivilización? Cuando esa supercivilización descienda a nuestro nivel y comience a rociarnos con bombas desde chirriantes naves espaciales. Entonces, creeremos, entonces nos uniremos, pero ni aún así enseguida. Es probable que primero nos lancemos algunas salvas unos a otros.

—¡Así es, precisamente! — convino Weingarten con voz desagradable, y prorrumpió en una breve carcajada.

Nadie dijo nada.

— Y de cualquier modo mi jefe es una mujer — dijo Zájar—. Mujer amable, muy dulce, ¿pero cómo puedo hablarle de esto? ¿De mí, quiero decir?

Todos siguieron sentados en silencio, sorbiendo té. Luego Glújov habló con suavidad.

—¡Qué espléndido té! De veras, eres un especialista, Dmitri: Hace siglos que no bebo un té así. Sí… es claro, todo esto es difícil y poco claro. Por otro lado, miren el cielo, que hermosa luna. Té, un cigarrillo… ¿qué más necesita un nombre? ¿Una buena serie de detectives en la televisión? No sé. Ahora bien, tú Dmitri, estás haciendo algo relacionado con las estrellas, con los gases interestelares. En verdad, ¿por qué te metes con eso? Piénsalo. Algo quiere que no hurgues en esos problemas. Bien, la respuesta es sencilla: no lo hagas. Bebe té, mira la televisión. Los cielos no son para hurgarlos… son para admirarlos. Y entonces el chico de Zájar anunció en voz alta:

—¡Eres un bribón!

Maliánov pensó que se refería a Glújov. Pero no. El chico, entrecerrando los ojos como un adulto, miraba a Viecherovski, y lo amenazaba con un dedo cubierto de chocolate.

— Sh, sh, — susurró Zájar, impotente. De súbito Viecherovski aparto las manos del rostro y volvió a su posición anterior: repantigado en la silla, con las piernas estiradas y cruzadas en los tobillos. En su cara había una sonrisa.

— Bien — dijo—, me alegra demostrar que la hipótesis del camarada Weingarten nos lleva a un callejón sin salida, eso resulta claro a simple vista. Es fácil ver que la hipótesis sobre la Unión de los Nueve nos llevará al mismo callejón sin salida, lo mismo que la misteriosa inteligencia que se oculta en las profundidades del mar, o cualquier otra fuerza racional. Sería muy bueno que todos ustedes se detuvieran por un minuto para pensar y convencerse de que lo que digo es correcto.

17

Maliánov revolvió su té y pensó: ¡El maldito! ¡Cómo nos ensartó! ¿Por qué? ¿A qué viene la farsa? Weingarten miraba hacia adelante, los ojos se le abultaban poco a poco, sus gordas mejillas sudorosas se contraían, amenazadoras. Glújov miraba a cada uno por turno, y Zájar esperaba con paciencia… el drama de la pausa del minuto se le escapaba por completo. Viecherovski volvió a hablar.

— Nota. A fin de explicar acontecimientos fantásticos tratamos de usar conceptos que, por fantásticos que fuesen, seguían correspondiendo al reino del entendimiento contemporáneo. Eso no dio nada. Absolutamente nada. Val nos lo demostró de manera convincente. Por lo tanto, es evidente que no tiene sentido aplicar conceptos exteriores al reino del entendimiento contemporáneo. Digamos, por ejemplo, Dios… o cualquier otra cosa. ¿Conclusión?

Weingarten, nervioso, se secó el rostro con la camisa y atacó afiebradamente el té. Maliánov preguntó, con tono ofendido:

—¿Quiere decir que nos hiciste hacer el papel de tontos adrede?

—¿Qué otro remedio me quedaba? — replicó Viecherovski, levantando hasta el cielo raso las malditas cejas rojas—. ¿Probarles que ir a las autoridades sería inútil? ¿Qué carecía de sentido formular el problema como lo hacían? La Unión de los Nueve o Fu Manchú… ¿qué diferencia hay? ¿Qué se puede discutir ahí? Fuese cual fuere la respuesta que obtuviesen, no podía haber una acción práctica basada en ella. Cuando la casa de uno se incendia o es destruida por un huracán o arrastrada por una inundación… uno no piensa en investigar qué le sucedió con exactitud a la casa; piensa en cómo vivirá, dónde vivirá y qué hará a continuación.

— Está tratando de decir… — empezó Maliánov.

— Digo que no les sucedió nada interesante. Aquí no hay nada en que interesarse, nada que estudiar, nada que analizar. Toda esa búsqueda de causas no es otra cosa que un derroche de curiosidad ociosa. No deberían pensar en el tipo de prensa que los oprime; tendrían que pensar en cómo comportarse bajo la presión. Y pensar en eso es mucho más complejo que fantasear acerca del rey Asoka, ¡porque de ahora en adelante cada uno de ustedes está solo! Nadie los ayudará. Nadie les dará consejos. Nadie decidirá por ustedes. Ni los académicos, ni el gobierno, ni siquiera la humanidad progresista… Val lo dejó perfectamente aclarado.

Se puso de pie, se sirvió un poco de té y regresó a su silla… intolerablemente confiado, sereno, elegantemente negligente, todavía parecido a un noble en una recepción diplomática de palacio.

El chico leyó en voz alta:

— «Si el paciente no sigue las órdenes del médico, no toma sus medicinas y abusa del alcohol, más o menos cinco o seis años después la fase secundaria de la enfermedad es seguida por la tercera y última etapa.»

Zájar suspiró.

—¿Pero por qué? ¿Por qué yo?

Viecherovski depositó la taza en el platillo, con un leve repiqueteo, y el conjunto en la mesa, a su lado.

— Porque nuestra era sigue vestida de negro — explicó, secándose los labios equinos, de color gris rosado, con un níveo pañuelo blanco—. Todavía usa sombrero de copa, y aún seguimos corriendo, y cuando el reloj marca la hora de la inacción y la hora de despedirse de las ocupaciones cotidianas, llega el momento de la división, y ya no soñamos con nada…

— Al demonio contigo — dijo Maliánov, y Viecherovski lanzó remilgadas risotadas marcianas.

Weingarten tomó del cenicero una colilla bastante larga, se la metió entre los gruesos labios, encendió un fósforo, y durante un rato continuó sentado, los ojos, bizcos, concentrados en la punta ardiente.

— En verdad — murmuró—, ¿tiene importancia qué poder es… mientras sea más poderoso que los humanos? — Inhaló—. Un pulgón aplastado por un ladrillo y un pulgón aplastado por una moneda… pero yo no soy un pulgón. Puedo elegir.

Zájar lo miró, esperanzado, pero Weingarten no agregó nada más. Elegir, pero Maliánov. Eso se dice con facilidad.

—¡Eso se dice con facilidad… elegir! — comenzó a decir Zájar, pero Glújov empezó a hablar. Zájar lo miró, esperanzado.

— Pero es evidente — dijo Glújov con sentimiento poco habitual—. ¿No resulta claro lo que deben elegir? Por supuesto que no los telescopios y los tubos de ensayo. ¡Qué se ahoguen con sus telescopios! ¡Y los gases de difusión! ¡Hay qué vivir, amar, sentir la naturaleza… sentirla de veras, no hurgar en ella! Ahora, cuando miro un árbol o un arbusto, sé que es mi amigo, que existimos el uno para el otro, que nos necesitamos.

—¿Ahora? — preguntó Viecherovski en voz alta.

Glújov se interrumpió, tartamudeando.

—¿Perdón?

— Nos hemos conocido, ¿sabes, Vladen? — dijo Viecherovski—. ¿Recuerdas? ¿Estonia, la escuela de lingüística matemática? El sauna, la cerveza.

— Sí, sí —dijo Glújov bajando los ojos—. Sí.

— Entonces eras muy distinto — declaró Viecherovski.

— Bueno, entonces… — empezó a decir Glújov—. Los barones envejecen, ¿sabes?

— Los barones también luchan — replicó Viecherovski—. No fue hace tanto tiempo.

Glújov extendió las manos en silencio.

Maliánov no entendió nada de ese interludio, pero había algo en él, algo desagradable, siniestro, lo que se decían tenía algún motivó. Y en apariencia Zájar había entendido, a su manera. Maliánov percibió algún insulto para él en el breve intercambio de palabras, porque de pronto, con aspereza poco común, casi con furia, le gritó a Viecherovski:

—¡Mataron a Snegovoi! A ti te resulta fácil hablar, Filíp, ¡no te tienen agarrado de la garganta, no te pasa nada!

Viecherovski asintió.

— Sí —dijo—. No me pasa nada. Yo estoy bien, y Vladen, aquí presente, también está bien. ¿No es cierto, Vladen?

El hombrecito tranquilo, de ojos de conejo detrás de las gruesas lentes con marco de acero, volvió a extender las manos en silencio. Luego se puso de pie, eludiendo la mirada de todos, y dijo:

— Perdónenme, amigos, pero es hora de que me vaya. Se hace tarde.

Guardaron silencio, sentados, mirando las luces que se apagaban, una a una, en el edificio de doce pisos. Apareció Kaliam, maullando con suavidad. Saltó al regazo de Viecherovski, y ronroneó. Viecherovski lo acarició con la larga mano angosta, sin quitar la vista de las luces de la ventana.

— Pierde el pelo — previno Maliánov.

— No importa — respondió Viecherovski con suavidad.

Volvieron, a callar. Ahora, cuando no había un sudoroso Weingarten o un aterrorizado Zájar, con su abominable hijo, o el ordinario pero misterioso Glújov; cuando sólo quedaba Viecherovski, infinitamente sereno e infinitamente confiado, y sin esperar de nadie una decisión sobrenatural… ahora todo parecía un sueño o inclusive un extravagante cuento de hadas. Si en verdad había sucedido, bien, fue hacía mucho tiempo, y en realidad no ocurrió de verdad, se detuvo antes de empezar. Maliánov sintió inclusive un vago interés por ese protagonista de semificción: ¿lo sentenciaron a quince años, o era todo…?

—¿Y quién entonces?

— Otra vez con lo mismo… una pregunta tan buena como el oro — dijo Viecherovski, y fue tan poco de él, que reí nervioso. Histérico. Y escuché sus satisfechas risotadas marcianas.

— Oye — dije—, al demonio con ellos. Bebamos un poco de té.

Temí que respondiera que ya era hora de irse, que mañana tenía que presidir exámenes o terminar su capítulo, así que añadí enseguida:

—¿De acuerdo? Tengo una caja de golosinas escondida en alguna parte… Pensé: ¿por qué atiborrar con todas las cosas la cara de Weingarten? ¡Démonos una satisfacción!

— Con placer — dijo Viecherovski, y se puso de pie en el acto.

—¿Sabes? uno piensa y piensa — dije mientras íbamos a la cocina y ponía el agua—. Piensa y piensa, hasta que todo se vuelve negro. Eso es una equivocación. Eso fue lo que liquidó a Snegovoi. Ahora lo sé. Sentando en su departamento, a solas, con todas las luces encendidas, ¿pero de qué le sirvió? Ese tipo de oscuridad no se puede iluminar ni con todas las lámparas del mundo. Pensó y pensó, y luego algo chasqueó, y fue el final. No se puede perder el sentido del humor, ese es el asunto. En realidad es gracioso, ¿sabes?: todo ese poder, toda esa energía… nada más que para impedir que un hombre investigue qué sucede cuando una estrella cae en una nube de polvo. ¡Quiero decir, pienso en eso, Fil! Es gracioso, ¿no?

Viecherovski me miraba con una expresión desconocida.

—¿Sabes, Dmitri? — repuso—, no sé porqué, pero nunca consideré el aspecto humorístico de la situación.

—¿No? Pero cuando se piensa en eso… Ahí están, y empiezan a calcular cosas: cien megavatios en la investigación de los anélidos, setenta y cinco multivatios para llevar adelante este proyecto, y diez bastarán para detener a Maliánov. Y alguno objeta que diez no bastan. Después de todo, hay que enloquecerlo con llamados telefónicos; darle coñac y una mujer, y van dos. — Me senté con las manos apretadas entre las rodillas— No, en realidad es gracioso.

— Si — admitió Viecherovski—, por cierto que es gracioso, pero no mucho. La pobreza de tu imaginación resulta abrumadora. Me sorprende que hayas terminado por conseguir tus burbujas.

—¿Qué burbujas? No hay burbujas. Ni las habrá. Deja de acosarme, señor director. No vi nada, no oí nada, no veo nada malo, no oigo nada malo. Y de cualquier modo, mi trabajo oficial es con el espectrómetro IK. Todo lo demás es apenas la hibris de los intelectuales, un complejo de Galileo.

Guardamos silencio. La tetera comenzó a jadear con suavidad, e hizo un ruido de «pf-pf-pf», como si estuviese a punto de hervir.

— Bueno, está bien — dije—. Pobreza de imaginación. De acuerdo. Pero tienes que admitir que si olvidas los detalles diabólicos, todo el asunto resulta fascinante. En realidad parece como si existieran. La gente ha parloteado tanto, conjeturado tanto, mentido tanto en la invención de esos platillos idiotas, misteriosas explicaciones para las terrazas de Baalbek… y en verdad existen. Pero es claro que no tal como creíamos. De paso, yo siempre tuve la certeza de que cuando ellos se anunciaran, serían muy distintos de todo lo que habíamos inventado al respecto.

—¿Quiénes son «ellos»? — interrogó Viecherovski, distraído. Encendía la pipa.

— Los alienígenas — contesté—. O para usar el término científico, la supercivilización.

— Ahá —dijo Viecherovski—. Entiendo. Nadie sugirió nunca que pudiesen ser policías con pautas de conducta aberrantes.

— Muy bien, muy bien — dije. Me levanté y puse dos tazas y platillos para té—. Puede que mi imaginación sea pobre, pero tú no tienes ninguna.

— Es probable — convino Viecherovski—. Soy totalmente incapaz de imaginar algo que no puede existir. El flogisto, por ejemplo, o un termógeno, o, digamos, el éter universal. No, no, por favor, prepara un poco de té fresco. Y no escatimes.

— Sé cómo prepararlo — gruñí—. ¿Qué decías sobre el flogisto?

— Jamás creí en el flogisto. Y nunca creí en las supercivilizaciones. Tanto el flogisto como las supercivilizaciónes son demasiado humanos. Como en Baudelaire. Demasiado humanos, y por lo tanto animales. No son un producto de la razón, sino de la falta de razón.

—¡Un minuto! — exclamé, con la tetera en la mano y una caja de té de Ceilán en la otra—. Pero tú mismo admitiste que nos vemos ante una supercivilización.

— Nada de eso — replicó Viecherovski, inconmovible—. Lo admitieron ustedes. Yo sólo aproveché las circunstancias para reorientarlos.

El teléfono sonó en mi habitación. Me estremecí, dejé caer la tapa de la tetera, mascullé, mientras miraba a Viecherovski y la puerta, una y otra vez.

— Vé —dijo Viecherovski con calma—. Yo prepararé el té.

No tomé el teléfono enseguida. Tenía miedo. Nadie podía llamar, en especial a esa hora. ¿Tal vez un Weingarten borracho? El estaba solo. Tomé el aparato.

—¿Hola?

La voz de ebrio de Weingarten dijo:

— Bueno, es claro que no duermo. ¡Saludos, víctima de la supercivilización! ¿Cómo estás ahí?

— Muy bien — dije, con gran alivio—. ¿Y tú?

— Todo va a la perfección — anunció Weingarten—. Pasamos por el Astoria. El Austeria, ¿entiendes? Conseguimos una botella de medio litro, pero no pareció suficiente. Así que llevamos dos medios litros, o sea un litro, a casa, y ahora nos sentimos muy bien. ¿Quieres venir?.

— No — repuse—. Viecherovski todavía está aquí. Bebemos té.

— El té te tetera — rió Weingarten—. Bueno. Llama si pasa algo.

— No entiendo, ¿estás sólo, o con Zájar?

— Los tres — dijo Weingarten—. Es muy lindo. Así que si pasa algo ven. Te esperamos. — Y colgó.

Regresé a la cocina. Viecherovski servía el té.

—¿Weingarten? — interrogó.

— Sí, es agradable que algunas cosas sigan igual, aun en toda esta locura. La constancia de la locura. Nunca pensé que un Weingarten bebido fuese algo tan bueno.

—¿Qué dijo?

— Dijo «El té te tetera».

Viecherovski rió entre dientes Weingarten le gustaba. Muy a su manera, pero le gustaba. Consideraba a Weingarten un enfant terrible… un enfant terrible grande, sudoroso, ruidoso.

Rebusqué en la refrigeradora, y encontré una costosa caja de golosinas Dame Pique.

—¿Ves esto?

— Ohó —dijo Viecherovski, respetuoso.

Admiramos la caja.

— Saludos de la supercivilización — dijo—. ¡Oh, sí! ¿Qué estabas diciendo? El me confundió por completo. ¡Ah, ya recuerdo! Quiere decir que, después de todo esto, sigues afirmando…

— Ahá. Sigo afirmando. Siempre supe que no había supercivilizaciónes. Y ahora, después de todo esto, como dices tú comienzo a adivinar porqué no existen.

— Espera. — Dejé la taza—. Por qué, etc., etc., todo eso es teórico. Dime esto: si no es una supercivilización, si no son alienígenas, ¿qué es? — Estaba furioso—. ¿Sabes algo, o estás ejercitando la lengua, divirtiéndote con paradojas? Un hombre se suicidó, otro se convirtió en jalea. ¿De qué estas parloteando?

No, aun a simple vista se advertía que Viecherovski no se divertía con paradojas ni parloteaba. De pronto el rostro se le puso gris y pareció fatigado, y apareció en la superficie una tensión enorme, cuidadosamente oculta. O tal vez era empecinamiento… un empecinamiento salvaje, tenaz. Dejó de parecer el mismo. Por lo general su rostro se veía un tanto marchito, con una adormilada flaccidez aristocrática… pero ahora era duro como la piedra. Y volví a asustarme. Por primera vez se me ocurrió que Viecherovski no me acompañaba para darme apoyo moral. Y que no era por eso qué me había invitado a pasar la noche, y antes a trabajar en su departamento. Y aunque estaba muy asustado, de pronto experimenté una oleada de piedad, sin base alguna, por cierto, aparte de unos vagos sentimientos, y del cambio operado en su rostro.

Y entonces recordé, sin motivo, que tres años antes Viecherovski había sido hospitalizado, pero no por mucho tiempo…

20

EXTRACTO 17…Un tipo de tumor benigno, antes desconocido. Y yo sólo lo supe el otoño anterior, pero lo veía todos los benditos días, tomaba café con él, escuchaba sus risotadas marcianas, me quejaba de que estaba cansado de los forúnculos. Y no sospeché nada, nada en absoluto.

Y ahora, abrumado por esa inesperada piedad, no pude contenerme y dije, sabiendo que era inútil, que no obtendría respuesta:

— Fil, tú, ¿tú también estás bajo presión?

Por supuesto, no prestó atención a mi pregunta. Ni la escuchó. La tensión abandonó su semblante y desapareció en la aristocrática hinchazón, los párpados rojizos se aquietaron sobre los ojos, y volvió a chupar la pipa.

— No estoy parloteando — dijo—. Tu mismo te empujas a la locura. Inventaste tu supercivilización, y no puedes entender que eso es demasiado sencillo; es mitología contemporánea, y nada mas.

La piel me hormigueó. ¿Más complejo? ¿Peor, entonces? ¿Qué podía ser peor?

— Eres un astrónomo — continuó con tono de reproche—. Deberías conocer la paradoja fundamental de la xenología.

— La conozco. En su desarrollo, es muy probable que cualquier civilización…

— Etcétera — interrumpió él—. Es inevitable que hayamos observado rastros de su actividad, pero no fue así. ¿Por qué? Porque las supercivilizaciones no existen. Porque, por algún motivo, las civilizaciones no se convierten en supercivilizaciones.

— Sí, sí. La idea de que la razón se destruye a sí misma en las guerras nucleares. Es una gran tontería.

— Por supuesto que es una tontería — admitió con serenidad—. Y además es demasiado simplificado, demasiado primitivo en el reino de nuestra forma habitual de pensamiento.

— Espera. ¿Por qué sigues machacando con lo primitivo? Es claro que la guerra nuclear es un concepto primitivo. Pero no tiene por qué ser tan simple. Enfermedades genéticas, cierto aburrimiento ante la existencia, una reorientación de metas. Hay toda una bibliografía al respecto. Por mi parte, siento que las manifestaciones de las supercivilizaciones son de naturaleza cósmica, y que no podemos distinguirlas de los fenómenos cósmicos naturales. O toma nuestra situación, por ejemplo: ¿por qué dices que no es una manifestación de una supercivilización?

— Hmmm, demasiado humana. Han descubierto que los terráqueos están en el umbral del universo. Temen la competición, han decidido frenarla. ¿Es así?

—¿Por qué no?

— Porque eso es ficción. Ficción barata, con cubiertas baratas, de vivos colores. Es como tratar de meter a un pulpo en un par de pantalones de smoking. Y para colmo, no un pulpo común, sino un pulpo que ni siquiera existe.

Viecherovski movió la taza, apoyó el codo en la mesa, posó la barbilla en el puño, enarcó las cejas y miró el espacio, por sobre mi cabeza.

— Mira cómo resulta. Hace dos horas parecíamos haber llegado a una decisión. No importa qué fuerza actúa sobre nosotros, lo importante es cómo comportarnos bajo esa presión. Pero veo que no piensas para nada en eso; te obstinas en tratar de identificar la fuerza. Y con la misma terquedad vuelves a la hipótesis sobre la supercivilización. Estás dispuesto a olvidar — y ya olvidaste— tus débiles objeciones a esa hipótesis. Entiendo por qué te pasa eso. En el fondo de la mente tienes la idea de que cualquier supercivilización sigue siendo una civilización, y que dos civilizaciones siempre pueden llegar a un acuerdo, encontrar alguna especie de transacción, alimentar a los lobos y salvar a las ovejas. Y si sucede lo peor, siempre queda la dulce rendición a esa potencia hostil pero imponente, la noble retirada ante un enemigo digno de la victoria, y luego — las tretas del demonio— es posible, inclusive, recibir una recompensa por la razonable docilidad de uno. No me mires, con los ojos saliéndose de las órbitas, Dmitri. Dije que todo eso era subconsciente. ¿Y crees que eres el único? Es un rasgo muy, muy humano. Hemos rechazado a Dios, pero todavía no podemos erguirnos sobre las dos piernas sin apoyarnos en alguna muleta-mito. Sin embargo, tendremos que hacerlo. Deberemos aprender. Porque en tu situación, ¡no sólo no tienes amigos, sino que estás tan solo que ni siquiera tienes enemigos! Eso es lo que te niegas a entender.

Viecherovski calló. Traté de interrumpirlo, traté de encontrar argumentos para refutarle, de discutir con acaloramiento, con espumarajos en los labios… ¿pero para demostrar qué? No sé. El tenía razón. No es vergüenza admitirlo ante un oponente digno de uno. Quiero decir, eso no lo pensaba él, lo pensaba yo, o sea lo pensé de pronto, después de lo que dijo. Durante todo, el tiempo había tenido la sensación de ser el general de un ejército diezmado que vagaba en medio del fuego, buscando al general victorioso para entregarle mi espada. Que me molestaba menos mi situación, qué el hecho de no poder encontrar al general.

—¿Cómo que no hay enemigo? — dije por último—. Alguien quiso todo esto.

—¿Y quién quiso? — gangoseó Viecherovski— que cerca de la superficie de la tierra la piedra caiga con una aceleración de nueve ocho cero coma seis?

— No entiendo.

—¿Pero cae precisamente a esa velocidad?

— Sí.

—¿Y no metes a una supercivilización en ese asunto? ¿Para explicarlo?

— Espera. ¿Qué tiene que…?

—¿Quién quiso que la piedra cayese con exactitud a esa aceleración? ¿Quién?

Me serví más té. Me pareció que todo lo que tenía que hacer era sumar dos más dos, pero aun así no entendía nada.

—¿Quiere decir que nos encontramos ante una suerte de fuerza elemental? ¿Un fenómeno natural?

— Si te parece — respondió Viecherovski.

—¡Bueno, de veras! — Extendí las manos, derribé mi té y lo derramé en la mesa—. ¡Maldición!

Mientras limpiaba la mesa, Viecherovski continuó, con tono perezoso:

— Trato de hacer que los epiciclos se arrepientan, y trato de poner el sol, y no la tierra, en el centro de las cosas. Ya verás cómo todo ocupa su lugar.

Arrojé el trapo mojado al fregadero.

— Quiere decir que tienes una teoría.

— Sí, la tengo.

— Bien, oigámosla. De paso, ¿por qué no nos la dijiste enseguida? ¿Mientras Weingarten estaba aquí?

Las cejas de Viecherovski se movieron.

—¿Sabes? toda nueva teoría tiene un defecto: siempre crea una cantidad de discusiones, y yo no me sentía con ganas de discutir. Sólo quería asegurarles que se veían frente a una decisión, y que cada uno debía hacer esa elección por su cuenta, solo. En apariencia, no lo conseguí. Y creo que mi teoría habría servido como argumento adicional, porque su médula — en rigor la única conclusión que se puede extraer de ella— consiste en que ahora no sólo no tienen amigos, sino que tampoco tienen enemigos. De modo que quizá me equivoqué. Tal vez habría debido meterme en una discusión agotadora, que dejase más en claro la situación de ustedes. Tal como yo las veo, las cosas están así…

No puedo decir que no entendí su teoría, pero tampoco me es posible afirmar que la haya captado del todo. No puedo decir que su teoría me convenciera por completo, pero por otro lado todo lo sucedido encajaba muy bien en ella. Más aun, todo lo que alguna vez ocurrió, ocurría y ocurrirá siempre en el universo encajaba en ella… esa era la debilidad de la teoría. Olía a la afirmación de que la cuerda es sencillamente una cuerda.

Viecherovski introdujo el concepto del Universo Homeostático. «El universo conserva su estructura": ese era su axioma fundamental. Según sus palabras, las leyes de conservación de la energía y de la materia no eran otra cosa que manifestaciones discretas de la ley de conservación de la estructura. La ley de la entropía no decreciente contradice la homeostasis del universo, y por lo tanto es una ley parcial, y no universal. Complementaria de dicha ley era la de la reproducción constante de la razón. La combinación y el conflicto de esas dos leyes parciales eran una expresión de la ley universal de la conservación de la estructura.

21

Si existía la ley de la entropía no decreciente, la estructura del universo desaparecía y se entronizaba el reinado del caos. Pero por otro lado, si sólo prevalecía una inteligencia en constante autoperfeccionamiento, y todopoderosa, también se desquiciaría la estructura del universo basada en la homeostasis. Por supuesto, eso no significaba que el universo fuera a volverse mejor o peor — apenas distinto—, al contrario del principio de la homeostasis, ya que una inteligencia en constante desarrollo puede tener un único objetivo: modificar la naturaleza. Por eso el meollo de la Homeostasis del Universo consiste en mantener el equilibrio entre el aumento de entropía y el desarrollo de la razón. Por eso no existen ni pueden existir supercivilizaciones, ya que el término supercivilización se usa para una inteligencia desarrollada hasta tal punto, que trasciende, en escala cósmica, más allá de la ley de la entropía no decreciente. Y lo que ahora nos sucedía no era otra cosa que la primera reacción del Universo Homeostático a la amenaza de la conversión de la humanidad en una supercivilización. El universo se defendía.

No me preguntes, dijo Viecherovski, por qué tú y Glújov se convirtieron en las primeras golondrinas del cataclismo que se avecina. No me preguntes cuál es la naturaleza de las señales que perturbaron la homeostasis en ese rincón del universo en que tú y Glújov emprendieron sus investigaciones. En rigor, no me preguntes por ninguno de los mecanismos del Universo Homeostático… no sé nada de ellos, como la gente no sabe nada sobre el funcionamiento de la ley de la conservación de la energía. Todos los procesos se dan de modo que la energía se conserva. Todos los procesos ocurren de tal manera, que dentro de mil millones de años tu obra y la de Glújov, combinadas con la obra de millones de millones de otras personas, nos conduzca al fin del mundo. Es claro que no se trataba del fin del mundo en general, sino del fin del mundo tal como lo observamos hoy, el mundo como existió durante un billón de años, el mundo al cual tú y Glújov, sin siquiera sospecharlo, amenazan con sus microscópicos intentos de vencer la entropía.

Eso es más o menos lo que entendí, aunque no estoy seguro de haberlo entendido bien; podría estar completamente equivocado. Ni siquiera discutí con él. Ya era bastante feo sin eso, pero mirarlo de ese modo hacía que todo resultase tan desesperante, que no supe como reaccionar… por qué seguir viviendo. ¡Dios! ¡D.A. Maliánov contra el Universo Homeostático!

— Escucha — dije—. Si en verdad es así, ¿de qué podemos hablar? Al demonio con mis cavidades M. ¡Elegir! ¿Qué elección puede haber?

Viecherovski se quitó con lentitud los anteojos y se frotó con el meñique el irritado puente de la nariz. Guardó silencio durante un tiempo muy largo, agotadoramente largo. Y yo esperé. Mi sexto sentido me decía que Viecherovski, no me dejaría así, para ser devorado por su homeostasis; jamás me lo habría dicho, si no existiese una salida, una variante, una opción, maldita sea. Y cuando terminó de frotarse la nariz se puso los anteojos de nuevo y habló en voz baja.

— "Se me dijo que ese camino me llevaría al océano de la muerte, y en mitad del trayecto me volví. Desde entonces se abren ante mí senderos tortuosos, desviados, abandonados."

—¿Y bien? — pregunté.

—¿Lo repito? — inquirió Viecherovski.

— Bueno, repítelo.

Lo repitió. Tuve ganas de llorar. Me levanté con rapidez, llené la tetera y la puse en la hornalla.

— Es bueno que exista el té. De lo contrario, ahora estaría borracho como una cuba, caído debajo de la mesa — dije.

— Yo prefiero el café.

Y entonces oí que una llave giraba en la cerradura. Debo de haberme puesto blanco, porque Viecherovski se me acercó y dijo con voz queda:

— Tranquilo, Dmitri, tranquilo. Yo estoy aquí.

Casi no lo escuché.

En el vestíbulo se abrió otra puerta, un vestido susurró, pasos rápidos, los maullidos locos de Kaliam, y yo estaba todavía anonadado y escuché el "Kaliaminiquito", pronunciado sin aliento. Y después:

—¡Dmitri!

No recuerdo cómo fui al vestíbulo. Tomé a Irina, la abracé, la retuve (¡Irina, Irina!), inspiré su familiar perfume… tenía las mejillas mojadas; mascullaba algo extraño:

— Estás vivo, gracias a Dios. Y yo pensé… ¡Dmitri! — Y entonces recuperamos la sensatez. Por lo menos yo. Quiero decir que me di cuenta de que ella estaba allí, y de lo que decía. Y mi amorfo terror pétreo fue reemplazado enseguida por un concreto temor cotidiano. La senté, retrocedí, miré su rostro mojado por las lágrimas (ni siguiera usaba maquillaje):

—¿Qué pasa, Irina? ¿Por qué estás aquí? ¿Dónde está Bóbchik?

No creo que me escuchase. Me aferraba las manos, me miraba a la cara, afiebrada, con los ojos húmedos, y repetía:

— Estaba volviéndome loca… pensé que llegaría tarde… ¿Qué ocurre?

Tomados de la mano, nos escurrimos en la cocina, la senté en mi taburete y Viecherovski le sirvió té fuerte. Lo bebió con avidez, derramando la mitad sobre su abrigo. Tenía un aspecto horrible. Casi no la reconocí. Comencé a temblar, y me apoyé en el fregadero.

—¿Algo le sucedió a Bóbchik? — pregunté, y apenas conseguí hacer funcionar la lengua.

—¿Bóbchik? — repitió ella—. ¿Qué tiene que ver Bóbchik con esto? Casi me volví loca de preocupación por ti. ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Estuviste enfermo? — Gritaba—. ¡Estás tan sano como un toro!

Sentí que se me caía la mandíbula. No entendía nada. Viecherovski preguntó con suma calma:

—¿Recibió malas noticias acerca de Dmitri?

Ella dejó de mirarme y se volvió hacia él. Luego se levantó de un salto, corrió al vestíbulo y regresó, revolviendo el bolso.

— Miren, miren lo que recibí. —Un peine, lápiz de labios, papeles y dinero cayeron al suelo—. Dios, ¿dónde está? ¡Aquí! —Arrojó el bolso sobre la mesa, hundió la temblorosa mano en el bolsillo ¡le erró en el primer intento! y sacó un telegrama arrugado—. Aquí.

Lo tomé. Lo leí. No entendí nada: A TIEMPO. SNEGOVOI. Volví a leerlo, y enseguida desesperado en voz alta:

"DMITRI MAL. APRESÚRESE PARA LLEGAR A TIEMPO. SNEGOVOI".

—¿Por qué Snegovoi? ¿Cómo puede ser Snegovoi?

Viecherovski me quitó el telegrama con movimientos cuidadosos.

— Enviado esta mañana — dijo.

—¿Cuándo? — pregunté en voz alta, como un sordo.

— Esta mañana. A las nueve y veintidós.

—¡Dios! ¿Por qué me hizo semejante jugarreta? Ella…

CAPÍTULO 10

EXTRACTO 18…y entonces yo. Ella no pudo conseguir pasaje en el aeropuerto. Irrumpió en la oficina del director, blandiendo el telegrama, y él le dio cierto papel, pero no resultó de mucha ayuda. No había aviones prontos a despegar, y los que llegaban iban a otra parte. Por último, en desesperación, tomó un avión a Jarkov. Y entonces todo volvió a empezar, pero por añadidura comenzaba a llover. Sólo hacia el anochecer consiguió llegar a Moscú en un avión de carga, que llevaba refrigeradoras y ataúdes. Del aeropuerto de Domodédovo corrió a Sheremétievo, y por último llegó a Leningrado viajando en la carlinga. No había probado un bocado desde que salió, y se pasó casi todo el tiempo llorando. Inclusive en el momento de caer dormida, amenazaba con ir a la oficina de correos a primera hora de la mañana, con la policía, para averiguar de quién era ese trabajo, que canallas eran los responsables. Por supuesto, coincidí con ella, le dije que, es claro, no lo dejaremos así. Por bromas como ésta, habría que sacar a la gente a puñetazos de su puesto; no, más aun, se la debía arrestar. Es claro que no le dije que hoy en día, gracias a Dios, la oficina de correos no aceptaría un telegrama como ese sin confirmación, que es imposible hacer bromas pesadas de ese tipo, y que lo más probable era que nadie hubiese enviado el telegrama, que la teletipo de Odesa lo hubiera impreso por sí misma.

22

No pude dormirme. De cualquier modo, ya era de mañana. Afuera había luz, y la habitación estaba iluminada a pesar de las persianas. Yo seguía en la cama, acariciando a Kaliam, tendido entre nosotros, y escuchaba la respiración pareja de Irina. Siempre dormía profundamente y con gran placer. En el mundo no existía nada tan terrible que pudiese darle insomnio. Por lo menos, no existió hasta entonces.

No me había abandonado el nauseoso sentimiento de catástrofe inminente, que se apoderó de mí cuando leí y finalmente entendí el telegrama. Tenía los músculos acalambrados, y adentro, en el pecho y el estómago, un enorme bulto, frío e informe.

Al principio, cuando Irina quedó dormida en mitad de una palabra y yo escuché durante un momento su respiración tranquila, me sentí mejor. No estaba solo. A mi lado se encontraba la persona más cercana y cara para mí. Pero el frío sapo de mi pecho se agitó, y me sentí horrorizado ante ese sentimiento de alivio. De modo que me he hundido en esto; me han reducido a esto: puedo sentirme feliz de que Irina esté aquí, de que Irina se encuentre en la misma trinchera que yo, bajo el fuego. Oh, no, lo primero que haremos mañana será comprarle un pasaje. De vuelta a Odesa. Apartaré a todos a un lado, me abriré paso a mordiscos, a través de la cola, hasta llegar a la ventanilla de expendio de billetes.

Mi pobre chiquita, cómo ha sufrido por culpa de esos canallas, por mí y la piojosa materia en difusión, todo lo cual no vale una sola arruga en el rostro de Irina. Y también a ella la habían atrapado. ¿Por qué? ¿La necesitaban para algo? Los canallas, los canallas ciegos. Golpeaban a cualquiera que se encontrase en el campo de fuego. No, nada le sucederá. La están usando para asustarme. Juegan con mis nervios, de una u otra manera.

De pronto me imaginé a Snegovoi… caminando por el bulevar Moscú con su pijama a rayas, pesado, frío, con un agujero de bala, cubierto de coágulos, en el grueso cráneo; llegaba al correo y se ubicaba en la cola, en la ventanilla de los telegramas; un revólver en la mano derecha, el telegrama en la izquierda; y nadie se da cuenta. La muchacha toma el telegrama de sus dedos muertos, redacta un recibo, olvida el dinero y grita: "El que sigue".

Sacudí la cabeza para disipar la visión, bajé en silencio de la cama y me dirigí a la cocina, descalzo y en ropa interior. Había sol allí, y los gorriones armaban un alboroto en el patio, y pude oír la escoba del portero. Tomé el bolso de Irina, saqué un atado arrugado, que contenía dos cigarrillos, me senté y encendí uno. Hacía tiempo que no fumaba. Dos, tal vez tres años. Demostración de mi fuerza de voluntad. Si, hermano Maliánov, ahora necesitarás tu fuerza de voluntad. Cuernos, soy un pésimo actor, y no sé mentir. Irina no debe saber nada. No tiene nada que ver con esto. Debo hacerlo todo solo. Nadie puede ayudarme, ni Irina, ni nadie.

Y de todos modos, ¿qué tiene que ver aquí la ayuda? pensé. ¿Quién habla de ayudar? No le cuento a Irina mis problemas, si puedo evitarlo. No me gusta entristecerla. Me encanta hacerla feliz, y me habría encantado hablarle de las cavidades M, lo habría entendido en el acto, aunque no es una teórica y siempre menosprecia sus capacidades. ¿Pero qué puedo decirle ahora?

Pero existen diferentes problemas, distintos niveles de problemas. Están los menores, acerca de los cuales no es pecado quejarse, y que hasta resulta agradable exponerlos. Irina diría: gran cosa, que tontería, y todo se pondría mejor. Si los problemas son mayores, es poco varonil hablar de ellos. Yo no se los cuento a mi madre ni a Irina. Y después vienen los problemas de tal magnitud, que resultan un poco borrosos. Antes que nada, lo quiera o no, Irina está en primera línea de fuego conmigo.

Aquí sucede algo muy injusto. Me están matando a golpes, pero al menos entiendo por que, puedo adivinar quién lo hace y sé que me golpean. No son bromas estúpidas, y no es el destino; me apuntan a mí. Creo que es mejor saber que le apuntan a uno. Es claro que todos somos distintos, y es probable que la mayoría de la gente prefiera no saberlo, pero mi Irina no es de esas. Es arrojada; la conozco. Cuando tiene miedo de algo, se precipita de cabeza en el seno mismo de su miedo. Sería deshonesto no decírselo. Y en general, debo adoptar una decisión. (Ni siquiera intenté pensar en eso todavía, y tendré que hacerlo. ¿O ya elegí? ¿Hice mi elección sin saberlo?) Y si debo elegir… bien, supongamos que, por sí misma, la elección corre por mi cuenta. Haremos lo que queramos. ¿Pero y las consecuencias? Una elección llevará a que ellos nos lancen bombas atómicas, en lugar de las comunes. Otra… Me pregunto, ¿Glújov le habría gustado a Irina? Quiero decir, es un hombre agradable, simpático, tranquilo, dócil. Podríamos conseguir un aparato de televisión, para perdurable alegría de Bóbchik; esquiaríamos todos los sábados, iríamos al cine. De una u otra manera, la decisión no me afectará solo a mí. Permanecer sentado bajo una lluvia de bombas es malo, pero descubrir, al cabo de diez años de matrimonio, que el marido es una medusa, tampoco resulta muy divertido. Pero quizás esté bien. ¿Cómo sé qué ve ella en mí? Así es, no lo sé. Y es posible que tampoco ella lo sepa.

Terminé el cigarrillo y arrojé la colilla a la basura. Cerca del tacho yacía un pasaporte. Bonito. Habíamos limpiado todo, hasta el último residuo, pero ahí estaba el pasaporte de ella. Tomé el librito gris verdoso y miré, distraído, la primera página. No sé por qué. Me brotó un sudor frío. Serguéienko, Irina Fiódorovna. Fecha de nacimiento: 1939. ¿Qué es esto? La foto era de Irina… no, Irina no. De una mujer que se parecía a ella, pero que no lo era. Una Serguéienko, Irina Fiódorovna.

Deposité con cuidado el pasaporte en el borde de la mesa y fui al dormitorio en puntillas. Me brotó otro sudor. La mujer que yacía bajo la sábana, tenía piel seca, tensa en el rostro, y los dientes de arriba, blancos y agudos, quedaban al desnudo, en una sonrisa o en una mueca martirizada. Bajo mis sábanas había una bruja. Me olvidé de mí mismo y la sacudí, tomándola del hombro. Irina despertó en el acto, abrió los inmensos ojos y murmuró:

— Dmitri, ¿Qué ocurre? ¿te duele algo? — Dios, era Irina. Es claro que era Irina. Que pesadilla—. Roncaba, ¿verdad? — preguntó con voz adormilada, y volvió a dormirse.

Regresé en puntas de pies a la cocina, aparté el pasaporte, saqué el último cigarrillo y lo encendí. Sí. Así vivimos ahora. Así será ahora nuestra vida. De aquí en adelante.

El animal helado que tenía adentro se agitó un poco más, y luego quedó inmóvil. Me enjugué el desagradable sudor de! rostro; se me ocurrió una idea y comencé a buscar en su bolso. El pasaporte de Irina estaba allí. Maliánova, Irina Ermoláievna. Fecha de nacimiento: 1933. ¡Maldición! Muy bien, ¿por qué tenían que hacer eso? No era un accidente. El pasaporte, el telegrama, el difícil viaje de Irina, el hecho de que tuvo que volar en un avión con ataúdes… todo eso no era accidental. ¿O sí? Eran ciegos, la madre naturaleza, elementos naturales, carentes de cerebro… Ese es un buen argumento para la teoría de Viecherovski. Si se trataba del Universo Homeostático que aplastaba una microrrebelión, ese era el aspecto que habría tenido. Como un hombre goleando a una mosca con una toalla… golpes malévolos, sibilantes, que cortaban el aire; jarrones que caen de los estantes; lámparas que se quiebran; inocentes polillas que caen víctimas de los golpes; el gato, con la pata pisoteada, corriendo en línea recta a esconderse debajo del diván. Una masa de poder e ineficiencia. Quiero decir, en verdad no sé nada. Es posible que en el otro lado de la ciudad se haya derrumbado una casa. Me apuntaban a mí, y en cambio le acertaron a la casa. Y lo único que obtuve yo era un maldito pasaporte. ¿Y todo eso porque él otro día pensé en las cavidades M? ¡Pensar que habría podido hablarle a Irina de ellas!

Escuchen, es probable que no pueda vivir así. Nunca me consideré un cobarde, pero vivir de este modo, sin un momento de paz, aterrorizado por la propia esposa, porque uno la ha confundido con una bruja… y Viecherovski desprecia a Glújov. Eso significa que también dejará de verme a mí. Tendré que cambiarlo todo. Todo será distinto. Una vida diferente, un trabajo diferente, distintos amigos. Y tal vez, inclusive, una familia diferente. "Desde entonces se abren ante mí caminos tortuosos, desviados, abandonados". Y te avergonzarás de mirarte al espejo cuando te afeites, por la mañana. El espejo reflejará a un Maliánov muy pequeño y muy domesticado.

23

Es claro que puedes acostumbrarte a eso, y es probable que te acostumbres a todo, en el mundo. A cualquier derroche. Pero éste no será un desperdicio minúsculo. Me pasé diez años trabajando para esto. Más de diez años… toda mi vida. Desde la infancia, desde el club de ciencias de la escuela, desde los telescopios de fabricación casera, desde los cálculos de los números de Wolfe según las observaciones de alguien. Mis cavidades M; en realidad no sé nada acerca de ellas: qué habría podido hacer con ellas; qué habría podido hacer algún otro, después que yo; continuar, desarrollarlas, acrecentarlas y transmitirlas a otra era, al siglo siguiente. Es probable que de eso saliera algo no tan pequeño. Yo me perdía algo no tan diminuto, si podía conducir a revelaciones que el universo mismo trata de detener. Mil millones de años son mucho tiempo. En mil millones de años una civilización se desarrolla, desde una burbuja de fango…

Pero me aplastarán. Primero no me dejarán vivir en paz, me enloquecerán, y si eso no funciona, sencillamente me aplastarán. ¡Ah, que bueno! Las seis. El sol ya quemaba.

Y entonces, no sé por qué, desapareció el frío animal de mi pecho. Me puse de pie; caminando con calma, fui a la habitación y tomé del escritorio mis papeles y una estilográfica. Regresé a la cocina, me acomodé y me puse a trabajar.

No podía pensar bien — tenía la cabeza rellena de algodón y los párpados me ardían—, pero repasé con cuidado mis anotaciones, me desprendí de todo lo que ya no necesitaba, puse el resto en orden y lo copié todo en un anotador, con lentitud, con placer, eligiendo las palabras con cuidado, como si redactara el esbozo final de un artículo o un informe.

A mucha gente no le agrada esta etapa del trabajo, pero a mí sí. Me gusta pulir los términos, saborear los giros más elegantes y económicos, sorprender los errores ocultos en las notas, trazar gráficos, preparar tablas. Esta es la noble tarea sucia del científico: el resumen, un momento para admirarse de uno mismo y de su producción.

Y me admiré a mí mismo y mi producción hasta que Irina estuvo a mi lado… envolviéndome con el brazo desnudo y apoyando la mejilla cálida contra la mía.

—¿Eh? — dije, y me enderecé.

Era mi Irina habitual, y no el espantajo patético que parecía ayer. Estaba rosada y fresca, con los ojos limpios, alegre. Una alondra. Es una alondra. Yo soy un búho y ella una alondra. En alguna parte leí una clasificación así. Las alondras se acuestan temprano, duermen con facilidad y con gran placer, y despiertan frescas y felices, y empiezan a cantar enseguida, y nada hay en el mundo que las haga dormir hasta el mediodía.

—¿No volviste a dormir? — preguntó, y sin esperar una respuesta fue a la puerta del balcón—. ¿Por qué gritan?

Sólo entonces me di cuenta de que había un estrépito en nuestro patio… el tipo de ruidos de multitud que se escuchan en la escena de un accidente, después que ha llegado la policía, y antes de la ambulancia.

—¡Dmitri! — gritó Irina—. ¡Mira! ¡Hablando de milagros…!

Se me derrumbó el corazón. Conozco esos milagros. Me levanté de un salto…

EXTRACTO 19…un poco de café. E Irina anunció, alegre, que todo había salido a las mil maravillas. Por fin todo, en el mundo, salía maravillosamente. Durante los diez días llegó a aburrirse de Odesa, porque ese verano estaba más atestada que nunca. Me echaba de menos, y no tenía la intención de regresar a Odesa, en especial porque nunca podría conseguir pasaje, y su madre pensaba venir a Leningrado en agosto; entonces traería a Bóbchik. Ahora iría a trabajar, en seguida, en cuanto hubiese terminado el café, y en marzo o abril iríamos a esquiar juntos a Kírosvsk, como lo habíamos planeado.

Comimos una omelet de tomate. Mientras yo la preparaba, Irina registró todo el departamento en busca de cigarrillos, no encontró ninguno y se entristeció un poco, preparó más café y preguntó por Snegovoi. Le dije lo que sabía por Zíkov… eludiendo con cuidado todos los ángulos agudos y tratando de presentarla como la habitual historia trágica. En medio del relato recordé a la bella Lídochka, y casi la mencioné, pero me mordí la lengua.

Irina decía algo acerca de Snegovoi, recordaba algo, y las comisuras de la boca se le cayeron con tristeza ("¡…ahora no hay nadie a quien pedirle un cigarrillo!"), y yo bebí mi café, pensando en lo que debía hacer a continuación. Hasta que resolviese contárselo o no a Irina, quizá fuese mejor no mencionar a Lídochka, ni el pedido de comestibles, ya que todo el asunto era muy poco claro, o tal vez debería decir muy claro, pues durante todo ese tiempo Irina no había dicho una palabra acerca de su amiga o de los comestibles. Es claro que Irina habría podido olvidarlo todo. Primero, toda esa ansiedad, y segundo, Irina siempre se olvida de todo, pero por el momento — retrocede, Satanás— era mejor eludir los problemas. Bien, quizá valiera la pena soltar un globo de ensayo.

Elegí un momento apropiado, cuando Irina dejó de hablar de Snegovoi y pasó a temas más alegres, de cómo Bóbchik cayó en una zanja, y mi suegra tras él, y pregunté con negligencia:

— Bien, ¿y cómo anda Lídochka?

Mi pequeño globo de ensayo fue más bien enorme y torpe. A Irina se le saltaron los ojos de la cara.

—¿Qué Lídochka?

— Ya sabes, tu amiga de la. escuela.

—¿Ponomariova? ¿Qué te hizo pensar en ella?

— Oh, tú sabes — mascullé—. Pensé, nada más. — No había previsto la pregunta—. Sabes, Odesa, el acorazado Potemkin. Sólo la recordé, eso es todo. ¿A qué viene este interrogatorio de tercer grado?

Irina parpadeó un par de veces, y luego dijo:

— Me tropecé con ella. Está tan hermosa, ahora, que tiene que ahuyentar a los hombres con un bastón.

Hubo una pausa. Maldición, no sé mentir. Lindo globo de ensayo. La recibí entre los ojos. Bajo la mirada interrogante de Irina, dejé la taza vacía en el platillo y dije con voz falsa:

Me pregunto cómo andará nuestro árbol y fui al balcón. Bueno, lo de Lídochka estaba claro ahora. Decididamente. ¿Y cómo andaba nuestro árbol?

El árbol se encontraba en su lugar. El gentío raleaba. Estaban sólo el portero, tres empleados, el plomero y dos policías. Abajo se veía también un patrullero amarillo. Todos ellos (salvo el coche, por supuesto) miraban el árbol e intercambiaban opiniones acerca de lo que había que hacer, y lo que ello representaría. Uno de los policías se había quitado el gorro, y se secaba con un pañuelo la cabeza afeitada. El patio comenzaba a hacerse caluroso, y el olor familiar a asfalto recalentado, y a nafta, tenía un nuevo dejo… selvático y extraño. El policía afeitado se puso de nuevo el gorro, guardó el pañuelo y hundió el dedo en la tierra blanda. Me aparté del balcón.

Irina se encontraba en el cuarto de baño. Levanté y lavé los platos. Tenía mucho sueño, pero sabía que no me dormiría. Era probable que no durmiese hasta que terminase todo el asunto. Llamé a Viecherovski. En cuanto escuché el timbre, recordé que no estaría en casa ese día, que dirigía unos exámenes de estudiantes graduados, pero antes que pudiese colgar levantó el tubo.

—¿Estás en casa? — pregunté estúpidamente.

—¿Qué puedo responder? — replicó Viecherovski.

— Muy bien, muy bien. ¿Viste el árbol?

— Sí.

—¿Qué te parece?

— Creo que sí.

Miré hacia el baño y dije, bajando la voz:

— Creo que soy yo.

—¿Sí?

— Ahá. He decidido poner mis notas en orden.

—¿Y lo hiciste?

— No del todo. Trataré de terminar hoy.

Viecherovski guardó silencio.

—¿Para qué? —preguntó.

Me dejó pasmado.

— No sé, de pronto tengo deseos de dejar todo limpio. Pena, supongo. Sentí pena por mi trabajo. ¿Hoy no saldrás?

— Creo que no. ¿Cómo está Irina?

— Parloteando y gorjeando — repuse. Sonreí involuntariamente—. Ya conoces a Irina. Le resbala como el agua a un pato.

—¿Se lo dijiste?

—¿Bromeas? Por supuesto que no.

24

—¿Por qué "por supuesto"?

Suspiré.

— Sabes, Fil, yo también pienso en eso. ¿Debo decírselo, o no? No lo sé.

— En caso de duda — declaró Viecherovski—, no hagas nada.

Estaba por decirle que esa era una información que conocía sin necesidad de que me la comunicara, cuando oí que Irina cerraba la ducha. Murmuré en el teléfono:

— Bien, ahora voy a trabajar. Si hay algo, llámame. Estaré en casa.

Irina se vistió y maquilló, me besó en la nariz y salió saltando. Yo me eché en la cama, con la cabeza apoyada en las manos, y me puse a pensar. Kaliam apareció enseguida, trepó sobre mí y se tendió a mi lado. Estaba suave, caliente y húmedo, y me quedé dormido. Fue como si me desvaneciera. Mi conciencia desapareció, y reapareció de golpe. Kaliam ya no estaba en la cama, y alguien tocaba el timbre. Con la señal: ta tata tata. Me levanté. Tenía la cabeza clara, y me sentía particularmente pendenciero. Estaba preparado para la muerte, y para un combate mortal. Sabía que se iniciaba un ciclo, pero ya no había más temor… sólo decisión irreflexiva, furiosa.

Pero sólo era Weingarten. Una cosa totalmente imposible: estaba más sudoroso, desaseado, sucio y descuidado que la víspera.

—¿Qué es ese árbol? — preguntó en el acto, en la puerta. Y otra imposibilidad: cuchicheaba.

— Puedes hablar en voz alta — dije—. Entra.

Entró, pisando con cuidado y mirando en torno, metió en el armario dos bolsos de compras con manuscritos, y se limpió el cuello húmedo con la mano húmeda. Hice entrar a Kaliam, tirándole de la cola, y cerré la puerta.

—¿Y bien? — dijo Weingarten.

— Como ves — repuse—. Vamos a mi cuarto.

—¿El árbol es trabajo tuyo?

— Mío.

Nos sentamos. Yo me senté a la mesa, Weingarten en la silla próxima a ella. El enorme vientre velludo le asomaba por debajo de la remera de red y del rompevientos de nyIon, desabotonado. Jadeaba, resoplaba; se secó, retorció el cuerpo y sacó el atado de cigarrillos del bolsillo de atrás. Y susurró una retahíla de maldiciones, dirigidas a nada en especial.

— Entonces la batalla continúa — dijo por fin, exhalando gruesas columnas de humo por las velludas fosas nasales—. Mejor morir de pie, ta-ta, que de rodillas… y todo eso. ¡Estúpido! — gritó—. ¿Estuviste abajo? ¡Idiota! ¿Por lo menos viste cómo crece? ¡Fue una explosión! ¿Y si hubiera ocurrido debajo de tu culo? ¡Bum, ka-bum, y ta-ta!

—¿Por qué gritas? — inquirí—. ¿Quieres unas gotas de valeriana?

—¿Tienes un poco de vodka?

— No.

—¿Un poco de vino entonces?

— Nada. ¿Qué me trajiste?

—¡Mi premio Nobel! — vociferó—. ¡Te traje mi Nobel, eso! ¡Pero no para tí, idiota! Ya tienes bastante con tus problemas. — Atacó su chaqueta, arrancó el botón de arriba y maldijo—. En la actualidad no existen demasiados idiotas — anunció—. En nuestros tiempos amigo, la mayoría supone, y muy bien, que es mejor ser rico y sano, y no pobre y enfermo. No necesitamos mucho: un tren cargado de pan y otro cargado de caviar; y el caviar puede ser negro, y el pan blanco. Este no es el siglo XIX, amigo — dijo con sinceridad—. El siglo XIX está muerto y enterrado, y de él sólo queda humo, y nada más, amigo. No dormí en toda la noche. Zájar ronca, lo mismo que el fenómeno de su hijo. Me pase toda la noche despidiéndome de los restos del siglo XIX, en mi conciencia. ¡El siglo XX, amigo, es todo cálculo y nada de emoción! La emoción, como todos sabemos, es falta de información, y nada más. Orgullo, honor, generaciones futuras… parloteo aristocrático. Athos, Porthos y Aramis. Yo no puedo hacer eso. ¡No sé cómo hacerlo, ta-ta! ¿Asunto de valores? Si quieres. Lo más valioso del mundo es mi identidad, mi familia y mis amigos. El resto puede irse al demonio. El resto está fuera de los parámetros de mi responsabilidad. ¿Luchar? Por supuesto.. Por mí. Mi familia; mis amigos. Hasta el final, sin piedad. ¿Pero por la humanidad? ¿Por la dignidad de los terráqueos? ¿Por el prestigio galáctico? ¡Al diablo con eso! ¡No combato por palabras! Tengo cosas más importantes de las cuales preocuparme. Tú puedes hacer lo que quieras. Pero no te recomiendo que seas un idiota.

Se levantó de un salto y se encaminó hacia la cocina, como un enorme dirigible en el corredor. El agua chorreó en el grifo.

—¡Toda nuestra vida cotidiana — gritó desde la cocina— es una cadena continua de transacciones! ¡Es preciso ser un idiota absoluto para hacer un trato desventajoso! ¡Eso ya lo sabían en el siglo XIX! — Se interrumpió, y lo oí tragar agua. Luego ésta dejó de correr, y Weingarten entró de nuevo en mi habitación, enjugándose la boca—. Viecherovski no te dará buenos consejos. Es un robot, no un hombre. Y para colmo, un robot del siglo XIX. Si en el siglo XIX hubiesen sabido hacer robots, los habrían fabricado parecidos a Viecherovski. Mira, puedes considerarme una persona vil. No lo discuto. Pero no dejaré que nadie me elimine; nadie. Por nada. Un perro vivo es mejor que un león muerto. Y un Weingarten vivo es muchísimo mejor que un Weingarten muerto. Ese es el punto de vista de Weingarten, y confío que también el de su familia y amigos.

No interrumpí. He conocido a ese zoquete y su carota durante un cuarto de siglo, y no de un siglo cualquiera, sino del XX. Gritaba de ese modo porque ya lo tenía todo clasificado en su mente. No tendría sentido interrumpirlo, porque no me habría oído. Hasta que Weingarten lo tiene todo clasificado, se puede discutir con él como con un igual, como con un mortal corriente, e inclusive hacerlo cambiar de opinión. Pero Weingarten, con todo acomodado, se convierte en un grabador que se vuelve a hacer funcionar una y otra vez. Y entonces grita y se vuelve descomunalmente cínico… es probable que eso sea producto de una infancia desdichada.

De manera que lo escuché en silencio, esperando a que terminase la cinta, y lo único extraño fue la cantidad de veces que se refirió a los Weingarten vivos y muertos. No podía estar asustado… no era yo, en fin de cuentas. He visto toda clase de Weingarten: Weingarten enamorado, Weingarten el cazador, Weingarten el palurdo grosero y Weingarten derrotado. Pero ése era un Weingarten que no había visto jamás: un Weingarten atemorizado. Esperé a que se desenchufara durante unos segundos para tomar un cigarrillo, y pregunté, por las dudas:

—¿Te asustaron?

Dejó caer los cigarrillos y me apuntó con el dedo, un dedo grueso, mojado, a través de la mesa. Había estado esperando la pregunta. La respuesta también estaba grabada de antemano, no sólo en ademanes, sino oralmente:

—¡Eso me gusta… me asustaron! — dijo, agitando el dedo ante mi nariz—. Este no es el siglo XIX, ¿sabes? En el siglo XIX solían asustar a la gente. Pero en el XX no se molestan con esas tonterías. En el XX te compran. No me asustaron, me compraron, ¿entiendes, amigo? ¡Es una bonita elección! O te aplastan como a un papel o te dan un flamante instituto, por el cual dos científicos ya se han aporreado a muerte. En el instituto haré diez proyectos ganadores del premio Nobel, ¿entiendes? Es claro que la mercancía tampoco es del todo mala. Es algo así como mi derecho de primogenitura. El derecho de Weingarten a su libertad respecto de la curiosidad científica. No es mala mercancía, hermano, no me discutas. Pero hace demasiado tiempo que está en las estanterías. ¡Pertenece al siglo XIX! ¡De todos modos, ya nadie tiene esa libertad en el XX! Puedes tomar tu libertad y pasarte toda la vida como ayudante de laboratorio, lavando tubos de ensayo. ¡El instituto tampoco es una tontería! Allí iniciaré diez ideas, veinte ideas, y si no les gustan una o dos, bien, volveremos a negociar. En la cantidad hay fuerza, amigo. No escupamos al viento. Cuando un tanque pesado se dirige en línea recta hacia ti y la única arma que tienes es la cabeza sobre los hombros, tienes que ser lo bastante sensato para saltar y apartarte de su camino.

Habló mucho más, gritando, fumando, tosiendo, ronco, corriendo a mirar en el bar vacío, apartándose de él, desilusionado, y gritando un poco más. Después se aquietó, se le terminaron las palabras, se recostó en el respaldo de la butaca, apoyó la cabeza en él y dirigió muecas al cielo raso.

25

— Está bien, entonces — dije—. ¿Pero adonde llevas tu premio Nobel? Habrías debido llevarlo al cuarto de calderas; en cambio lo acarreaste cinco pisos, hasta mi casa.

— Se lo llevo a Viecherovski.

Me asombré.

—¿Qué hará él con tu obra para el premio Nobel?

— No lo sé. Pregúntaselo.

— Espera — dije—. ¿Te llamó?

— No, yo lo llamé a él.

—¿Y?

—¿Qué, y? — Se enderezó en el asiento y se abotonó la chaqueta—. Lo llamé esta mañana, y le dije que elijo el pájaro en mano.

—¿Y?

—¿Qué, y? Y… me dijo, bueno, tráeme tus materiales.

Guardamos silencio.

— No entiendo por qué quiere tus materiales.

—¡Porque es un Don Quijote! — ladró Weingarten—. ¡Porque nunca lo picoteó ni una gallina asada! Porque nunca mordió un bocado más grande del que puede tragar.

De pronto entendí.

— Escucha, Val — dije—. No lo hagas. ¡Al demonio con él, se ha vuelto loco! ¡Lo hundirán a martillazos en el suelo, hasta el cuello! ¿Quién lo necesita?

—¿Y qué, entonces? — preguntó Weingarten con avidez—. ¿Qué?

—¡Quémala, tu maldita revertasa! Quemémosla ahora mismo. En la bañera.

— Es una pena, — dijo Weingarten, y apartó la mirada—. Qué pena. El trabajo… es de primera clase. Especial, extra. De lujo.

Callé. Y él abandonó de nuevo la silla, corro de un lado a otro por la habitación, salió al pasillo y volvió, y su cinta también comenzó a escucharse otra vez. Es una vergüenza sí. El honor sufre, sí. Su orgullo está herido. En particular cuando no se puede hablar a nadie de eso. Pero si se lo piensa, el orgullo es pura demencia, y nada más. Se estaba enloqueciendo él mismo. ¡Pero si la mayoría de la gente no lo pensaría dos veces, en nuestra situación! ¡Y nos llamarían idiotas! Y tendrían razón. ¿Nunca tuvimos que transigir? ¡Por supuesto, cientos de veces! ¡Y lo haremos otros cientos! Y no con los dioses, sino con piojosos burócratas, con bichos demasiado repugnantes para tocarlos.

Sus correteos frente a mí, su sudar y justificarse, comenzaban a enfurecerme, y dije que una cosa era transigir y otra capitular. ¡Ah, ahí le dolió! Fue un golpe fuerte. Pero no lo lamenté para nada. En realidad no era a él a quien golpeaba en el plexo solar, sino a mí mismo. De todos modos, tuvimos una reyerta, y se fue. Se llevó sus maletas y subió al departamento de Viecherovski. En la puerta dijo que volvería después, pero yo le respondí que Irina estaba de regreso, y se derrumbó por completo. No le gusta no agradarle a la gente.

Me senté al escritorio y me puse a trabajar. Es decir, no a trabajar, sino a organizar. Al principio esperaba que una bomba estallara debajo de la mesa, o que ante mi ventana apareciese una cara azul con un dogal en el cuello. Pero nada de eso sucedió, y el trabajo me atrapó, y entonces volvió a sonar el timbre de la puerta.

No fui a atender enseguida. Primero me dirigí a la cocina y tomé el martillo de la carne… una cosa ominosa: un lado tiene esas puntas, y el otro es un hacha. Si algo iba mal, se la daría entre los ojos. Soy un hombre pacífico, no me agradan las peleas o las discusiones, ni tampoco Weingarten, pero ya había tenido bastante. Bastante.

Abrí la puerta. Era Zájar.

— Hola, Dmitri. Por favor, perdóname — dijo con negligencia artificial.

Miré por el corredor, contra mi voluntad, pero no vi a nadie más. Zájar estaba solo.

— Entra, entra. Me alegro de verte.

—¿Sabes? resolví visitarte. — Siempre con el mismo tono artificial, que no combinaba con su sonrisa tímida y su aspecto altamente inteligente—. Weingarten desapareció no sé dónde, maldito sea. Estuve llamándolo todo el día, salió. Y como yo venía a ver a Filíp, pensé que podía pasar por aquí, a ver si estaba.

—¿Filíp?

— No, no… Valentín… Weingarten.

— Está en la casa de Filíp — declaré.

—¡Ah, ya veo! — exclamó Zájar con gran alegría—. ¿Fue hace mucho?

— Hace más de una hora.

El rostro se le heló por un segundo cuando vio el martillo en mi mano.

—¿Preparando el almuerzo? — preguntó, y agregó, sin esperar contestación—: Bueno, no molestaré. Me voy. — Se dirigió hacia la puerta, y se detuvo—. Ah, sí, casi me olvidaba… Quiero decir, no me olvidé, sólo que no sé. ¿Cuál es el departamento de Filíp?

Se lo dije.

— Ah, gracias. ¿Sabes? él llamó y yo… no sé por qué, me olvidé de preguntarle… durante la conversación.

Retrocedió hasta la puerta y la abrió.

— Entiendo — dije—. ¿Y dónde está tu chico?

—¡Eso ya terminó para mí! —gritó, gozoso, traspuso el umbral, y…

CAPÍTULO 11

EXTRACTO 20…quiso obligarme a limpiar esta porqueriza. Apenas pude librarme de eso. Convinimos en que yo terminaría mi trabajo, e Irina, como no tenía otra cosa que hacer y enloquecía de deseos de moverse — era incapaz de remojarse en la bañera y leer el último número de Literatura extranjera—, bueno, Irina se dedicaría a la ropa y ordenaría la habitación de Bóbchik. Y yo prometí arreglar nuestro cuarto, pero no hoy, sino mañana. Morgen, margen, nur nicht heute. Pero quedaría inmaculado, brillante.

Me acomodé a mi escritorio, y durante un rato todo estuvo pacífico y tranquilo. Trabajé, y trabajé con placer, pero era un placer poco común. Nunca había experimentado nada semejante. Sentí una satisfacción rara, seria. Me enorgullecía de mí, y me respetaba. Pensé que un soldado que permanecía ante su ametralladora para cubrir la retirada de sus compañeros debía de sentir lo mismo. Sabe que estará ahí para siempre, que nunca verá otra cosa que el campo fangoso, las figuras que corren, con uniforme enemigo, y el cielo bajo, torvo. Y también sabe que está bien, que no puede ser de otro modo. Y no sé qué vigía de mi cerebro escuchaba y miraba, con cuidado y sensibilidad, mientras yo trabajaba, y me recordó que nada había terminado, que todo seguía, y que en el cajón del escritorio se encontraba el temible martillo con la hoja de hacha de un lado y las puntas del otro. Y el vigía me hizo levantar la vista, porque algo ocurría en la habitación.

En rigor, no había sucedido nada especial. Irina se hallaba delante del escritorio, mirándome. Y al mismo tiempo había pasado algo, algo inesperado y demencial, porque los ojos de Irina estaban cuadrados, y sus labios hinchados. Antes que pudiese decir nada, tiró un trapo rosa sobre mis papeles, y cuando lo recogí vi que era un corpiño.

—¿Qué es esto? — interrogué, desconcertado, mirando a Irina y al corpiño.

— Es un corpiño — respondió ella con voz extraña, me volvió la espalda y fue a la cocina.

Helado por las premoniciones, jugueteé con la rosada prenda de encaje, y no pude entender. ¿Qué demonios? ¿Qué tiene que ver un corpiño con nada? Y entonces recordé a las mujeres de Zájar. Me asusté por Irina. Dejé caer el corpiño y corrí a la cocina.

Irina se encontraba sentada en un banquillo, apoyada en la mesa, la cabeza entre las manos. Un cigarrillo ardía entre los dedos de su mano derecha.

— No me toques — me dijo con tono calmo y cortante.

—¡Irina! — exclamé, patético—. ¿Estás bien?

— Pedazo de animal… — masculló, apartó las manos de su cabello y chupó el cigarrillo. Vi que lloraba.

¿Una ambulancia? Eso no serviría, ¿quién necesita una ambulancia? ¿Gotas de valeriana? ¿Bromuro? Dios mío, mírenle la cara. Tomé un vaso y lo llené con agua del grifo.

— Ahora lo entiendo todo — afirmó Irina, inhalando, nerviosa y apartando el vaso con el codo—. El telegrama, y todo. Aquí estamos. ¿Quién es ella?

Me senté y bebí un trago de agua.

—¿Quién? — pregunté atontado.

Durante un segundo pensé que iba a golpearme.

— Muy bonito, noble canalla — dijo con disgusto—. No quisiste contaminar el lecho conyugal. ¡Cuan noble! De modo que te diviertes en la cama de tu hijo.

Terminé el agua y traté de dejar el vaso, pero la mano no me obedecía. ¡Un médico! Seguía pensando. ¡Mi pobre Irina, debo llamar a un médico!

26

— Muy bien — dijo Irina. Ya no me miraba. Miraba por la ventana y fumaba, inhalaba cada tantos segundos—. Muy bien, no hay nada que hablar. Siempre dijiste que el amor era un acuerdo. Y siempre sonó tan bien: amor, honestidad, amistad. Pero habrías podido ser más cuidadoso, y no olvidarte del corpiño… ¿Quizás haya también un par de bombachitas, si buscamos bien?

Me llegó en un relámpago cegador. Lo entendí todo.

—¡Irina! Dios mío. Me asustaste tanto. Me diste un susto tan grande.

Es claro que eso no era lo que ella esperaba escuchar, porque se volvió hacia mí, con su rostro pálido, hermoso, manchado por las lágrimas, y me miró con tanta expectativa y esperanza, que casi rompí a llorar yo mismo. Ella quería nada más que una cosa: que eso se aclarase, se explicara como una tontería, un error, una loca coincidencia, y lo antes posible.

Esa era la última gota. No podía soportar más. Ya no quería guardármelo para mí. Volqué sobre ella todo el relato de horror y la demencia de los dos últimos días.

Al principio mi narración debe de haber sonado a broma. Pero seguí, hablando sin prestar atención a nada, sin darle una oportunidad de intercalar comentarios sarcásticos. Lo vomité, sin un orden especial, sin preocuparme por la cronología. Vi que su expresión de sospecha y esperanza, se convertía en asombro, luego en ansiedad, después en temor, y por último en piedad.

Para entonces nos hallábamos en nuestra habitación, frente a la ventana abierta… ella en la butaca y yo en la alfombra, con la mejilla apoyada en su rodilla; afuera había tormenta. Una nube purpúrea se derramaba sobre los techos, azotando con la lluvia; frenéticos relámpagos atacaban las sienes de la colina en el edificio. Grandes goterones fríos cayeron en el alféizar y en el cuarto. Las ráfagas de viento agitaban los cortinados amarillos, pero permanecíamos inmóviles. Me acarició el cabello en silencio. Sentí un enorme alivio. Ya lo había dicho todo. Me había quitado de encima la mitad del peso. Y reposaba, oprimiendo el rostro contra su suave rodilla atezada. Los constantes truenos dificultaban la conversación, pero yo ya no tenía nada que decir.

Y entonces ella dijo:

— Dmitri. No debes pensar en mí. Tienes que adoptar tu decisión como si yo no existiera. Porque de cualquier modo siempre estaré contigo. No importa qué resuelvas.

La apreté con fuerza. Supongo que sabía que diría eso, y pienso que las palabras en realidad no ayudaron mucho, pero igual me sentí agradecido.

— Perdóname — dijo ella al cabo de una pausa—, pero aún no lo tengo claro en la cabeza. No, te creo, por supuesto que te creo… sólo que es tan terrible… Quizás exista otra explicación, algo más… bien, más sencillo, más comprensible. Me parece que lo estoy diciendo mal. Viecherovski tiene razón, no cabe duda, pero no en cuanto a que se trate del —¿cómo lo llamó?—… ¿del Universo Homeostático? Tiene razón en que ese no es el problema. En verdad, ¿qué importa? ¿Si es el universo, hay que ceder; si son alienígenas tienes que luchar? Pero no me escuches. Hablo nada más que porque estoy confundida.

Se estremeció. Me puse de pie, me escurrí en la butaca con ella y la rodeé con los brazos. Sólo quería decirle, en todas las formas posibles, cuan aterrorizado estaba. Cuan aterrorizado estaba por mí, por ella, por los dos. Pero eso habría sido algo carente de sentido, y quizá cruel.

Sentí que si ella no existiera, habría sabido qué hacer, con exactitud. Pero existía. Y supe que se enorgullecía de mí, que siempre se había enorgullecido. Soy una persona más bien apagada, y no muy exitoso, pero hasta yo podía ser un objeto de orgullo. Era un buen atleta, siempre supe trabajar, tenía cerebro. Era bien visto en el observatorio, entre mis amigos. Sabía divertirme, mostrarme ingenioso, manejarme en las discusiones amistosas. Y ella se enorgullecía de todo eso. Tal vez un poco, pero aun así era orgullo. En ocasiones la veía mirarme. No sé cómo reaccionaría si me convertía en gelatina. Es probable que ni siquiera pudiese seguir amándola como se debía, que también fuese incapaz de eso.

Como si leyese mis pensamientos, dijo:

—¿Recuerdas cuan felices nos sentimos cuando nuestros exámenes quedaron atrás, y ya no tendríamos que aprobar ningún otro hasta el final de nuestros días? Parece que no han terminado. Parece que todavía queda uno.

— Si — dije, y pensé: pero esta es una prueba en que nadie sabe si una A o una D son mejores calificaciones. Y no hay manera de saber cómo se obtiene una A, y cómo una D.

— Dmitri — musitó ella, con el rostro junto al mío—. Debes de haber inventado algo realmente grande para que ellos te persigan. Tendrían que enorgullecerse, tú y los otros. ¡La propia madre natura los persigue!

— Hmmm — respondí, y pensé: Weingarten y Gúbar ya no tienen nada de qué enorgullecerse, y en cuanto a mí, todavía está por verse.

Y entonces, leyéndome otra vez los pensamientos, dijo:

— Y en realidad no tiene importancia qué decidas. Lo importante es que eres capaz de esos descubrimientos. ¿Me dirás por lo menos de qué se trata? ¿O también eso está prohibido?

— No sé —repuse, y pensé: ¿sólo quiere consolarme, o siente eso de veras? ¿Está tan aterrorizada que pretende convencerme de que capitule? ¿Quiere sólo endulzar la píldora que sabe que tendré que tragar? ¿O desea impulsarme a luchar, me está empujando?

— Los cerdos — dijo con suavidad—. Pero no nos quebrarán. ¿No es cierto? Nunca conseguirán eso. ¿No es cierto, Dmitri?

— Por supuesto — contesté, y pensé: ese es todo el problema, querida. De eso se trata.

La tormenta amainaba. La nube flotaba hacia el norte, y dejaba al descubierto un cielo gris, brumoso, del cual caía una blanda lluvia gris.

— Yo traje la lluvia — dijo Irina—. Y esperaba que el sábado pudiéramos ir a Solniéchnoie.

— Todavía falta para el sábado — repliqué—. Pero quizá debamos ir.

Ya se había dicho todo. Ahora debíamos hablar sobre Solniéchnoie, sobre anaqueles para Bóbchik, y acerca del lavarropas, que otra vez estaba descompuesto. Y hablamos de todo eso. Y hubo una ilusión de una velada normal, y para ampliar y fortalecer esa ilusión decidimos beber un poco de té. Abrimos un paquete nuevo de Ceilán, enjuagamos la tetera con agua caliente, en la forma más minuciosa y científica, depositamos triunfalmente la caja de Pique Dame sobre la mesa y vigilamos la marmita, esperando el momento del hervor. Hicimos las mismas bromas de siempre y preparamos la mesa, y yo tomé en silencio el formulario de la tienda de comestibles y la nota sobre Lídochka y el pasaporte de I. F. Serguéienko, los estrujé y los metí en el cesto de los papeles.

Y pasamos un momento maravilloso con el té —té de verdad, un elixir—, y hablamos de todo lo que existe bajo el sol, salvo de lo más importante. Me preguntaba qué pensaría Irina, porque parecía haber olvidado toda la pesadilla… me dijo todo lo que pensaba al respecto, y ahora lo había olvidado con alivio, y me dejaba solo, otra vez solo con mi decisión.

Después dijo que debía planchar, y que yo me sentara junto a ella y le contase algo gracioso. Comencé a levantar la mesa, y sonó el timbre de la puerta.

Me encaminé hacia el vestíbulo canturreando una cancioncilla, mientras dirigía una rápida mirada a Irina (serena, limpiaba las sillas con un trapo seco). Abrí la puerta, recordé mi martillo, pero me pareció melodramático ir a buscarlo, y terminé de abrir.

Un hombre alto, muy joven, de impermeable mojado y empapado, cabello rubio me entregó un telegrama, y me pidió que firmara. Tomé su cabo de lápiz, apoyé el recibo contra la pared, escribí la fecha y la hora, a instancias de él, firmé, devolví recibo y lápiz, le agradecí y cerré la puerta. Sabía que no era nada bueno. Allí mismo, en el vestíbulo, bajo la intensa lamparilla de 200 vatios, abrí el telegrama y lo leí.

Era de mi suegra. BÓBCHIK Y YO SALIMOS MAÑANA. VUELO 425. BÓBCHIK GUARDA SILENCIO. VIOLACIÓN UNIVERSO HOMEOSTATICO. CARIÑOS. MAMÁ. Y abajo había pegada una tira de papel: UNIVERSO HOMEOPÁTICO. Leí y releí el telegrama, lo plegué en cuatro, apagué la luz y caminé por el pasillo. Irina me esperaba apoyada contra la puerta del cuarto de baño. Le entregué el telegrama, dije "Mamá y Bóbchik llegan mañana" y fui a mi escritorio. El corpiño de Lídochka cubría mis anotaciones. Lo deposité con cuidado en el alféizar, recogí mis notas, las ordené y las metí en el anotador. Luego tomé un sobre de papel manila nuevo, puse todo adentro, lo até, y todavía de pie escribí en él: "D. Maliánov. Sobre la interacción de las estrellas y la materia en difusión en la galaxia". Lo releí, pensé un poco y taché el D. Maliánov. Luego me puse el sobre bajo el brazo y salí. Irina estaba todavía junto a la puerta del baño; tenía el telegrama apretado contra el pecho. Cuando pasé a su lado, hizo un débil ademán, ya sea para detenerme o para agradecerme. Sin mirarla, le dije:

27

— Voy a ver a Viecherovski. Volveré enseguida.

Subí las escaleras con lentitud, paso a paso, acomodando el sobre que a cada rato se me resbalaba. Quién sabe por qué, las luces estaban apagadas en las escaleras. Reinaba la oscuridad y el silencio, y oí el agua que chorreaba del techo, a través de las ventanas abiertas. En el rellano del sexto piso, junto al vertedero de basura, donde antes se besaban los amantes, me detuve y miré hacia el patio. Las hojas mojadas del gigantesco árbol relucían, negras, en la noche. El patio se hallaba desierto; los charcos brillaban, ondulados bajo la lluvia.

No encontré a nadie en las escaleras. Pero entre el séptimo y el octavo pisos un hombrecito se acurrucaba en los peldaños, y tenía a su lado un anticuado sombrero gris. Di la vuelta en torno de él, con cuidado, y seguí, y en ese momento habló:

— No subas, Dmitri.

Me detuve y lo miré. Era Glújov.

— No subas ahora — repitió—. ¡No lo hagas!

Se levantó, tomó el sombrero, se enderezó poco a poco, tomándose de la espalda, y vi que tenía el rostro manchado de algo negro… barro u hollín. Sus gafas estaban ladeadas y sus labios se retorcían de verdadero dolor. Se acomodó los anteojos y habló casi sin mover los labios:

— Otro sobre. Blanco. Otra bandera de rendición.

No dije nada. Se golpeó el sombrero contra la rodilla, sacudiendo el polvo, y luego trató de limpiarlo en la manga. Tampoco dijo nada, pero no se fue. Esperé a ver qué diría.

—¿Sabes? — dijo por último—, siempre es desagradable capitular. En el siglo pasado la gente se mataba antes que capitular. No porque tuviesen miedo de la tortura o de los campos de concentración, y no porque temieran derrumbarse bajo la tortura, sino porqué estaban avergonzados.

— Eso también ocurre en nuestro siglo — repuse—. Y no muy de vez en cuando.

— Sí, es claro — admitió—. Es claro. A uno le resulta muy desagradable darse cuenta de que no es todo lo que creía ser. Quiere seguir siendo lo que fue toda la vida, y eso es imposible si capitula. Por lo tanto debe… Pero hay una diferencia. En nuestro siglo la gente se mata porque se avergüenza ante los demás… la sociedad, los amigos… En el siglo pasado se mataban porque se avergonzaban ante sí mismos. Sabes, por alguna razón, en nuestro siglo todos creen que una persona siempre puede entenderse consigo misma. Quizá sea cierto. No sé por qué. No sé qué está ocurriendo aquí ¿Tal vez se trata de que el mundo se ha vuelto más complicado? ¿O de que existen tantos otros conceptos, aparte del orgullo y el honor, que pueden usarse para convencer a la gente?

Me miró, expectante, y yo me encogí de hombros.

— No sé. Es posible.

— Yo tampoco lo sé. Cualquiera creería que soy un capitulador experimentado, lo vengo pensando desde hace tanto tiempo, no pienso en otra cosa, y se me han ocurrido tantos argumentos convincentes… Uno cree que ya ha llegado a un acuerdo con eso, se tranquiliza, y entonces todo empieza de nuevo. Es claro que existe una diferencia entre los siglos XIX y XX. Pero una herida es una herida. Se cura, desaparece, y uno se olvida de ella, y luego el tiempo cambia, y duele. Así fue siempre, en todos los siglos.

— Entiendo — contesté—. Lo entiendo todo. Pero una herida es una herida. Y en ocasiones la herida de otro es mucho más dolorosa.

—¡Dios mío! — susurró—. No trato de… Nunca me atrevería. Estoy hablando, nada más. Por favor, no creas que quiero convencerte, que te doy consejos. ¿Quién soy yo? ¿Sabes? no hago más que pensar: ¿qué somos? Quiero decir, la gente como nosotros. O bien hemos sido muy bien educados por nuestros tiempos y nuestro país, o somos remoras, trogloditas. ¿Por qué sufrimos tanto? No lo entiendo.

No dije nada. Se caló el cómico sombrero con un gesto débil, fláccido, y dijo:

— Bien, adiós, Dmitri. Creo que no volveremos a vernos, pero no importa, me alegro de haberte conocido. Y tu té es excelente.

Saludó con la cabeza y bajó.

— Podrías tomar el ascensor — dije a su espalda que se alejaba.

No se volvió, y no contestó. Escuché sus pisadas que bajaban cada vez más, escuché hasta oír el chirrido de la puerta, muy abajo. Luego se cerró de golpe, y todo volvió a quedar en silencio.

Reacomodé el sobre bajo el brazo, pasé el último rellano, y tomándome del pasamanos subí el último tramo. Escuché, ante la puerta de Viecherovski. había alguien adentro. Voces desconocidas. Tal vez pudiese regresar en otro momento, pero no tuve fuerzas. Tenía que terminar. Y terminar pronto.

Toqué el timbre. Las voces continuaron. Esperé y llamé otra vez, y no solté el botón hasta que oí pasos, y a Viecherovski que preguntaba:

—¿Quién es?

No sé por qué, no me sorprendí, aunque Viecherovski siempre abría la puerta a todos, sin preguntar nada. Como yo. Como todos mis amigos.

— Soy yo. Abre.

— Espera. — Hubo un silencio.

Ya no se escucharon más voces, sólo el ruido que hacía alguien, muchos pisos más abajo, que abría el incinerador de desperdicios. Recordé la advertencia de Glújov, de no venir. "No vayas allá, Warmold. Quieren envenenarte." ¿De dónde era eso? Algo muy familiar. Al diablo. No tenía adonde ir. Ni tiempo. Otra vez escuché pisadas detrás de la puerta, y la llave que giraba. La puerta se abrió.

Retrocedí involuntariamente. Nunca había visto así a Viecherovski.

— Entra — dijo con voz ronca, y se apartó para dejarme paso.

CAPÍTULO 12

EXTRACTO 21…—Así que de todos modos lo trajiste — dijo Viecherovski.

— Bóbchik — respondí, y dejé mi sobre en la mesa.

Asintió y se untó el hollín en la cara con la mano sucia.

— Te esperaba — declaró—. Pero no tan pronto.

—¿Quién está aquí?

— Nadie — contestó—. Sólo nosotros dos. Nosotros y el Universo. — Se miró las manos sucias, e hizo una mueca—. Perdóname, primero me lavaré.

Salió, y yo me senté en el brazo del sillón y miré en torno. Parecía como si un cartucho de pólvora negra hubiese estallado en la habitación. Manchas de hollín, negras, en las paredes. Delgados hilos de hollín flotando en el aire. Un desagradable tinte amarillento en el cielo raso. Y un desagradable olor químico… ácido y acre. El piso de parquet estaba arruinado por una depresión redonda, sucia de carbón. Y había otra en la ventana, como si hubiesen encendido una hoguera en ella. Sí, por cierto que se la habían dado a Viecherovski.

Miré el escritorio. Estaba repleto de papeles. Una de las carpetas de Weingarten se encontraba abierta en el centro, y otra, todavía atada, junto a ella. Y había otra, anticuada, de cubierta marmolada y un rótulo en el cual se leía: "EE.UU.-Japón. Relaciones interculturales. Materiales". Y había páginas cubiertas con lo que juzgué que eran dibujos de esquemas electrónicos, y uno estaba firmado con letra rasgada, cuidadosa: "Gúbar, Z. Z.", y abajo, en letras mayúsculas: "Desvanecimiento". Mi sobre blanco, nuevo, se hallaba en el borde del escritorio. Lo tomé y lo deposité en mi regazo.

El agua del baño dejó de correr, y poco después Viecherovski me llamó.

— Dmitri, ven aquí. Beberemos un poco de café.

Pero cuando entré en la cocina no había café, sino una botella de coñac y dos exquisitas copas de cristal. Viecherovski no sólo se había lavado, sino, además, cambiado de ropa. Había reemplazado su elegante chaqueta, con el enorme agujero bajo el bolsillo del pecho, y los pantalones color crema, por un liviano conjunto de entrecasa. Y no llevaba corbata. Su cara lavada estaba muy pálida, lo que hacía que sus pecas se destacaran aún más, y un mechón de cabellos rojos mojados le caía sobre la abultada frente. En su semblante había algo más, aparte de la palidez, que resultaba fuera de lo común. Y entonces me di cuenta de que tenía las cejas y pestañas chamuscadas. Sí, se la habían dado a Viecherovski, de veras.

— Un tranquilizante — dijo, mientras servía el coñac—. ¡Probst!

28

Era Ajtamar, un raro y legendario coñac armenio. Bebí un sorbo y lo saboreé. Maravilloso coñac. Bebí otro sorbo.

— No me haces preguntas — dijo Viecherovski mirándome a través de la copa—. Tiene que resultarte difícil. ¿O no?

— No, no tengo preguntas. Para nadie. — Apoyé un codo en mi sobre blanco—. Tengo una respuesta. Y es la única. Escucha, te van a matar.

Por costumbre, enarcó las cejas chamuscadas y bebió un sorbo de su copa.

— No lo creo. No me acertarán.

— Tarde o temprano te acertarán.

— A la guerre comme a la guerre — replicó, y se irguió—. Muy bien, ahora que mis nervios están tranquilizados, podemos beber un poco de café y discutir todo el asunto.

Miré su espalda redonda y sus móviles hombros mientras manipulaba su cafetera.

— No tengo nada que discutir. Tengo a Bóbchik.

Y mis propias palabras hicieron que algo chasqueara en mí. Desde el momento en que leí el telegrama, todos mis pensamientos y sentimientos habían quedado anestesiados; de pronto, ahora se descongelaban y trabajaban a todo vapor. Volvieron a mí el miedo; la repugnancia, la desesperación y el sentimiento de impotencia, y me di cuenta, con insoportable claridad, que a partir de ese momento quedaba trazada, entre Viecherovski y yo, una línea de fuego y azufre que jamás se podría franquear. Debería detenerme detrás de ella por el resto de mi vida, mientras él seguía caminando por entre las minas de tierra, el polvo y el fango de las batallas que yo nunca conocería y desaparecía en el horizonte llameante. Nos saludaríamos con la cabeza cuando nos cruzáramos en la escalera, pero yo permanecería de este lado de la escalera, con Weingarten, Zájar y Glújov… bebiendo té o cerveza, o cerveza para bajar la vodka, y parloteando sobre intrigas y ascensos, ahorrando para un coche y subsistiendo en algún aburrido proyecto oficial. Y tampoco vería a Weingarten y Zájar. No tendríamos nada que decirnos; nos sentiríamos demasiado avergonzados para encontrarnos, nos daría repugnancia mirarnos, y tendríamos que comprar vodka u oporto para olvidar la turbación o la náusea. Es claro que aún me quedaría Irina, y Bóbchik estaría vivo y bien, pero nunca llegaría a ser el hombre que yo quería que fuese. Porque ya no tendría derecho a desear que fuera así. Porque él jamás podría enorgullecerse de mí. Porque yo sería ese papá "que pudo haber hecho un gran descubrimiento, también, pero que por ti…" ¡Maldito el momento en que las estúpidas cavidades M pasaron flotando por mi cerebro!

Viecherovski puso la taza de café ante mí, se sentó enfrente, y con un movimiento elegante y preciso echó el resto del coñac en su café.

— Pienso irme de aquí —dijo—. Es probable que también me vaya del instituto. Me hundiré en algún lugar, lejos. En Pamir, tal vez. Sé que necesitan meteorólogos para el período otoño-invierno.

—¿Qué sabes de meteorología? — pregunté con tono apagado, mientras pensaba: No te alejarás de eso en Pamir, también en Pamir te encontrarán.

— No es una profesión difícil — replicó Viecherovski—. No se necesitan conocimientos especiales.

— Es estúpido — afirmé.

—¿Qué, con exactitud?

— Es una idea estúpida — dije. No lo miré—. ¿De qué servirá que te conviertas en un técnico rutinario, en lugar de seguir siendo un matemático? ¿Crees que ellos no te encontrarán? ¡te encontrarán, y cómo!

—¿Y qué sugieres?

— Arrójalo todo al incinerador — dije, casi sin poder hablar—. La revertasa de Weingarten, y el Intercambio Cultural, y esto. — Empujé el sobre hacia él, a través de la lisa superficie de la mesa—. Arrójalo todo y concéntrate en tu propia obra.

Viecherovski me miró en silencio a través de sus poderosas lentes, parpadeó con las pestañas chamuscadas, unió los restos de sus cejas y miró la taza.

— Eres un especialista de primera — dije—. ¡El mejor de Europa!

Viecherovski continuó silencioso.

—¡Tienes tu trabajo! — grité, sintiendo que la garganta se me agarrotaba—. ¡Trabaja! ¡Trabaja, maldito seas! ¿Por qué tuviste que mezclarte con nosotros?

Viecherovski lanzó un largo y profundo suspiro, se volvió de costado y apoyó la cabeza y la espalda en la pared.

— De manera que no entendiste — dijo con lentitud, y en su voz hubo una satisfacción y regocijo poco comunes, y totalmente fuera de lugar—. Mi trabajo… — Sin moverse, me miró de soslayo—. Hace dos semanas que me persiguen a causa de mi trabajo. Ustedes no tienen nada que ver con eso, mis corderitos. Debes admitir que poseo un notable dominio de mí mismo.

— Muérete — dije, y me puse de pie, para marcharme.

—¡Siéntate! — Me senté—. ¡Pon coñac en el café! —Puse—. ¡Bebe! — Vacié la taza, sin percibir sabor alguno.

— Pedazo de actor — dije—. A veces hay en ti mucho de Weingarten.

— Sí, hay. Y de ti, y de Zájar y de Glújov. En mí hay más de Glújov que de ningún otro. — Sirvió más café, con movimientos cuidadosos—. Glújov. El deseo de una vida tranquila, de irresponsabilidad. Convirtámonos en la hierba y los arbustos. Convirtámonos en el agua y las flores. ¿Quizá te irrito?

— Sí.

Asintió.

— Es natural. Pero no puedes hacer nada. Quiero explicarte lo que sucede. Pareces creer que me enfrentaré a un tanque con las manos vacías. Nada de eso. Estamos frente a las leyes de la naturaleza. Es estúpido luchar contra las leyes de la naturaleza. Es vergonzoso capitular ante ellas, y a la larga, también estúpido. Las leyes de la naturaleza deben ser estudiadas, y después utilizadas. Ese es el único enfoque posible. Y eso es lo que pienso hacer.

— No entiendo.

— En un minuto lo entenderás. Esa ley no se manifestó antes de nuestra época. Para decirlo con más exactitud, jamás la conocimos. Aunque tal vez no sea un accidente que Newton se enredara en la interpretación del Apocalipsis y Arquímedes fuese muerto por un soldado borracho. Él problema es que la ley se manifiesta de una sola manera: por medio de una presión insoportable. Una presión que pone en peligro la salud mental, y aun la vida. Pero aquí no es posible hacer nada. En fin de cuentas, eso no es singular en la historia de la ciencia. Hubo algún peligro en el estudio de la radioactividad, en la detención de las tormentas, en la teoría de que existen muchos mundos habitados. Es posible que con el tiempo aprendamos a canalizar esa presión hacia zonas inofensivas, y hasta llegar a dominarla para nuestros propios objetivos. Pero ahora no se puede hacer nada, es necesario correr el riesgo… y repito, no por primera y no por última vez en la historia de la ciencia. Quiero que entiendas que, en lo fundamental, no existe nada nuevo ni extraordinario en esta situación.

—¿Por qué debo entender todo eso? — pregunté, lúgubre.

— No sé. Quizá te facilite más las cosas. Y además me gustaría que supieses que esto no es para un día ni para un año. Creo que podría ser para más de un siglo. No hay prisa — bufó—. Todavía quedan mil millones de años por delante. Pero podemos y debemos empezar ahora. Y tú… bueno, tú tendrás que esperar. Hasta que Bóbchik crezca. Hasta que se acostumbre a la idea. Diez años, veinte… no tiene importancia.

—¡Y cómo! — repliqué, sintiendo en el rostro una desagradable sonrisa torcida—. Dentro de diez años no serviré para nada. Y dentro de veinte, me importará un comino de todo.

No dijo nada; se encogió de hombros y llenó la pipa. Callamos. El trataba de ayudarme. Me pintaba algunas perspectivas, me demostraba que yo no era tan cobarde, ni él tan heroico. Que sólo éramos dos hombres de ciencia; se nos ofrecía un proyecto, y dadas las circunstancias él podía trabajar en eso ahora, y yo no. Pero no me resultó más fácil por eso. Porque él iría a Pamir, a luchar con la revertasa de Weingarten, con los desvanecimientos de Zájar, con sus propias matemáticas brillantes y todo lo demás. Le lanzarían bolas de fuego, le enviarían fantasmas, congelados escaladores de montañas, en especial mujeres, dejarían caer aludes sobre él, lo arrojarían al espacio y el tiempo, y por último llegarían hasta él, allí. O quizá no. Tal vez él determinaría las leyes de las manifestaciones del fuego y de las invasiones de congelados trepadores de montañas. Y era posible que no ocurriese nada de eso. Quizá se sentaría a analizar sus trabajos, y trataría de descubrir el punto de intersección de la teoría de las cavidades M y el análisis cualitativo de la influencia cultural norteamericana sobre Japón, y era probable que fuese un muy extraño punto de intersección, y también era probable que en ese punto hallase la clave de todo el malévolo mecanismo, y hasta la clave para dominarlo. Y yo me quedaré en casa, recibiré a mi suegra y a Bóbchik, cuando bajen del avión, mañana, e iremos todos juntos a comprar los anaqueles.

29

— Te matarán allí —dije, desesperado.

— No es obligatorio — repuso—. Y en fin de cuentas, allí no estaré solo… y no sólo allí… y no sólo yo.

Nos miramos a los ojos. Detrás de las gruesas lentes no había tensión, ni falsa impavidez, ni llameante martirio… sólo la rojiza calma y la rojiza confianza de que todo sería como era, y de ninguna otra manera.

Y no dijo nada más, pero sentí que continuaba hablando. No había prisa, decía. Aún quedan mil millones de años hasta el fin del mundo, decía. En mil millones de años se puede hacer mucho, muchísimo, si no nos rendimos y entendemos, si entendemos y no nos rendimos. Y también pensé que decía: "¡El sabía cómo garabatear en el papel bajo el chisporroteo de la vela! Tenía algo por lo cual morir junto al río Negro". Y sus satisfechas risotadas, como las risas marcianas de Wells, resonaron en mis oídos.

Bajé la vista. Sentado, encorvado, apreté con ambas manos, contra el vientre, el sobre blanco, y repetí por décima, por vigésima vez: "Y desde entonces se abren ante mí senderos tortuosos, desviados, abandonados…"

Final del manuscrito

Julio-diciembre de 1974

FIN

30

Arkadi y Boris Strugatski

DECIDIDAMENTE TAL VEZ

— Este, espere un… — murmuró Maliánov, pisándole los talones.

El hombre depositó la caja en un banquito y sacó del bolsillo un manojo de recibos.

—¿Usted es de la Comisión de Inquilinos, o qué? —Quién sabe por qué, Maliánov pensó que tal vez había llegado por fin el plomero para arreglar la pileta del cuarto de baño.

— De la tienda de comestibles — dijo el hombre con voz ronca, y le entregó dos recibos unidos con un alfiler—. Firme aquí.

—¿Qué es esto? — preguntó Maliánov, y vio que eran formularios de pedidos. Coñac… dos botellas; vodka… — . Espere un minuto, no creo haber pedido nada — dijo.

Vio la cuenta. Fue presa de pánico. No tenía tanto dinero en el departamento. Y de todos modos, ¿qué era eso? Por su cerebro asustado pasaron como un relámpago vividas imágenes de complicaciones, como explicarse, rechazar la entrega, discutir, exigir, telefonear a la tienda o quizás ir allí en persona. Pero entonces vio el sello purpúreo: «Pagado», en la esquina del recibo, y el nombre del comprador: I. E. Maliánova. ¡Irina! ¿Qué demonios estaba pasando?

— Firme aquí —insistió el hombre, señalando con la uña negra—. Donde está la X.

Maliánov tomó el cabo de lápiz del hombre y firmó.

— Gracias — dijo, devolviendo el lápiz—. Muchas gracias — repitió, metiéndose en el angosto vestíbulo con el hombre de la chaqueta ajustada, empujando enérgicamente a Kaliam hacia atrás, con el pie. El gato trataba de salir a lamer el suelo de cemento del rellano.

Después Maliánov cerró la puerta y permaneció bajo la lóbrega luz. Tenía la cabeza revuelta.

— Extraño — dijo en voz alta, y volvió a la cocina.

Kaliam frotaba la cabeza contra la caja. Maliánov levantó la tapa y vio cuellos de botellas, paquetes, bolsas y latas. La copia del recibo se hallaba sobre la mesa. Muy bien. El papel carbónico era borroso, como de costumbre, pero pudo entender la letra. Calle Héroe… hmm… todo parecía en orden. Comprador: I. E. Maliánova. ¡Bonito saludo! Miró de nuevo el total. ¡Aturdidor! Volvió el recibo del revés. Nada interesante del otro lado. Un mosquito aplastado. ¿Qué le pasaba a Irina? ¿Se había vuelto loca de remate? Una deuda de quinientos rublos. Un momento, ¿quizás dijo algo acerca de eso, antes de irse? Trató de recordar ese día, las maletas abiertas, los montículos de ropa desparramados por toda la casa, Irina semivestida y blandiendo su plancha. No te olvides de alimentar a Kaliam, tráele un poco de hierba, de la puntiaguda; no te olvides del alquiler; si llama mi jefe, dale mi dirección.

En apariencia, eso era todo. Había dicho algo más, pero en ese momento Bóbchik entró corriendo con su ametralladora. ¡Ah, sí! Llevar las sábanas al lavadero. ¡No entiendo absolutamente nada!

Maliánov extrajo de la caja, con cuidado, una botella. Coñac. ¡Por lo menos quince rublos! ¿Era mi cumpleaños, o algo? ¿Cuándo se fue Irina? Jueves, miércoles, martes. Fue doblando los dedos. Hoy hacían diez días que se había ido. Eso significa que hizo el pedido de antemano. Volvió a pedir prestado dinero a alguien, e hizo la compra. Una sorpresa. ¡Quinientos rublos de deuda, te das cuenta, y quiere darme una sorpresa! Por lo menos algo quedaba solucionado: no tendría que ir a la tienda. El resto era brumoso, por lo que a él se refería. ¿Cumpleaños? No.

¿Aniversario de bodas? No lo creo. No, decididamente no. ¿Cumpleaños de Bóbchik? No, eso es en invierno.

Contó las botellas. Diez. ¿Quién creía ella que se lo bebería todo? ¡Yo no podría beberme eso ni en un año! Viecherovsky casi no bebe, tampoco, y ella no puede soportar a Val Weingarten.

Kaliam se puso a maullar espantosamente. Intuyó que había algo en la caja.

EXTRACTO 2…un poco de salmón en su propio jugo, y un trozo de jamón con una costra de pan rancio. Luego encaró los platos sucios. Resultaba muy claro que una cocina sucia era particularmente ofensiva, con semejantes lujos en la refrigeradora. Durante ese tiempo, el teléfono sonó dos veces, pero Maliánov no hizo más que apretar la mandíbula con fuerza. No atenderé, y eso es todo. Al demonio con todos ellos, y sus Inturist y estaciones. También habrá que lavar la sartén, no es posible dejarla así. Hará falta para metas más altas que una porquería de omelet. Ahora, ¿cuál es el centro del asunto? Si la integral es realmente cero, entonces todo lo que queda en la parte derecha son la primera y segunda derivadas. No entiendo bien la física del asunto, pero no importa, por cierto que crea unas burbujas impresionantes. Sí, así las llamaré: burbujas. No, quizá «cavidades» esté mejor. Las cavidades Maliánov. «Cavidades-M». Hmmm.

Guardó los platos y miró en el cacharro de Kaliam. Todavía estaba muy caliente. Pobre Kaliam. Tendrá que esperar. El pobre y pequeño Kaliam deberá esperar y sufrir, hasta que se enfríe.

Se limpiaba la mano cuando se le ocurrió una idea, como ayer. Y como en la víspera, no la creyó.

— Un minuto, espera un minuto — murmuró, afiebrado, mientras las piernas lo llevaban por el corredor, con el linóleo fresco que se le pegaba en los talones, a través del denso calor amarillo, hasta su escritorio y la estilográfica. Cuernos, ¿dónde estaba? Sin tinta. Por aquí, en alguna parte, había un lápiz. Y entretanto la consideración secundaria, no, la primaria, la fundamental, era la función de Hartwig… y fue como si toda la parte derecha hubiese desaparecido. Las cavidades se volvieron axialmente simétricas… ¡y la vieja integral ya no era cero! Es decir, hasta tal punto no era cero, mi pequeña integral, que el valor era significativamente positivo. ¡Pero qué imagen presenta! ¿Por qué no me di cuenta hace tiempo? Está bien, Maliánov, tranquilízate, hermano, no eres el único. El viejo académico Cómo-se-llama tampoco lo vio. En el espacio amarillo, apenas curvado, las cavidades axialmente simétricas giraban con lentitud, como gigantescas burbujas. La materia fluía en torno de ellas, tratando de filtrarse a través, sin lograrlo. La materia se comprimía en los límites, a densidades tan increíbles, que las burbujas comenzaban a fulgurar. Dios sabe qué ocurrió después… pero ya lo veremos. Primero atacaremos la estructura de las fibras. Después, los arcos de Ragozin. Y después las nebulosas planetarias. ¿Y qué creían, amigos? ¿Qué éstas eran cáscaras en expansión, desprendidas? ¡Vaya cáscaras! ¡Todo lo contrario!

El maldito teléfono volvió a sonar. Maliánov lanzó un rugido de cólera, pero continuó escribiendo. Debería desconectarlo por completo. Había un interruptor para eso… Se echó en la otomana y tomó el receptor.

—¡Sí!

—¿Dmitri?

— Sí, ¿quién es?

—¿No me reconoces, perro? — Era Weingarten.

— Ah, eres tú, Val. ¿Qué quieres?

Weingarten vaciló.

—¿Por qué no atiendes tu teléfono?

— Estoy trabajando — respondió Maliánov, furioso. Se mostraba muy poco amistoso. Quería volver al escritorio y ver el resto de la imagen con las burbujas.

— Trabajando — dijo Weingarten—. Construyendo tu edificio inmortal, supongo.

—¿Por qué, querías pasar por aquí?

—¿Pasar? No, en verdad no.

Maliánov perdió los estribos del todo.

—¿Y qué quieres, entonces?

— Escucha, amigo… ¿En qué estás trabajando ahora?

— Estoy trabajando, ya te lo dije.

— No… quiero decir: ¿en qué estás trabajando?

Maliánov quedó atónito. Hacía veinticinco años que conocía a Weingarten, y éste jamás había manifestado una pizca de interés por la labor de Maliánov. A Weingarten nunca le interesó otra cosa que el propio Weingarten, aparte de dos objetos misteriosos: la de dos peniques, de 1934, y la de «medio rublo del cónsul», que no era medio rublo, sino cierto sello postal especial. El vagabundo no tiene nada que hacer, decidió Maliánov. Está tratando de matar el tiempo. ¿O tal vez necesita un techo sobre su cabeza, y quiere llegar de a poco a la pregunta?

—¿En qué estoy trabajando? — dijo con alborozada malicia. Te lo puedo decir con gran detalle, si quieres. Te fascinará, estoy seguro, ya que eres un biólogo, y todo eso. Ayer por la mañana pude encontrar algo, por fin. Resulta que en las suposiciones más generales respecto de las funciones potenciales, mis ecuaciones de movimiento tienen una integral más, aparte de la de energía y de la integral de momentos. Es una especie de generalización de un problema limitado de tres campos. Si la ecuación de movimiento se proyecta en forma de vector, y después se aplica la trasformación Hartwig, queda completa la integración para todo el volumen, y el problema entero se reduce a ecuaciones integral-diferenciales de tipo Kolmogórov-Feller.

2

Para su enorme sorpresa, Weingarten no lo interrumpió. Durante un segundo, Maliánov creyó que los habían desconectado.

—¿Me escuchas?

— Sí, con gran atención.

—¿Tal vez entiendes inclusive lo que te digo?

— Pesco una parte de eso — respondió Weingarten con animación. Maliánov se dio cuenta de pronto de lo extraña que sonaba su voz. Le asustó.

— Val, ¿pasa algo malo?

—¿Qué quieres decir? — preguntó Weingarten, ganando tiempo.

—¿Qué quiero decir? ¡Si te pasa algo a ti, por supuesto! Tienes una voz un poco rara. ¿No puedes hablar ahora?

— No, no, amigo. Eso es una tontería. Estoy bien. Es el calor, nada más. ¿Conoces el de los dos gallos?

— No. ¿Y?

Weingarten le contó el chiste de los dos gallos… era muy tonto, pero gracioso. Pero no se trataba de un chiste de los de Weingarten, para nada. Maliánov, por supuesto, lo escuchó, y rió en el momento oportuno, pero el chiste sólo consiguió intensificar el sentimiento de que algo le ocurría a Weingarten. Tal vez tuvo otro choque con Sveta, pensó con incertidumbre. Quizá volvieron a arruinarle el epitelio, entonces Weingarten preguntó:

— Escucha, Dmitri. ¿El nombre Snegovoi significa algo para tí?

—¿Snegovoi? ¿Arnóld Pávlovich Snegovoi? Tengo un vecino de ese nombre, vive al otro lado del corredor. ¿Por qué?

Weingarten no respondió. Inclusive había dejado de respirar por la boca. Sólo se escuchaba un tintineo… debía de estar jugando con sus monedas.

—¿Y qué hace, tu Snegovoi?

— Creo que es físico. Trabaja en no sé qué refugio subterráneo. Ultrasecreto. ¿De dónde lo conoces?

— No lo conozco — replicó Weingarten con inexplicable tristeza. Sonó el timbre de la puerta.

—¡Están todos enloquecidos! — dijo Maliánov—. Espera, Val. Alguien está tirando mi puerta abajo.

Weingarten dijo algo, o inclusive gritó, pero Maliánov había arrojado el teléfono en la otomana y corría al vestíbulo. Kaliam ya estaba metido entre sus pies, y Maliánov casi tropezó con él.

Retrocedió en cuanto abrió la puerta. En el umbral había una joven de júmper blanco, corto, muy atezada y de cabello corto, blanqueado por el sol. Hermosa. Una desconocida. (Maliánov tuvo aguda conciencia de que sólo tenía puestos los calzoncillos, y de que su vientre estaba sudado). La joven tenía una maleta a los pies, y una chaqueta echada al brazo.

—¿Dmitri Maliánov? — preguntó, turbada.

— S-sí —contestó Maliánov. ¿Una parienta? ¿La prima tercera, Zina, de Omsk?

— Por favor, perdóneme, Dmitri. Sé muy bien que este no es un buen momento para usted. Tenga.

Le entregó un sobre. Maliánov lo tomó en silencio y extrajo de él un trozo de papel. En su pecho bramaron horribles, furiosos sentimientos hacia todos los parientes del mundo, y en especial hacia esa Zina o Zoia.

Pero resultó que no era una prima tercera. Con grandes letras apresuradas, las líneas torcidas hacia uno y otro lado, Irina había escrito: «¡Dímochka! Esta es Lida Ponomariova, mi mejor amiga de la escuela. Yo te hablé de ella. Sé amable, no le gruñas. No se quedará mucho. Todo va bien. Ella te lo contará. Besos, yo».

Maliánov lanzó un largo aullido silencioso, cerró los ojos y los abrió de nuevo. Pero sus labios esbozaban una sonrisa maquinal, amistosa.

— Qué bien — dijo con tono amigable, negligente—. Pase, Lida, por favor. Perdone mi aspecto. El calor, sabe.

Debe de haber habido algo raro en su recepción, porque el hermoso rostro de Lida adquirió una expresión de desconcierto, y por algún motivo volvió la cabeza y miró el rellano, como si de pronto se preguntase si el lugar que buscaba era ese.

— Vamos, déjeme entrar su maleta — dijo Maliánov con rapidez—. Entre, entre, no sea tímida. Puede colgar su chaqueta aquí. Esta es nuestra habitación principal, aquí trabajo, y está es la de Bóbchik. Será la suya. ¿Tal vez quiere darse una ducha?

Oyó un cloqueo nasal que llegaba de la otomana.

— Perdón — dijo—. Póngase cómoda, enseguida estaré con usted.

Tomó el teléfono y oyó que Weingarten repetía con extraña voz monótona:

— Dmitri, Dmitri, oh Dmitri, ven al teléfono, Dmitri.

—¡Hola! Val, escucha…

—¡Dmitri! — gritó Weingarten—. ¿Eres tú?

Maliánov se asustó.

—¿Por qué gritas? Acabo de recibir una visita, perdóname. Te llamaré más tarde.

—¿Quién? ¿Quién es el visitante? — preguntó Weingarten con voz inhumana.

Maliánov sintió un estremecimiento. Val ha enloquecido. Qué día.

— Val — dijo con gran calma—. ¿Qué sucede? Ha llegado una mujer. Una amiga de Irina.

—¡Hijo de puta! — dijo Weingarten, y colgó.

— Quizá —dijo ella con tono de duda.

Maliánov sorbió el té con cuidado, tratando de no hacer mucho ruido. Parecía haberse producido una pausa en la chacota. Algo le preocupaba a Lídochka.

—¿Quizás tú y yo ya nos conocimos en alguna parte? — preguntó de pronto.

—¿Dónde? Yo lo habría recordado.

— Es posible que por accidente. En la calle, o en un baile.

—¿Un baile? — replicó Maliánov—. He olvidado cómo se baila.

Y los dos dejaron de hablar. Tan profundo era el silencio, que los dedos de los pies de Maliánov se contrajeron, incómodos. Era esa horrible situación en la cual no se sabe adonde mirar, y en que el cerebro está lleno de frases que ruedan como piedras en una barrica, y que no tienen utilidad alguna en lo referente a cambiar de tema o iniciar una nueva conversación. Como por ejemplo: «Nuestro Kaliam va directamente al inodoro». O «Este año no hay muchos tomates en las tiendas». O: «¿Qué te parecería otra taza de té?» O, digamos: «Bien, ¿y qué opinas de nuestra ciudad?»

Maliánov inquirió, con voz intolerablemente falsa:

— Buen, ¿y qué planes tienes en nuestra hermosa ciudad, Lídochka?

Ella no respondió. Clavó en él, en silencio, los ojos, abiertos en extrema sorpresa. Luego apartó la vista, frunció la frente. Se mordió el labio. Maliánov siempre se consideraba un mal psicólogo, y por lo general no tenía la menor idea de los sentimientos ajenos. Pero le resultaba muy claro que la pregunta estaba más allá del alcance de la hermosa Lida.

—¿Planes? — murmuró ésta al cabo—. Bueno, es claro. ¡Naturalmente! — Pareció recordar—. Bien, el Hermitage, por supuesto… los impresionistas… la Perspectiva Nevski… ¿y sabes? nunca vi las Noches Blancas.

— Un modesto itinerario de turista — dijo Maliánov con rapidez, para ayudarla. No podía soportar que una persona mintiese—. Déjame que te sirva un poco de té.

Y ella volvió a reír, fresca como antes.

— Dímochka — dijo frunciendo bonitamente los labios—. ¿Por qué me persigues con tu té? Si quieres saberlo, nunca lo bebo. ¡Y especialmente con este calor!

—¿Café? —ofreció Maliánov enseguida.

Ella se opuso al café en forma categórica. Con el calor, y en especial a la hora de acostarse, no se debía beber café. Maliánov le contó que lo único que lo ayudó en Cuba fue beber café… y el calor allí era tropical. Explicó el efecto del café sobre el sistema nervioso autónomo. Y también le dijo, ya que estaba en eso, que en Cuba las bragas debían verse debajo de la minifalda, y que si…

EXTRACTO 4…luego le sirvió otra copa de vino. Surgió la decisión de usar el pronombre personal ruso «tú» para los brindis. Sin los besos. ¿Por qué habría de haber besos entre dos personas inteligentes? Lo importante era el contacto espiritual. Brindaron por el uso del «tú» informal, y hablaron de la intimidad espiritual, de los nuevos métodos de parto, y de las diferencias entre el denuedo, la intrepidez y el valor. El Riesling se terminó, y Maliánov dejó la botella vacía en el balcón y fue al bar a buscar algún Cabernet. Decidieron beber el Cabernet en las copas favoritas de Irina, de cristal ahumado, que primero enfriaron. La conversación sobre la feminidad, que vino a continuación de la relacionada con la masculinidad y la valentía, combinaba muy bien con el helado vino tinto. Se preguntaron que asnos habían decretado que el vino tinto jamás debía enfriarse. Discutieron el asunto. ¿No era verdad que el vino tinto helado es especialmente bueno? Sí, por supuesto. De paso, las mujeres que beben vino tinto helado se vuelven particularmente bellas. En alguna parte parecen hechiceras, donde, con exactitud. En alguna parte. Maravillosa expresión: «en alguna parte». Eres un cerdo en alguna parte. Adoro esa expresión.

De paso, hablando de hechiceras… ¿qué te parece que es el matrimonio? un matrimonio de verdad. Un matrimonio inteligente. El matrimonio es un contrato. Maliánov volvió a llenar las copas y desarrolló el pensamiento. En el sentido de que un hombre y su esposa son ante todo amigos, para quienes la amistad es lo más importante. Honestidad y amistad. Un contrato acerca de la amistad, ¿entiendes? Tenía la mano apoyada en la rodilla desnuda de Lídochka, y la sacudía para dar énfasis a sus palabras. Tómanos, por ejemplo, a Irina y a mí. Conoces a Irina…

Sonó el timbre de la puerta.

—¿Quién puede ser? — preguntó Maliánov mirando el reloj—. Me parece que estamos todos en casa.

Era poco menos de las diez. Mientras repetía «Me parece que estamos, todos aquí», fue a abrir la puerta, y por supuesto, pisó a Kaliam en el vestíbulo. Kaliam maulló.

—¡Ah, maldito seas, demonio! — le dijo Maliánov, y abrió la puerta.

Resultó ser su vecino, el tan misterioso Arnóld Pávlovich Snegovoi.

—¿Es demasiado tarde? — rugió éste por debajo del cielo raso.

—¡Arnóld! — dijo Maliánov, alborozado—. ¿Qué quiere decir «tarde» entre amigos? ¡Entra!

Snegovoi vaciló, intuyendo la causa del júbilo, pero Maliánov lo tomó de la manga y lo arrastró al vestíbulo.

— Llegas a tiempo — dijo, remolcando a Snegovoi—. ¡Conocerás a una mujer maravillosa! — prometió, mientras maniobraba a Snegovoi hasta llevarlo a un rincón de la cocina—, ¡Lídochka, este es Arnóld! — anunció—. Buscaré otra copa, otra botella.

Las cosas comenzaban a nadar ante sus ojos. Y no poco, a decir verdad. No debía seguir bebiendo. Se conocía. Pero quería que las cosas fuesen bien, que todos quisieran a todos. Espero que congenien, pensó con generosidad, bamboleándose ante el bar abierto y atisbando en la penumbra amarilla. Está bien para él, es soltero. Yo tengo a Irina. Agitó el dedo en el espacio y se zambulló en el bar.

Gracias a Dios, no rompió nada. Cuando regresó con una botella de Sangre de Toro y una copa limpia, la situación en la cocina no le agradó. Los dos fumaban en silencio, sin mirarse. Y por algún motivo, Maliánov pensó que sus rostros eran malévolos: el de Lídochka era malévolamente bello, y el de Snegovoi, con cicatrices de antiguas quemaduras, malévolamente severo.

—¿Quién acalló la voz de la alegría? — interrogó Maliánov—. ¿Todo eso es tontería! En el mundo existe un solo lujo. ¡El lujo del contacto humano! No recuerdo quién lo dijo. — Extrajo el corcho—. Gocemos del contacto… del lujo.

El vino fluyó en abundancia, y por toda la mesa. Snegovoi se levantó de un salto para proteger sus pantalones blancos. Era anormalmente gigantesco, de veras. La gente no debería ser tan grande en nuestra época compacta. Mientras desarrollaba su pensamiento, Maliánov limpió la mesa. Snegovoi se sentó otra vez en el taburete. El taburete crujió.

Hasta ese momento, el lujo del contacto humano se expresaba en exclamaciones mutiladas. ¡Maldita sea esa timidez de los intelectuales! Dos personas absolutamente hermosas no son capaces de abrirse en el acto, la una a la otra, meterse una a otra en el corazón y el espíritu, ser amigas desde el primer segundo. Maliánov se puso de pie, sosteniendo la copa a la altura de la oreja, y expuso el tema en voz alta. No sirvió. Bebieron. Tampoco eso ayudó. Lídochka miraba por la ventana, aburrida. Snegovoi empujaba la copa sobre la mesa, de atrás adelante, con las enormes manos morenas. Maliánov advirtió por primera vez que los brazos de Arnóld estaban quemados… hasta el codo, y aún un poco más arriba. Eso lo empujó a preguntar:

— Bien, Arnóld, ¿cuándo volverás a desaparecer?

Snegovoi se estremeció en forma perceptible y lo miró, y luego contrajo el cuello y enarcó los hombros. Maliánov tuvo la impresión de que se disponía a ponerse de pie, y de pronto se dio cuenta de que su pregunta, para decirlo con suavidad, había podido entenderse de otra manera.

—¡Arnóld! — gritó, levantando los brazos al cielo—. ¡Dios, no es eso lo que quise decir! Lídochka, debes darte cuenta de que este hombre es totalmente misterioso. Viene aquí con la llave de su departamento, y se esfuma. Se ausenta durante uno o dos meses. Y entonces suena el timbre, y está de vuelta. — Sintió que parloteaba, que ya era bastante, que era hora de cambiar de tema—. Arnóld, sabes muy bien que te quiero de veras, y que siempre me alegro de verte. De modo que ni hablar de que te vayas antes de las dos de la mañana.

4

— Por supuesto, Dmitri — repuso Snegovoi, y palmeó a Maliánov en la espalda—. Es claro, mi querido amigo, es claro.

— Y esta es Lídochka — anunció Maliánov, señalando en dirección de ella—. La mejor amiga de mi esposa desde la escuela. De Odesa.

Snegovoi se obligó a girar hacia Lídochka, y preguntó:

—¿Se quedará mucho tiempo en Leningrado?

Ella respondió con cierta cortesía, y él hizo otra pregunta, algo relacionado con las Noches Blancas.

En una palabra, iniciaron su lujoso contacto, y Maliánov pudo quedarse tranquilo. No, no puedo beber. ¡Qué pena! Estoy volteado. Sin oír ni entender una sola palabra, contempló el horrible rostro de Snegovoi, corroído por los fuegos del infierno, y sufrió remordimientos de conciencia. Cuando el sufrimiento se volvió insoportable, se levantó en silencio; tomándose de las paredes, fue al cuarto de baño y se encerró con llave. Durante un rato se sentó en el borde de la bañera, en lúgubre desesperación, y luego abrió de lleno el agua fría y metió la cabeza bajo ella.

Cuando regresó, reanimado y con el cuello de la camisa mojado, Snegovoi se encontraba en medio de una tensa exposición del chiste de los dos gallos. Lídochka reía con fuerza, echaba la cabeza hacia atrás y dejaba al descubierto el cuello hecho-para-besar. Maliánov entendió que esa era una buena señal, aunque no se sentía bien dispuesto hacia personas que elevaban la cortesía al rango de un arte. Pero el lujo del contacto, como cualquier otro lujo, exigía ciertos gastos. Esperó mientras Lídochka reía, recogió la bandera a punto de caer y se lanzó en una serie de chistes astronómicos que no era posible que ninguno de los otros dos conociera. Cuando se le acabaron, Lídochka iluminó la situación con chistes sobre la playa. A decir verdad, no eran nada del otro mundo, y no sabía contarlos, pero sabía reír, y sus dientes eran chispeantes, y blancos como el azúcar. Luego, quién sabe por qué, la conversación pasó a la predicción del futuro. Lídochka les informó que una gitana le había dicho que tendría tres esposos y ningún hijo. ¿Qué haríamos sin las gitanas? murmuró Maliánov, y se jactó de que una gitana le había dicho que haría un trascendente descubrimiento sobre la interrelación de las estrellas con la difusión de la materia en la galaxia. Bebieron más Sangre de Toro helado, y de pronto Snegovoi prorrumpió en una extraña historia. Parece que se le había dicho que moriría a los ochenta y tres años en Groenlandia. («En la República Socialista de Groenlandia», bromeó Maliánov, pero Snegovoi respondió con calma: «No, sólo en Groenlandia».) Creía en eso con fatalismo, y su convicción irritaba a todos los que lo rodeaban. Una vez. durante la guerra, aunque no en el frente, uno de sus amigos, bebido, o mareado, como solían decir en esos días, se enfureció tanto con el asunto, que sacó la pistola, clavó el caño en la sien de Snegovoi y dijo:

— Ahora veremos — y amartilló el arma.

—¿Y? — preguntó Lídochka.

— Lo dejó muerto — bromeo Maliánov.

— El tiro falló —explicó Snegovoi.

— Tiene extraños amigos — dijo Lídochka, con tono de duda.

Había dado en el clavo. Arnóld Snegovoi hablaba muy pocas veces de sí, pero cuando lo hacía, era memorable. Y a juzgar por sus relatos, tenía, en verdad, amigos muy extraños.

Después Maliánov y Lídochka discutieron con acaloramiento, durante un rato, acerca de cómo podía terminar Arnóld en Groenlandia. Maliánov se inclinó por la teoría del accidente de aviación. Lídochka suscribió unas sencillas vacaciones turísticas. En cuanto al propio Arnóld, fumaba cigarrillo tras cigarrillo, sentado, con los labios purpúreos contraídos en una sonrisa.

Entonces Maliánov lo pensó y trató de servir un poco más de vino en las copas, pero descubrió que la botella ya estaba vacía. Estaba a punto de precipitarse en busca de otra, pero Arnóld lo detuvo. Era hora de irse, había entrado nada más que por un minuto. Lídochka, por otra parte, se mostraba dispuesta a continuar. Ni siquiera estaba achispada, la única huella del vino eran sus mejillas enrojecidas.

— No, no, amigos — dijo Snegovoi—, debo irme. — Se puso de pie con pesadez, y llenó la cocina con su corpachón—. Me voy. ¿Por qué no me acompañas, Dmitri? Buenas noches, Lídochka, fue un placer conocerla.

Atravesaron el vestíbulo. Maliánov continuaba tratando de convencerlo de que se quedase para otra botella, pero Snegovoi meneaba con decisión la cabeza gris, y mascullaba negativamente. En la puerta dijo en voz alta:

—¡Ah, sí! ¡Dmitri! Te prometí ese libro. Ven, te lo daré.

—¿Qué libro? — estuvo a punto de preguntar Maliánov, pero Snegovoi se llevó el gordo dedo a los labios y lo atrajo al rellano. El gordo dedo en los labios dejó atónito a Maliánov, y siguió a Snegovoi como una polilla a la llama. En silencio, aun tomando a Maliánov del brazo, Snegovoi encontró su llave en el bolsillo y abrió la puerta. En el departamento, las luces se hallaban encendidas: en el vestíbulo, en ambas habitaciones, en la cocina y aun en el cuarto de baño. Olía a tabaco rancio y a agua de colonia fuerte, y Maliánov se dio cuenta de súbito que nunca había estado allí, en los cinco años que se conocían. La habitación a la cual lo condujo Snegovoi era limpia y pulcra; todas las lámparas se encontraban encendidas: la araña de tres luces, la lámpara de pie, en el rincón, junto al sofá, y la lámpara de la mesita. Del respaldo de una silla colgaba una casaca con botones y charreteras de plata, y con una sarta de medallas, barras y condecoraciones. Resultaba que Arnóld Snegovoi era coronel. ¿Qué me dicen?

—¿Qué libro? — preguntó Maliánov por fin.

— Cualquiera — contestó Snegovoi con impaciencia—. Ten, toma este, y retenlo, o te lo olvidarás. Sentémonos un momento.

Confundido, Maliánov tomó de la mesa un grueso volumen. Lo apretó con fuerza bajo el brazo, y se hundió en el sofá, bajo la lámpara. Arnóld se sentó junto a él y encendió un cigarrillo. No miró a, Maliánov.

— Bien, es así… bueno… — comenzó a decir—. Pero ante todo, ¿quién es esa mujer?

—¿Lídochka? Ya te lo dije. La amiga de mi esposa. ¿Por qué?

—¿La conoces bien?

— No. La conocí hoy. Llegó con una carta. — Maliánov se interrumpió y preguntó, asustado—: ¿Por qué crees que es…?

— Yo haré las preguntas. No tengo tiempo. ¿En que trabajas ahora, Dmitri?

Maliánov recordó a Val Weingarten, y le brotó un sudor frío. Dijo, con una sonrisa irónica:

— Todos parecen interesarse hoy por mi trabajo.

—¿Quién más? — preguntó Snegovoi, y sus ojitos azules lo perforaron—. ¿Ella?

Maliánov sacudió la cabeza.

— No. Weingarten. Un amigo mío.

— Weingarten, Weingarten — repitió Snegovoi.

—¡No, no! — exclamó Snegovoi—. Lo conozco bien, estuvimos juntos en la escuela primaria, y seguimos siendo amigos.

—¿El apellido Gúbar significa algo para ti?

—¿Gúbar? No. ¿Qué pasa, Arnóld?

Snegovoi apagó el cigarrillo y encendió otro.

—¿Quién más hizo averiguaciones sobre tu trabajo?

— Nadie más.

— Y bien, ¿en qué estás trabajando?

Maliánov se enfureció. Se enfurecía siempre que estaba asustado.

— Escucha, Arnóld. No entiendo.

—¡Tampoco yo! Y quiero saber, tengo muchos deseos de saber. ¡Díme! Espera un momento. ¿Tú trabajo es secreto?

—¿Qué quiere decir, «secreto»? — replicó Maliánov con irritación—. Es simple y vulgar astrofísica y dinámica estelar. La simple, relación entre las estrellas y la difusión de la materia. ¡Ahí no hay nada de secreto, sólo que no me agrada hablar de mi trabajo hasta que he terminado!

— Estrellas y difusión de la materia. — Snegovoi lo repitió con lentitud, y se encogió de hombros. Está la hacienda, y está el agua. ¿Y no es secreto? ¿Ninguna parte?

— Ni una sola letra.

—¿Y estás seguro de que no conoces a Gúbar?

— No conozco a ningún Gúbar.

Snegovoi fumó en silencio junto a él, gigantesco, encorvado, aterrador. Al cabo habló.

5

— Bueno, bueno, parece que ahí no hay nada. He terminado contigo, Dmitri. Por favor, perdóname.

—¡Pero yo no terminé contigo! Sigo queriendo saber…

—¡No tengo derecho! — dijo Snegovoi con palabras secas, y cortó la conversación.

Es claro que Maliánov no habría dejado que las cosas quedasen así, pero entonces vio algo que le hizo morderse la lengua En el bolsillo izquierdo de los pantalones de Snegovoi se vía un bulto, y del bolsillo asomaba el muy definitivo mango de una pistola. Una pistola grande. Como una gigantesca Colt 45 de las películas. Y esa Colt mató el deseo de Maliánov, de hacer más preguntas. En cierto modo, resultaba muy claro que había algo sospechoso, y que él no era quien debía hacer las preguntas. Y Snegovoi se puso de pie y dijo:

— Y bien, Dmitri. Me iré mañana por la mañana.

Maliánov quedó atónito. Y Zíkov, chasqueando los labios, húmedos, continuó.

— Ni siquiera la copió bien. En realidad no es así, sino así. —Tomó el lápiz de Maliánov, se levantó de un salto, puso el papel en la mesa y apretando el lápiz, trazó sobre el diagrama de Maliánov—. Ahí tiene. Y aquí sigue así, no así. —Cuando terminó y la punta del lápiz estuvo quebrada, arrojó el lápiz, se sentó de nuevo y miró a Maliánov con lástima—. Ah, Maliánov, Maliánov. Usted es un hombre muy instruido, un criminal experimentado, pero se comporta como un mocoso.

Maliánov paseaba la mirada del rostro de él al gráfico. No tenía sentido. Era tan ridículo, que carecía de sentido decir nada, o gritar, o explicar algo. En rigor, lo mejor que se podía hacer en ese caso sería despertar.

—¿Y su esposa está en buenas relaciones con Snegovoi? — preguntó Zíkov, otra vez cortés hasta el punto de resultar incoloro.

— En buenas relaciones, sí.

—¿Se tutean?

— Escuche. Arruinó mi gráfico. ¿Qué pasa?

—¿Qué gráfico? — Zíkov se mostró sorprendido.

— Ese, el de ahí.

— Eso carece de importancia. ¿Viene Snegovoi cuando usted no está en casa?

— Carece de importancia — repitió Maliánov—. Puede que carezca de importancia para usted — dijo con rapidez, recogiendo sus papeles y guardándolos en los cajones—. Uno está sentado ahí y trabaja y se mata como un condenado tonto, y después cualquiera que lo desee viene y me dice que carece de importancia — masculló, poniéndose a gatas y recogiendo los toscos esbozos diseminados por el suelo.

Igor Zíkov lo miró sin expresión, mientras atornillaba con cuidado el cigarrillo en la boquilla. Cuando Maliánov, resoplando, sudoroso y colérico, volvió a su silla, Zíkov preguntó con cortesía:

—¿Puedo fumar?

— Adelante. Ahí está el cenicero. Y siga con sus preguntas. Tengo trabajo que hacer.

— Todo depende de usted — sostuvo Zíkov, dejando que el humo se le escapara con delicadeza de la comisura de la boca—. Por ejemplo, he aquí una pregunta: ¿cómo llama habitualmente a Snegovoi… coronel, Snegovoi o Arnóld?

— Depende. ¿Qué importancia tiene cómo lo llamo?

—¿Lo llama coronel?

— Bueno, sí. ¿Y?

— Es muy extraño — dijo Zíkov, dejando caer la ceniza con cuidado—. Sabe, Snegovoi fue ascendido a coronel sólo anteayer.

Fue un golpe. Maliánov no dijo nada, y sintió que el rostro se le enrojecía.

— Y entonces, ¿cómo descubrió que era coronel?

Maliánov agitó la mano.

— Muy bien. Fue jactancia. No sabía si era coronel, o teniente coronel, o qué. Ayer caí por su casa y vi la casaca con las charreteras. Y vi que era coronel.

—¿Cuándo estuvo allí?

— Por la noche. Tarde. Fui a buscar un libro. Este.

Fue un error, la mención del libro. Zíkov se apoderó de él y comenzó a hojearlo. Maliánov empezó a sudar de nuevo porque no tenía la menor idea de su contenido.

—¿Qué idioma es éste? — preguntó Zíkov, distraído.

— Este… — masculló Maliánov, sudando por tercera vez—. Supongo que inglés.

— No lo creo — repuso Zíkov, examinando el texto—. Me parece cirílico, no latín. ¡Oh! ¡Es ruso!

Maliánov estalló en sudores por cuarta vez, pero Zíkov dejó el libro, se puso las gafas obscuras, se recostó contra el respaldo de la butaca y miró a Maliánov. Y Maliánov miró a Zíkov, tratando de no parpadear ni desviar la vista. Un pensamiento le cruzó por la cabeza: hijo de puta, no te diré dónde están nuestros muchachos.

—¿A quién cree que me parezco? — interrogó Zíkov de pronto.

—¡A un Tontón Macoute! — barbotó Maliánov sin pensarlo.

— Se equivoca — dijo Zíkov—. Piense de nuevo.

— No sé.

Zíkov se sacó los anteojos y menó la cabeza, acusador.

—¡Eso está mal! ¡No sirve! Tiene extrañas ideas acerca de nuestros organismos investigadores. Muchacho, ¿cómo se le ocurrió lo del Tontón Macoute?

— Bien, ¿y a qué se parece, entonces? — preguntó Maliánov, acobardándose.

—¡Al Hombre Invisible! Lo único en común con un Tontón Macoute — lo único— es que los dos se escriben con mayúscula.

Guardó silencio. Había en el aire un denso silencio pesado, y hasta los coches, afuera, habían dejado de hacer ruido. Maliánov no escuchaba un solo sonido, y sintió desesperadas ansias de despertar. Y luego el silencio fue quebrado por el teléfono.

Maliánov pegó un salto. En apariencia, también Zíkov lo hizo. El teléfono volvió a sonar. Apoyándose en los antebrazos, Maliánov se incorporó y miró interrogadoramente a Zíkov.

— Sí. Quizá sea para usted.

Maliánov trepó hacia la cama y tomó el teléfono. Era Val Weingarten.

— Eh, contemplador de estrellas — dijo—. ¿Por qué no llamas, cerdo?

— Ya sabes cómo es eso… Estaba ocupado.

—¿Haciendo tonterías con la mujer?

— No… ¿qué quieres decir, «con la mujer»?

—¡Ojalá mi Svetlana me mandase a sus amiguitas!

— S-sí… —Sintió ojos clavados en la nuca—. Escucha, Val, te llamaré más tarde.

—¿Qué pasa ahí? —preguntó Weingarten con ansiedad.

— Nada. Te lo diré más tarde.

—¿Es esa hembra?

— No.

—¿Un hombre?

— Ahá.

Weingarten suspiró en el teléfono.

— Escucha — dijo bajando la voz—, puedo ir enseguida. ¿Quieres que vaya?

—¡No! Eso es lo único que me haría falta.

Weingarten suspiró pesadamente.

— Oye, ¿tiene cabello rojo?

Maliánov lanzó una mirada involuntaria a Zíkov. Para su sorpresa, éste no lo miraba. Leía el libro de Snegovoi, moviendo los labios.

—¡Es claro que no! ¿Qué tontería es esa? Mira, te llamaré después.

—¡Llama sin falta! — gritó Val—. En cuanto se vaya, llama.

— Muy bien — dijo Maliánov, y cortó. Luego volvió a su silla, mascullando disculpas.

— Está bien — dijo Zíkov, y dejó el libro—. Usted tiene intereses muy vastos, Dmitri.

— No puedo quejarme — murmuró Maliánov. Maldición, ojalá pudiese echar por lo menos un vistazo a ese libro—. Por favor — dijo—, terminemos, si es posible. Ya es la una pasada.

—¡Por supuesto! — exclamó Zíkov, servicial. Miró su reloj con ansiedad y extrajo una libreta de la carpeta—. Muy bien, de modo que ayer por la noche estuvo en casa de Snegovoi, ¿no es así?

— Sí.

—¿Fue a buscar este libro?

— S-sí —repuso Maliánov, decidiendo no aclarar nada.

—¿Cuándo fue eso?

— Tarde, cerca de la medianoche.

—¿Tuvo la impresión de que Snegovoi planeaba un viaje?

— Sí, la tuve. Quiero decir, no fue una impresión. Me dijo que se iría por la mañana, y que me traería las llaves.

—¿Y lo hizo?

— No. Quiero decir, puede haber tocado el timbre y yo no lo oí. Estaba durmiendo.

Zíkov escribió con rapidez, apoyando el anotador en la carpeta que tenía sobre la rodilla. No miró para nada a Maliánov, ni siquiera cuando le formulaba preguntas. ¿Tal vez tenía prisa?

—¿Mencionó Snegovoi adonde iba?

— No, no me dijo adonde viajaba.

—¿Pero usted lo supuso?

— Bien, creo que tenía una idea. A un campo de pruebas, o algo por el estilo.

—¿El le dijo algo de eso?

— No, es claro que no. Nunca hablábamos de su trabajo.

— Y entonces, ¿en qué basó sus suposiciones?

Maliánov se encogió de hombros. ¿En qué las basaba? Es imposible explicar cosas como esa. Resultaba claro que el hombre trabajaba en un refugio subterráneo profundo, tenía las manos y la cara quemadas, y los modales correspondientes a esa clase de trabajo… y en rigor se había negado a hablar de sus ocupaciones.

— No sé. Siempre pensé eso. No sé.

—¿Le presentó a alguno de sus amigos?

— No, nunca.

—¿A su esposa?

—¿Está casado? Siempre creí que era soltero o viudo.

—¿Por qué creyó eso?

— No sé —contestó Maliánov, furioso—. Intuición.

—¿Quizá se lo dijo su esposa?

—¿Irina? ¿Cómo podría saberlo ella?

— Eso es lo que me gustaría aclarar.

Se miraron en silencio.

— No entiendo — dijo Maliánov—. ¿Qué quiere aclarar?

7

— Cómo supo su esposa que Snegovoi no estaba casado.

— Ah… ¿Sabía eso?

Zíkov no respondió. Miraba con atención a Maliánov, y sus pupilas se dilataban y contraían en forma ominosa. Maliánov tenía los nervios erizados. Sintió que comenzaría a golpear con el puño en la pared, a babear y a perder la dignidad si eso duraba un segundo más. Ya no lo soportaba. Toda la conversación tenía un subtexto maligno, era como una red pegajosa, y se metía a Irina en eso, quién sabe por qué.

— Bueno, está bien — dijo Zíkov, de pronto, cerrando el anotador con un golpe—. De manera que el coñac está aquí —señaló el bar—, y la vodka en la refrigeradora. ¿Qué prefiere usted? ¿Personalmente?

—¿Yo?

— Sí. Usted. ¿Personalmente?

— Coñac — dijo Maliánov con voz ronca, y tragó saliva. Tenía la garganta seca.

—¡Magnífico! — exclamó Zíkov con alegría. Se puso de pie y se acercó al bar con pasitos menudos—. ¡No tendremos que ir muy lejos! Ahí vamos — dijo, registrando el bar—. Inclusive tiene limón… un poco seco, pero está bien. ¿Qué copas? Usemos estas azules.

Maliánov miró con indiferencia, mientras Zíkov colocaba las copas en la mesa con destreza, cortaba delgadas tajadas de limón y descorchaba la botella.

—¿Sabe? hablando con franqueza, está en una mala situación. Por supuesto, la última palabra la dirán los tribunales, pero hace diez años que estoy en esto, y tengo alguna experiencia en estos asuntos. Y siempre se puede adivinar qué sentencia se dictará en cada caso. No le darán el máximo, por supuesto, pero le garantizo quince, por lo menos. — Sirvió el coñac con cuidado, sin derramar una gota, en las copas—. Es claro que siempre puede haber circunstancias atenuantes, pero por ahora, con franqueza, no veo ninguna… ¡No veo ninguna, Dmitri! ¡Bien! — Levantó la copa e hizo un movimiento de cabeza, de invitación.

Maliánov tomó su copa con dedos entumecidos.

— Muy bien — dijo con voz que no era la suya—. ¿Pero por lo menos puedo saber qué sucede?

—¡Es claro! — chilló Zíkov. Bebió, se echó un trozo de limón en la boca y asintió con energía—. ¡Es claro que puede! Se lo diré todo. Tiene derecho a saberlo.

Y se lo dijo.

A las ocho de la mañana llegó un coche para recoger a Snegovoi y llevarlo al aeropuerto. Para sorpresa del conductor, Snegovoi no esperaba abajo, como de costumbre. Esperó cinco minutos, y luego subió al departamento. Nadie contestó, aunque el timbre funcionaba, el conductor lo oía. Entonces bajó y llamó a la oficina desde la esquina. La compañía empezó a llamar a Snegovoi por teléfono. El aparato de éste estaba constantemente ocupado. Entretanto, el conductor dio la vuelta a la casa y descubrió que las tres ventanas del departamento de Snegovoi se hallaban abiertas de par en par, y que a pesar de la luz del día, todas las luces eléctricas se hallaban encendidas. El conductor telefoneó la información. Se llamó a la gente correspondiente, y violaron la puerta y examinaron el departamento de Snegovoi. Su investigación reveló que todas las lámparas se encontraban encendidas, que en la cama había una maleta abierta, llena de ropa, y que Snegovoi estaba en su estudio, sentado ante el escritorio, sosteniendo el teléfono en una mano y una pistola Makárov en la otra. Se determinó que había muerto de una herida de bala en la sien derecha, disparada con esa arma a boca de jarro. La muerte fue instantánea, y se produjo entre las tres y las cuatro de la mañana.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo? — susurró Maliánov.

En respuesta, Zíkov le contó en detalle que balística había seguido la trayectoria de la bala, que encontró alojada en la pared.

—¿Pero qué tiene que ver eso conmigo? — insistió Maliánov, golpeándose el pecho. Ya habían bebido tres copas cada uno.

—¿No siente pena por él? — inquirió Zíkov—. ¿No le apena?

— Por supuesto. Era un hombre excelente. ¿Pero qué tengo que ver yo con todo esto? Nunca tuve un arma en mi mano en toda la vida. Mi clasificación era Cuatro-F. Mi visión…

Zíkov no lo escuchaba. Siguió explicando en detalle que el extinto era zurdo, y que resultaba muy extraño que se matara con la pistola en la mano derecha.

— Sí, sí, Arnóld era zurdo, eso puedo corroborarlo.. ¡Pero en cuanto a mí! ¡Dormí toda la noche! Y de cualquier modo ¿por qué habría de matarlo? ¡Juzgue usted mismo!

—¿Y quién lo hizo, entonces? ¿Quién? — preguntó Zíkov con suavidad.

—¿Cómo podría saberlo? ¡Usted debería saber quién fue!

—¡Usted! — exclamó Zíkov con tono amable, reminiscente al de Porfiri en Crimen y castigo, mirando a Maliánov con un ojo, por encima de su copa de vodka—. ¡Usted lo mató, Dmitri!

— Esto es una pesadilla — susurró Maliánov, impotente. Quiso llorar.

Una leve brisa cruzó la habitación, movió la cortina, y el estridente sol del mediodía se precipitó en el cuarto y dio de lleno en el rostro de Zíkov. Algo le sucedió. Parpadeó con rapidez, el rubor le acudió a las mejillas y le tembló la barbilla.

— Perdóneme — dijo con voz totalmente humana—. Perdóneme, Dmitri. Tal vez usted pueda… hace mucho… aquí.

Se interrumpió porque algo cayó en el cuarto de Bóbchik y se quebró con un ruido resonante.

—¿Qué fue eso? — preguntó Zíkov, tenso. Ya no había en su voz ni rastros de calidad humana.

— Hay alguien ahí —contestó Maliánov, todavía sin entender qué había sucedido con Zíkov. Se le ocurrió un nuevo pensamiento—. ¡Escuche! — gritó, levantándose de un salto—. ¡Venga conmigo! ¡La amiga de mi esposa está allí! Ella puede jurar que yo dormí toda la noche, y que no fui a ninguna parte.

Chocando hombro con hombro, se abrieron paso hacia el vestíbulo.

— Interesante, muy interesante — decía Zíkov—. La amiga de su esposa. Ya veremos.

— Ella me respaldará. Ya verá. Es una testigo.

Se precipitaron en la habitación de Bóbchik sin golpear, y se detuvieron. La habitación estaba limpia y desocupada. No había allí ninguna Lídochka, ni sábanas en la cama, ni maletas. Y en el suelo, al lado de los trozos del cántaro de barro (Jorezm, siglo XI) se encontraba sentado Kaliam, con expresión increíblemente inocente.

—¿Este? — preguntó Zíkov, señalando a Kaliam.

— No — respondió Maliánov estúpidamente—. Este es nuestro gato, hace mucho que lo tenemos. Pero espere, ¿dónde está Lídochka? — Miró en el armario. Su chaqueta blanca ya no estaba—. ¿Se habrá ido?

Zíkov se encogió de hombros.

— Es probable. Ahora no está aquí.

Con pasos pesados, Maliánov fue hacia el cántaro roto.

—¡C-canalla! — dijo, y dio un papirotazo a Kaliam en la oreja.

Kaliam se batió en rápida retirada. Maliánov se agachó. Destrozado. Qué hermoso cántaro había sido.

—¿Durmió ella aquí? —preguntó Zíkov.

— Sí.

—¿Cuándo la vio por última vez? ¿Hoy?

Maliánov negó con la cabeza.

— Ayer. Bueno, en rigor, hoy. Por la noche. Le di sábanas y una manta. — Miró en el baúl de la ropa blanca de Bóbchik—. Ahí tiene. Está todo ahí.

—¿Hacía mucho que vivía aquí?

— Llegó ayer.

—¿Sus cosas están aquí?

— No veo ninguna. Y su chaqueta ha desaparecido.

— Extraño, ¿verdad? — dijo Zíkov.

Maliánov agitó la mano en silencio.

— Al demonio con ella. Las mujeres sólo traen problemas. Bebamos otro trago.

De pronto la puerta del departamento se abrió, y entro…

EXTRACTO 6…puerta del ascensor, y el motor zumbó. Maliánov quedó solo.

Se encontraba en la puerta del cuarto de Bóbchik, apoyado en el marco y pensando en nada. Kaliam apareció salido de cualquier parte, pasó a su lado, moviendo la cola, y salió al rellano, donde se dedicó a lamer el suelo de cemento.

— Bueno, muy bien — dijo por último Maliánov; se apartó del marco y entró en su cuarto. Estaba lleno de humo, y había tres copas de vidrio azul abandonadas en la mesa… dos llenas y una llena a medias. El sol llegaba hasta los anaqueles.

8

—¡Se llevó el coñac consigo! ¡Eso era lo único que faltaba!

Se sentó en la butaca durante un rato, terminó su copa. Por la ventana entraban ruidos de la calle, y la puerta abierta dejó pasar voces de chicos y los gruñidos del ascensor en el pozo de la escalera. Se levantó, se arrastró a través del vestíbulo, golpeándose contra el marco de una puerta, salió al descansillo y se detuvo delante de la puerta del departamento de Snegovoi. En la cerradura había un gran sello de lacre. Lo tocó con cautela, con la yema de un dedo, y apartó la mano. Era todo cierto. Todo lo sucedido había sucedido de verdad. El ciudadano de la Unión Soviética Arnóld Snegovoi, coronel y hombre de misterio, ya no existía.

No resultó claro a quién se refería.

— Quiero decir que puedo entenderlo todo — dijo Maliánov—. Pero ese investigador…

—¿Quieres más café? —interrumpió Viecherovski.

Maliánov negó con la cabeza, y Viecherovski se puso de pie.

— Vamos a mi habitación — dijo.

Pasaron al estudio. Viecherovski se sentó a su escritorio, desnudo aparte de un papel que había en el medio, tomó de un cajón una guía telefónica, oprimió un botón, leyó la página y disco el número.

— El Investigador Superior Zíkin, por favor — dijo con tono seco, brusco—. Quiero decir Zíkov, Igor Petróvich. ¿Está en una misión? Gracias. — Colgó—. El investigador superior Zíkov está en misión — dijo a Maliánov.

— Está bebiendo mi coñac con algunas chicas, eso es lo que está haciendo — gruño Maliánov.

Viecherovski se mordió el labio.

— Eso no interesa. ¡Lo que importa es que existe!

—¡Es claro que existe! Me mostró sus documentos. ¿Por qué, creías que eran malhechores?

— Lo dudo.

— Eso es lo que pensé yo también. Armar toda esa historia nada más que por una botella de coñac, y al lado mismo de un departamento sellado…

Viecherovski asintió.

— Y tú dices… ¡la función de Hartwig! ¿Cómo puedo trabajar en un momento así? Están pasando demasiadas cosas.

Viecherovski lo miró con atención.

— Dmitri — dijo—. ¿No te sorprendió que Snegovoi se interesara por tu trabajo?

—¡Y cómo! Antes, nunca habíamos hablado de eso.

—¿Y qué le dijiste?

— Bien, en términos muy generales… en rigor, no pidió detalles.

—¿Y que dijo?

— Nada. Creo que se desilusionó. Dijo: «Donde está la hacienda y donde está el agua».

—¿Qué?

— «Donde está la hacienda y dónde está el agua.»

—¿Y qué se supone que significa eso?

— Es una referencia literaria… ¿Sabes? como decir que es algo traído de los cabellos.

— Ahá. —Viecherovski parpadeó con sus pestañas bovinas, y luego tomó de un alféizar un cenicero prístino, chispeante, y una pipa y tabaquera, y comenzó a llenar la pipa—. Ahá… «Donde está la hacienda y dónde está el agua»… Eso me gusta. Tendré que recordarlo.

Maliánov esperó con impaciencia. Tenía una gran confianza en él. Viecherovski era dueño de un cerebro totalmente inhumano. Maliánov no conocía a ningún otro que pudiera presentar conclusiones tan inesperadas.

—¿Bien? — preguntó al cabo.

Viecherovski había llenado su pipa y ahora la fumaba con lentitud, y la saboreaba. La pipa hacía ruiditos gorgoteantes. Mientras inhalaba, Viecherovski dijo:

— Dmitri… pf-pf-pf… ¿cuánto avanzaste desde el jueves? Creo que el jueves… pf-pf-pf… fue la última vez que hablamos.

—¿Qué importancia tiene? — inquirió Maliánov, disgustado—. Ahora no tengo tiempo para eso.

Viecherovski dejó que las palabras pasaran de largo. Siguió mirando a Maliánov con sus ojos rojizos, y chupando la pipa. Así era Viecherovski. Hizo una pregunta, y ahora esperaba la respuesta. Maliánov cedió. Creía que Viecherovski sabía mejor que él qué era importante y qué no lo era.

— Avancé muchísimo — dijo, y describió cómo había reformulado el problema, para reducirlo a una ecuación en forma de un vector, y luego a una integral-diferencial; cómo empezó a tener una imagen física; cómo imaginó las cavidades M, y cómo, por fin, la noche anterior, entendió que debía usar las transformaciones de Hartwig.

Viecherovski escuchó con atención, sin interrumpir ni hacer preguntas, y una sola vez, cuando Maliánov se arrebató, y tomó el papel y trató de escribir en él, lo detuvo y le dijo:

— Con palabras, con palabras.

— Pero no tuve tiempo para hacer nada al respecto — terminó Maliánov, triste—. Porque primero empezaron los estúpidos llamados telefónicos, y después vino el tipo de la tienda. — Pero no tuvo tiempo para hablar a Viecherovski de eso, porque recordó algo más.

— Escucha — dijo, excitándose—, me había olvidado por completo. Weingarten, cuando llamó ayer, quiso saber si conocía a Snegovoi.

—¿Sí?

— Sí. Y le dije que si.

—¿Y qué dijo él?

— Y dijo que él no lo conocía. Pero no se trata de eso. ¿Qué te parece, es una coincidencia? ¿O qué? Es una extraña coincidencia.

Viecherovski no dijo nada, siguió fumando la pipa. Después volvió a sus preguntas. ¿Cómo era el asunto de los comestibles? Más detalles. ¿Qué aspecto tenía el sujeto? ¿Qué dijo? ¿Qué llevó? ¿Qué queda de la entrega? El monótono interrogatorio deprimió por completo a Maliánov, porque no entendía que tenía que ver nada de eso con su mala suerte. Por último Viecherovski calló y hurgó en su pipa. Maliánov, esperó, y comenzó a imaginar que cuatro hombres irían a buscarlo, todos con anteojos para el sol, y que registrarían el departamento, arrancarían el empapelado y querrían saber si había tenido relaciones con Lídochka, y no le creerían, y al cabo se lo llevarían.

—¿Qué será de mí?

Viecherovski respondió.

—¿Quién sabe qué nos espera? ¿Quién sabe qué sucederá? Los fuertes serán, y los pillastres serán. Y vendrá la muerte y te sentenciará a muerte. No persigas el futuro…

Maliánov se dio cuenta de que eso era poesía solo porque Viecherovski cayó en risotadas contenidas que pasaban por ser una risa satisfecha. Es probable que ese fuese el ruido que harían los marcianos de H.G. Wells cuando bebiesen sangre humana. Viecherovski reía de ese modo porque le agradaba el poema que acababa de leer. Cualquiera creería que el placer que encontraba en la poesía era puramente físico.

— Vete al demonio — dijo Maliánov.

Y eso provocó una segunda tirada… esta vez en prosa.

— Cuando me siento mal, trabajo — dijo Viecherovski—. Cuando estoy deprimido, cuando tengo problemas, cuando estoy aburrido de la vida, me siento a mi trabajo. Es probable que existan otras recetas, pero no las conozco. O no funcionan en mi caso. ¿Quieres mi consejo? Aquí lo tienes: vé a trabajar. Gracias a Dios que la gente como tú o como yo sólo necesitamos un poco de papel y un lápiz para trabajar.

Pero para Maliánov no era tan sencillo. Sólo podía trabajar cuando sentía el corazón ligero y nada pesaba sobre él.

— Bonita ayuda eres — dijo—. Déjame llamar a Weingarten. Todavía me intriga que haya preguntado por Snegovoi.

— Es claro — dijo Viecherovski—. Pero si no te molesta llévate el aparato a la otra habitación.

Maliánov tomó el teléfono y arrastró el cable al cuarto contiguo.

— Si quieres, quédate aquí —le gritó Viecherovski—. Tengo papel, y te daré un lápiz.

— Muy bien, veremos.

Ahora Weingarten no contestaba. Maliánov dejó que el timbre sonara diez veces, y luego disco otra vez y lo dejó sonar diez más. ¿Qué debía hacer ahora? Es claro que podía quedarse allí. Reinaba el fresco, y había silencio. Todos los cuartos tenían aire acondicionado. No escuchaba los camiones ni el chirrido de los frenos, porque el departamento daba al patio. Y entonces se dio cuenta de que no era ese el problema. Sencillamente, tenía miedo de volver a su departamento. ¡Eso fue el colmo! Quiero mi casa más que a ninguna otra en el mundo, ¿y ahora temo volver a ella? Oh, no. No me harán hacer eso. Lo siento, pero no hay caso.

Maliánov tomó el teléfono con firmeza y lo llevó de vuelta. Viecherovsky se encontraba sentado, mirando el papel, tamborileando en él con su costosa estilográfica. La página estaba cubierta a medias de símbolos que Maliánov no pudo entender.

— Me voy, Fil — dijo.

Viecherovski lo miró.

— Es claro. Tengo que dirigir un examen mañana, pero hoy estaré en casa todo el día. Llámame o pasa por aquí.

— Muy bien.

Bajó con lentitud, no había prisa. Prepararé una taza de té fuerte, me sentaré en la cocina; Kaliam trepará a mi regazo. Lo acariciaré, sorberé mi té y trataré de desenmarañar esto con calma y sin nervios. Lástima que no tengamos un aparato de TV; sería bueno pasar la noche delante del aparato, viendo algo superficial, como una comedia o un poco de fútbol. Jugaré un solitario; hace siglos que no hago uno.

10

Llegó a su rellano, encontró las llaves, dio la vuelta y se detuvo. El corazón se le había hundido hasta las vecindades del estómago, y palpitaba lenta y rítmicamente, como un martillo-pilón. La puerta de su departamento se encontraba abierta.

Se acercó de puntillas y escuchó. Había alguien en el departamento. Oyó la voz desconocida de un hombre, y una respuesta en la voz desconocida de un niño…

—¿Quién mencionó su nombre? — preguntó Maliánov con un presentimiento.

— Tengo que hacer pis — anunció el chico, con claros tonos de campana.

Todos lo miraron. El los examinó, uno por uno, bajó del taburete y dijo a Zájar:

— Vamos.

Zájar lanzó una sonrisa tímida, dijo «Bueno, vamos», y desaparecieron detrás de la puerta del cuarto de baño. Expulsaron a Kaliam del asiento del inodoro.

—¿Quién mencionó mi nombre? — preguntó Maliánov a Weingarten—. ¿Qué significa todo esto?

Weingarten, con la cabeza gacha, escuchaba lo que sucedía en el excusado.

— Viejo, Gúbar está atrapado de veras — dijo, con una especie de triste satisfacción—. ¡Atrapado de verdad!

Algo se agitó con lentitud en el cerebro de Maliánov.

—¿Gúbar?

— Sí. Zájar Gúbar. ¿Sabes? inclusive el hecho de hacerlo bailar a uno al compás que le toquen…

Maliánov recordó.

—¿El está en cohetería?

—¿Quién? ¿Zájar? — Weingarten se sorprendió—. No, lo dudo. Es un artífice de. primera. Fabrica pulgas que funcionan por computadora. Pero ese no es el problema. El problema es que se trata de un hombre que encara sus deseos con cuidado y minuciosidad. Esas son sus palabras. Y amigo mío, es la pura verdad.

El chico regresó a la cocina y trepó de nuevo al taburete. Zájar entró tras él.

— Zájar, ¿sabes? acabo de recordar. Snegovoi preguntó por ti.

Y Maliánov vio por primera vez cómo palidece una persona ante su vista. Cómo se vuelve blanca como el papel.

—¿Por mí? —preguntó Zájar.

— Sí. Ayer por la noche. — Maliánov no esperaba una reacción así.

—¿Tú lo conocías? — preguntó Weingarten, con suavidad, a Zájar.

Este meneó la cabeza en silencio, buscó un cigarrillo, dejó caer la mitad del atado en el suelo y se puso a recogerlos de prisa. Weingarten graznó:

— Bien amigos, esto es algo que necesita… — y sirvió un poco de vodka. Y el chico habló.

—¡Gran cosa! Eso no significa nada en sí mismo.

Maliánov volvió a estremecerse, y Zájar se incorporó y miró al chico con algo que parecía esperanza.

— Es una simple coincidencia — continuó el niño—. Miren en la guía telefónica, figuran por lo menos ocho Gúbar.

EXTRACTO 11…Maliánov lo conocía desde el sexto grado. Se hicieron amigos en el séptimo y compartieron un pupitre a todo lo largo de la escuela. Weingarten no cambió con los años, sólo se hizo más grande. Era siempre alegre, gordo, carnívoro, y siempre coleccionaba alguna cosa: sellos, monedas, rótulos de botellas. Una vez — eso fue cuando yo era un biólogo— decidió coleccionar excrementos porque Zhenka Sídortsev trajo consigo excrementos de ballena del Antártico y Sania Zhitniuk le llevó unos excrementos humanos de Penzhekent, no comunes, por supuesto, sino fósiles, del siglo IX. Siempre molestaba a sus amigos para que le mostrasen el cambio que llevaban encima… buscaba determinada moneda de cobre. Y siempre le arrebataba a uno la correspondencia o le mendigaba los sobres sellados.

Y a pesar de todo conocía su trabajo. Había sido jefe de departamento en su instituto durante mucho tiempo, era miembro de veintitantas comisiones, soviéticas e internacionales, siempre viajaba al exterior, a todo tipo de congresos, y estaba a punto de conseguir un nombramiento de profesor pleno. De entre todos sus amigos, estimaba a Viecherovski más que a ninguno, porque Viecherovski era un premio Nobel, y Val soñaba con llegar a serlo a su vez. Debe de haberle contado cien veces a Maliánov cómo se pondría la medalla y la usaría para acudir a una cita. Siempre fue un alborotador. Era un brillante narrador, y los sucesos más triviales y aburridos se convertían, cuando él los relataba, en dramas de Graham Greene o Le Carré. Pero por extraño que parezca, mentía muy pocas veces, y se mostraba horriblemente turbado cuando lo pescaban en un embuste. Por algún motivo desconocido, Irina no lo apreciaba. Maliánov sospechaba que en sus primeros años, antes del nacimiento de Bóbchik, Weingarten le hizo una insinuación e Irina lo rechazó. Weingarten era un maestro para entablar relaciones con las mujeres, y no porque fuese un maniático del sexo, ni un degenerado… No, era jubiloso, enérgico, y estaba siempre tan preparado para la derrota como para la victoria. Todas las citas eran una aventura, fuese cual fuere el resultado. Su esposa, Sveta, una mujer increíblemente hermosa, pero víctima de depresiones, había aceptado hacía tiempo su carácter mujeriego, en especial porque él la quería hasta la chochera y siempre se metía en riñas, en público, por causa de ella. Le gustaban las pendencias en general… entrar en un restaurante con él era un acto masoquista. En una palabra, hacía una vida tranquila, dichosa y exitosa, sin grandes conmociones.

Resulta que comenzaron a sucederle cosas extrañas, cuando la serie de experimentos iniciados el año anterior empezaron a dar de pronto resultados en todo sentido inesperados, y hasta sensacionales. («Ustedes amigos, no podrían entenderlo, tiene que ver con la trascriptasa inversa… es una polimerasa ADN, dependiente del ARN, una enzima que entra en la formación de los oncornovirus, y eso, puedo asegurarles, amigos, me huele a premio Nobel.») En sus laboratorios, sólo Weingarten apreciaba esos resultados. A la mayoría, como sucede por lo común, le importaban un bledo, y otros individuos con talento creador decidían que la serié de pruebas era un fracaso. Como era verano, todos se morían por salir de vacaciones. Weingarten no firmaba los papeles de licencia de nadie. Hubo un gran alboroto… sentimientos heridos, comisión local de quejas, la reunión de la dirección del partido. Y en el calor de la batalla, en una de las audiencias, Weingarten fue informado semioficialmente de que existía un plan para nombrar al camarada Valentín Andréievich Weingarten director del más nuevo y supermoderno centro biológico que entonces se construía en Dobroliúbov.

Esta información le dio vértigos al camarada Weingarten, pero de todos modos se dio cuenta de que el puesto de director era, ante todo, un pájaro volando, y cuando se convirtiese en pájaro en mano — si se convertía—, sacaría, en segundo lugar, a V.A. Weingarten del trabajo creador en el laboratorio, al menos por un año y medio, y tal vez dos. Y entretanto el premio Nobel era el premio Nobel, amigos.

Por consiguiente, Weingarten sólo prometió pensarlo, y volvió a su laboratorio y a su misteriosa trascriptasa inversa y a sus interminables embrollos. Dos días más tarde fue llamado al despacho del académico en jefe, e interrogado acerca de su proyecto del momento. («Mantuve los labios sellados, amigos, me dominé muy bien.») Se sugirió que abandonara esas dudosas tonterías y encarase el problema tal y cual, que era de gran importancia económica, y por lo tanto prometía grandes compensaciones materiales y espirituales por las cuales el académico en jefe estaba dispuesto a apostar la cabeza.

Anonadado ante esos panoramas que de pronto se abrían ante él, sin motivo alguno, Weingarten cometió el error de jactarse de ellos en su casa, y no sólo en su casa, sino ante su suegra, a quien llama Capi porque en realidad es capitana de segunda clase, retirada. Y el cielo se ensombreció sobre su cabeza. («Amigos, desde esa noche mi casa se convirtió en un aserradero. Me aserraban de noche y de día, exigían que aceptara en el acto, y que además aceptase los dos ofrecimientos.»)

Entretanto, el laboratorio, a pesar del alboroto del momento, continuaba produciendo gran cantidad de resultados, uno más sorprendente que el otro. Entonces murió su tía, parienta lejana por parte de su padre, y mientras solucionaba el asunto de la herencia, Weingarten descubrió en el desván de la casa de ella, en Kavkolova, un arcón repleto de monedas soviéticas fuera de circulación desde 1961. Hay que conocer a Weingarten para creerlo, pero en cuanto descubrió el arcón perdió el interés por todo lo demás, incluido su languideciente premio Nobel. Se encerró en su casa, y se pasó cuatro días enteros estudiando el contenido del cofre, sordo a los llamados telefónicos del instituto y a los regañones discursos de su suegra. En el arcón encontró piezas fantásticas. ¡Ah, qué lujo! Pero no se trataba de eso.

12

Cuando terminó con el arcón y volvió al trabajo, se enteró de que su descubrimiento, por decirlo así, había sido descubierto. Es claro que todavía quedaban muchas cosas obscuras, y que era preciso reducir todo a fórmulas — trabajo nada fácil, de pasada—, pero no cabían dudas: había hecho su descubrimiento. Weingarten se puso a trabajar como una ardilla en la rueda giratoria. Puso fin a todas las pendencias en el laboratorio. («Amigos, ¡los mandé a todos al demonio, en sus vacaciones!»), en veinticuatro horas trasladó a Capi y a las chicas al campo, canceló todas sus entrevistas y se acomodó en su casa, con vistas a dar los toques finales, cuando llegó el día de anteayer.

Anteayer, cuando Weingarten se disponía a trabajar, apareció en el departamento el pelirrojo… un tipo bajo, rojizo, de rostro muy pálido, embutido en una antigua chaqueta negra de corte y estilo antiguos. Salió del cuarto de los chicos, y mientras Val lo miraba boquiabierto, en silencio, se sentó en el borde del escritorio y empezó a hablar. Sin preámbulos, anunció que una civilización extraterrestre venía vigilándolo a él, a V.A. Weingarten, desde hacía bastante tiempo, siguiendo con atención y ansiedad su trabajo científico. Que los últimos trabajos del mencionado V.A. Weingarten les provocaban mucha ansiedad. Que él, el pelirrojo, estaba autorizado para pedir a V. A. Weingarten que abandonase en el acto el proyecto y destruyera todos los papeles relacionados con él.

No hace falta en absoluto que sepa por qué y cómo exigimos eso, dijo el pelirrojo. Es preciso informarle que probamos otros medios, para hacer que pareciese en todo sentido natural. No debe formarse la impresión de que el puesto de director que se le ofreció, el nuevo proyecto, el descubrimiento de las monedas o inclusive el incidente de las vacaciones en los laboratorios fueron puramente accidentales. Tratamos de detenerlo. Pero como sólo nos fue posible demorarlo, y no por mucho tiempo, nos vemos obligados a embarcarnos en una medida extrema, como lo es la de visitarlo. Y también debe saber que todos los ofrecimientos que se le hicieron eran y siguen siendo válidos, y que todavía puede aceptarlos, si se satisfacen nuestros pedidos. Y si está de acuerdo, nos encontramos dispuestos a ayudar a complacer sus pequeños y muy comprensibles deseos, que son el producto de su naturaleza humana. Como símbolo de esa promesa, permítame entregarle este regalito.

Y con estas palabras el pelirrojo sacó del aire un paquete y lo arrojó en el escritorio, delante de Weingarten. Resultó que contenía maravillosos sellos, cuyo valor ni siquiera podría imaginar quien no fuese un filatelista profesional.

Weingarten, continuó el pelirrojo, no debía pensar que fuese el único terráqueo vigilado por la supercivilización. Había por lo menos tres personas, entre los amigos de Weingarten, cuyos trabajos estaban a punto de ser cortados en capullo. El, el pelirrojo, podía enunciar nombres tales como Dmitri Alexéievich Maliánov, astrónomo; Zájar Zájarovich Gúbar, ingeniero, y Arnóld Pávlovich Snegovoi, físico. Le daban a V.A. Weingarten tres días, a partir de ese momento mismo, para pensarlo, después de lo cual la supercivilización consideraría que tenía derecho a emplear las un tanto severas «medidas de tercer grado».

— Mientras me decía todo eso — dijo Weingarten—, amigos, lo único que yo pensaba era cómo se había metido en el departamento sin una llave. En especial visto que yo tenía la puerta con cerrojo. ¿Era posible que fuese un ladrón que se había introducido hacía tiempo, y que se aburrió de estar oculto debajo de la cama? Bien, ya le enseñaré, pensé. Pero mientras pensaba todo eso, el pelirrojo terminó su discursito. — Weingarten hizo una pausa efectista.

— Y salió volando por la ventana — dijo Maliánov, haciendo rechinar los dientes.

—¡Esto para tu vuelo por la ventana! — Weingarten, sin turbarse por la presencia del chico, hizo un ademán elocuente—. ¡Sencillamente desapareció!

— Val — dijo Maliánov.

—¡Te lo estoy diciendo, amigo! Estaba sentado delante de mí, en el escritorio. Y yo me encontraba a punto de dársela en la trompa, sin siquiera ponerme de pie… ¡cuando de pronto desapareció! Como en las películas, ¿sabes?

Weingarten se apoderó del último trozo de esturión y se lo metió en la boca.

—¿Moam? — dijo—. ¿Moam muam? — Tragó con dificultad y parpadeando, con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió—: Ahora estoy un poco más tranquilo, amigos, pero entonces, déjenme que les diga, me apoyé en el respaldo de la silla, cerré los ojos y recordé las palabras de él; todo temblaba y se estremecía en mí, como la cola de un cerdo. Pensé que me moriría allí mismo. Nunca me había ocurrido nada parecido. No sé cómo, llegué hasta la habitación de mi suegra, tomé las gotas de valeriana de ella… no me sirvió de nada. Y entonces vi que tenía comprimidos de bromuro, y también tomé de ésos.

EXTRACTO 12…falsificados — dijo Maliánov por último. Despectivo, Weingarten no respondió—. Bueno, flamantes, entonces.

— Estúpido — ladró Weingarten, y guardó el álbum. Maliánov no encontró réplica ninguna. Si todo eso hubiese sido una mentira, o aun la verdad simple, antes que la horrible verdad, Weingarten lo habría hecho al revés. Habría mostrado primero los sellos, y luego inventado y ofrecido la fantástica historia, más o menos veraz, relacionada con ellos.

— Bien, ¿y qué hacemos ahora? — preguntó Maliánov, sintiendo que el corazón volvía a hundírsele en alguna parte.

Nadie contestó. Weingarten se sirvió otra copa, la bebió y comió el último arrollado de arenque. Gúbar miraba, indiferente, mientras su extraño hijo jugaba con las copas; se lo veía concentrado, con el rostro serio y pálido. Después Weingarten retomó el relato, esa vez sin bromas, como si estuviese demasiado cansado para ellas. Cómo llamó a Gúbar y Gúbar no atendió; cómo llamó a Maliánov y descubrió que Snegovoi existía; cuánto se asustó cuando Maliánov fue a dejar entrar a Lídochka y no regresó al teléfono durante tanto tiempo; cómo no durmió toda la noche, y se paseó por la habitación, pensando, pensando, pensando, tomando bromuro y pensando un poco más; y cómo llamó a Maliánov esa mañana y se dio cuenta de que también se habían puesto en contacto con él, y luego llegó Gúbar… con sus propios problemas.

Consideraba que los disgustos provocados por los desconocidos del espacio comenzaron con la aparición de un repulsivo prurito en sus pies. Corrió a consultar a un médico en cuanto vio el salpullido, porque siempre cuidaba su salud. El médico lo tranquilizó, le dio unas píldoras, y la erupción desapareció. Pero entonces vino la invasión de mujeres. Llegaron en manadas… todas las mujeres con quienes alguna vez estuvo relacionado. Rondaban por su departamento de a dos y en tercetos; un espantoso día hubo cinco mujeres en su departamento al mismo tiempo. Y sencillamente no entendía qué querían de él. Lo injuriaban; se le arrojaban a los pies; le suplicaban quién sabe qué; reñían entre sí como gatas; le rompían todos los platos, destrozaron el tazón de agua azul, japonés, y le arruinaron los muebles. Tenían accesos de histeria; trataban de envenenarse, algunas amenazaron con envenenarlo a él, y eran inagotables y sumamente exigentes en lo referente a hacer el amor. Y muchas de ellas estaban casadas desde hacía tiempo, amaban a sus esposos e hijos, y los esposos también fueron al departamento de Gúbar y se comportaron en forma extraña. (En esta parte de la narración, Gúbar masculló más que nunca).

En una palabra, su vida se convirtió en un infierno; tenía una erupción en todo el cuerpo; ya ni se hablaba de trabajar, y tuvo que pedir licencia sin sueldo, aunque estaba muy endeudado. (Al principio buscó refugio, contra la embestida, en el instituto, pero muy pronto se dio cuenta de que ello sólo haría que sus problemas personales surgieran a la luz en público. Esta parte también la masculló).

Ese infierno duró diez días, sin tregua, y terminó de pronto, la antevíspera. Acababa de entregar la última de las mujeres a su esposo, un torvo sargento de policía, cuando apareció una mujer con un chico. Recordaba a la mujer. La había conocido seis años antes. Se encontraban en un ómnibus atestado, apretujados el uno contra el otro. El la miró, y le gustó lo que vio. Perdón, le dijo, ¿no tendría un trozo de papel y un lápiz? Sí, aquí tiene, repuso ella, sacando del bolso los artículos pedidos. Muchas gracias, dijo él, y ahora escriba, por favor, su nombre y número de teléfono. Pasaron unos días maravillosos en la costa de Riga, y se separaron en forma imperceptible… en apariencia para no volver a encontrarse más, y sin ataduras.

Y ahora aparecía en su umbral, con el chico, y decía que éste era hijo de él. Hacía tres años que estaba casada con un hombre muy bueno y muy famoso, a quien amaba y respetaba profundamente. No pudo explicar a Gúbar por qué había ido. Lloró cada vez que él trató de averiguarlo. Se retorció las manos, y se veía a las claras que sentía que su conducta era inmoral y criminal. Pero no se iba. Los días que pasó en el destrozado departamento de Gúbar fueron la peor parte de la pesadilla. Se comportaba como una sonámbula, hablaba todo el tiempo. Gúbar entendía las palabras, pero no le resultaba posible encontrarles sentido. Y el día anterior, por la mañana, la mujer despertó. Sacó a Gúbar de la cama, lo llevó al cuarto de baño, abrió al máximo las llaves del agua y susurró una historia absolutamente increíble al oído de Gúbar.

Según ella (en interpretación de Gúbar), aparentemente existía, desde tiempos antiguos, esa secreta y semimística Unión de los Nueve en la tierra. Eran sabios monstruosamente sigilosos, de muy larga vida o inmortales, a quienes sólo les preocupaban dos cosas: primero, reunir y dominar todos los logros de cada una de las ramas de la ciencia, y segundo, asegurarse de que ninguno de los nuevos avances científico-tecnológicos fuesen empleados por la gente para su propia destrucción. Esos sabios eran casi omnisapientes, y casi todopoderosos. Resultaba imposible ocultarse de ellos, y de nada valía luchar contra ellos. Y ahora esa Unión de los Nueve la emprendía con Zájar Gúbar. Por qué con él… ella no lo sabía. Tampoco sabía qué debía hacer Gúbar ahora. Eso tendría que decidirlo él. Ella sólo sabía que todos sus sinsabores recientes representaban una advertencia. No sabía quién había dado la orden. En verdad, no sabía nada más. Ni quería saberlo. Sólo deseaba tener la certeza de que nada malo le ocurriera al chico. Rogó a Gúbar que no se resistiese, y que pensara veinte veces antes de tomar alguna medida. Y ahora debía irse.

Llorando, con el rostro hundido en el pañuelo, se fue. Y Gúbar quedó con el chico. No quiso decir qué sucedió entre ellos hasta las tres de la tarde. Pero algo ocurrió.

(El chico hizo una breve declaración al respecto: «Le expliqué las cosas, eso es todo»). A las tres, Gúbar ya no pudo aguantar más, y corrió a ver a Weingarten, su amigo íntimo.

— Todavía no entiendo nada — terminó—. Escuché a Val y te escuche a ti, Dmitri. Sigo sin entender. ¿No será el calor? Dicen que hace ciento cincuenta años que no tenemos tanto calor. Y nos hemos enloquecido, cada uno a su manera.

— Espera un momento, Zájar — dijo Weingarten, ceñudo—. Eres una persona estable, así que por el momento no empieces con las hipótesis.

—¡Qué hipótesis! — exclamó Gúbar, desdichado—. Me resulta claro, sin hipótesis, que aquí no encontraremos nada. Tenemos que informar de esto en el lugar adecuado, eso es lo que yo digo.

Weingarten le lanzó una mirada aplastante.

—¿Y dónde propones que informemos de esto?

—¿Qué se yo? Tiene que haber alguna organización. Algún organismo local.

El chico rió entre dientes, y Gúbar se calló. Maliánov imaginó a Weingarten informando en el organismo competente, trasmitiendo al interesado investigador su fábula sobre el enano pelirrojo de ceñido traje negro. Gúbar parecía un tanto raro en la misma situación. Y en cuanto al propio Maliánov…

— Bien, hermanos, ustedes hagan lo que quieran, pero la estación de policía no es el lugar para mí. Un hombre murió en extrañas circunstancias al otro lado del corredor, y yo fui el último que lo vio con vida. Y no tiene sentido que me vaya, tengo la sensación de que vendrán a buscarme.

En el acto, Weingarten le sirvió una copa de coñac, y Maliánov la bebió de un trago, sin siquiera saborearla. Weingarten dijo con un suspiro:

— Sí, amigos. No hay nadie con quien consultar. Una palabra, y nos meterán en el loquero. Tendremos que arreglárnoslas nosotros mismos. Adelante, Dmitri, habla. Tú tienes una cabeza clara. Vamos, piensa.

Maliánov se frotó la frente.

— En verdad tengo la cabeza rellena — repuso—. No puedo decir nada. Todo esto es una pesadilla. Entiendo una cosa: a ustedes se les dijo que dejaran el trabajo. A mí no me dijeron nada, pero mi vida fue convertida en un…

—¡Correcto! — interrumpió Weingarten—. Hecho número uno: a alguien no le gusta nuestro trabajo. Pregunta: ¿a quién? Observen: un desconocido viene a verme. — Weingarten contó los datos con los dedos—. Un agente de la Unión de los Nueve va a ver a Zájar. De paso, ¿oyeron hablar de la Unión de los Nueve? Tengo el nombre en la cabeza, debo de haber leído algo, pero no recuerdo dónde. Nadie viene a verte a ti. Es decir, por supuesto que te visitan, pero son agentes disfrazados. ¿Cuál es la conclusión que se puede extraer aquí?

—¿Y bien? — preguntó Maliánov, lúgubre.

— La conclusión que se sigue es que no existen alienígenas ni ancianos sabios, sino otra cosa, una fuerza… y que nuestro trabajo le molesta.

— Eso es una tontería — dijo Maliánov—. Delirio. Basura. Piensa un poco. Yo trabajaba en las estrellas, en la nube de polvo gaseoso. Tú tienes esa revertasa. Y Zájar está en verdad en otro campo… en la electrónica aplicada. — De pronto recordó—. Snegovoi también había hablado de eso ¿Saben que dijo? Dijo: «Mira donde está la hacienda y donde está el agua». Acabo de entender qué quiso decir con eso. El pobre también se devanaba los sesos con ese asunto. ¿O tal vez creen que aquí hay tres poderes distintos en funcionamiento? — inquirió con tono ácido.

—¡No, amigo, espera un momento! — insistió Weingarten—. No tan de prisa.

14

Parecía como si lo hubiese analizado hacía tiempo, y fuera a aclararlo todo, enseguida, siempre que, por supuesto, dejaran de interrumpirlo y le permitiesen hablar. Pero no aclaró nada… Calló y miró el frasco vacío de los arenques.

Todos guardaron silencio. Luego Gúbar habló con suavidad.

— No hago más que pensar en Snegovoi. Quiero decir… es probable que también a él le hayan ordenado dejar su trabajo… ¿y cómo podía hacerlo? Era un militar… Su trabajo era…

—¡Tengo que hacer pis! — anunció el chico, y cuando Gúbar suspiró y lo llevó al excusado, agregó en voz alta—. ¡Y también lo otro!

— No, amigo, no te precipites — volvió a decir Weingarten—. Imagina por un segundo que existe sobre la tierra un grupo de criaturas lo bastante poderosas para hacernos estas bromas. Digamos que es la Unión de los Nueve. ¿Qué les importa a ellos? Poner fin a ciertos trabajos en cierto campo, que lleva a ciertas metas. ¿Cómo lo sabes? Tal vez haya en Leningrado otras cien personas que se están volviendo locas como nosotros. Y como nosotros, temen admitirlo. Algunas tienen miedo, y otras turbación. ¡Y hasta es posible que algunas se sientan felices! Están haciendo atrayentes ofrecimientos, ¿sabes?

— A mí no me hicieron ofrecimientos atrayentes — dijo Maliánov, melancólico.

—¡Y eso también es intencional! Eres un babieca, no te interesa el dinero. Ni siquiera sabes cómo sobornar a la persona que corresponde en el momento oportuno. Todo el mundo es un enorme obstáculo para ti. Todas las mesas están reservadas en un restaurante, y eso es un obstáculo. Hay una cola para conseguir entradas, y eso es un obstáculo. Alguien tiene ciertos tratos con tu esposa y…

—¡Está bien! ¡Basta! No necesito una disertación.

— No. Tranquilízate, amigo. Es una suposición muy posible. Y significa, es claro, que son enormes, fantásticamente poderosos… pero maldito sea, la hipnosis y la sugestión existen, ¡e inclusive, hasta la sugestión telepática! No amigo, imagina: hay una raza, una raza antigua, sabia, y quizá ni siquiera humana… nuestros competidores. Han estado esperando con paciencia, reuniendo datos, preparándose. Y ahora deciden asestar el coup de grace. Y fíjate: no en guerra franca, sino de modo mucho más inteligente. Se dan cuenta de que crear montañas de cadáveres es inútil, bárbaro y peligroso también para ellos. Y entonces resuelven actuar con cuidado, con un escalpelo, en el sistema nervioso central, el cimiento de todos los cimientos, la investigación más promisoria. ¿Entiendes?

Maliánov lo escuchó y no lo escuchó. Una sensación desagradable le subía por la garganta. Quería cerrar los oídos, irse, acostarse, tenderse, ocultar la cabeza bajo una almohada. Era el miedo.

Y no el miedo común y corriente, sino el Miedo Negro. Vete de aquí. Corre para salvar la vida. Déjalo todo, escóndete, entiérrate, ahógate. Eh, tú, se gritó a sí mismo. ¡Despierta, idiota! No puedes hacer eso, morirás. Y habló con cierto esfuerzo.

— Lo entiendo, pero es una tontería.

—¿Por qué?

— Porque es un cuento de hadas. — Se le puso ronca la voz, y tosió—. Para lectores jóvenes. ¿Por qué no lo escribes y lo llevas a Publicaciones Fogata? Asegúrate de que el pionero Vasia destruya a la pandilla maligna, al final, y salve al mundo.

— Muy bien — dijo Weingarten con serenidad—. ¿Esas cosas nos sucedieron?

— Bueno, sí.

—¿Los sucesos fueron fantásticos?

— Bien, digamos que lo fueron.

— Y entonces, amigo, ¿cómo esperas explicar acontecimientos fantásticos sin hipótesis fantásticas?

— No sé nada de eso — replicó Maliánov—. Ustedes dos tuvieron sucesos fantásticos. Y tal vez estuvieron bebiendo como locos durante las dos últimas semanas. A mí no me ocurrió nada fantástico. Yo no bebo.

El rostro de Weingarten se puso rojo como una remolacha, y golpeó en la mesa con el puño y gritó:

—¡Maldición, tienes que creernos, si no nos creemos unos a otros, maldición, todo se irá al demonio! ¡Tal vez esos canallas cuentan con eso, maldición! Que no nos creamos unos a otros, que terminemos aislados, cada uno para ser manipulado como se les ocurra.

Gritaba y bramaba con tanta furia, que Maliánov se amedrentó.

Y hasta se olvidó del Miedo Negro.

— Bueno, muy bien — dijo—, vamos, basta, no te pongas histérico. Fue un error de mi parte, lo siento, lo siento, no lo dije en serio. — Gúbar regresó del excusado y los miró, aterrorizado.

Terminados sus gritos, Weingarten se levantó de un salto, tomó de la refrigeradora una botella de agua mineral, le arrancó con los dientes la tapa de plástico y bebió de la botella. El agua carbonatada le corrió por las velludas mejillas gordas, y en el acto apareció en forma de sudor en su frente y en sus peludos hombros desnudos.

— Quiero decir que lo que en verdad pensaba — dijo Maliánov, apaciguador— es que no me gusta que las cosas imposibles se expliquen por causas imposibles. ¿Sabes? la navaja de Occam. De lo contrario te sale Dios sabe qué.

— Bien, ¿y qué sugieres? — interrogó Weingarten, aplacado, metiendo bajo la mesa la botella vacía.

— No tengo sugestiones. Si las tuviera, te las diría. Mi cerebro ha quedado paralizado por el temor. Sólo que me parece que si en verdad son tan todopoderosos, habrían podido arreglar todo el asunto con mucha mayor sencillez.

—¿Cómo, por ejemplo?

— Oh, no sé. Bien, habrían podido envenenarte con conservas podridas. Y a Zájar… una descarga de mil voltios. Y de todos modos, ¿por qué molestarse siquiera con tanta matanza y terror? Y si son telépatas tan competentes, podrían hacernos olvidarlo todo, fuera de las matemáticas más sencillas. O crear un reflejo condicionado: en cuanto nos sentamos a trabajar, tenemos colitis, o influenza: nos chorrea la nariz, nos duele la cabeza. O eccema. Hay muchísimas cosas. En silencio, con tranquilidad; nadie se habría enterado.

Weingarten esperó a que terminase.

— Mira, Dmitri, tienes que entender una cosa…

Pero Zájar no lo dejó terminar.

—¡Un momento! — suplicó, extendiendo las manos como para empujar a Weingarten y Maliánov a sus respectivos rincones—. Déjenme hablar mientras puedo recordarlo. ¿Quieres esperar, Val, y dejarme hablar? Es sobre las jaquecas. Acabas de mencionarlas, Dmitri. ¿Saben? el año pasado me hospitalizaron.

Resultó que el año anterior estuvo en el hospital porque algo andaba mal en su sangre, y compartió una habitación con ese Vladen Semiónovich Glújov, un orientalista. Glújov estaba allí por problemas cardíacos, pero no se trataba de eso. Se trataba de que trabaron amistad, y que cuando salieron se encontraban de vez en cuando. Y dos meses atrás el mismo Glújov se quejó a Gúbar de que tenía ese enorme proyecto para el cual hacía diez años que reunía materiales, y que todo se iba al demonio por algo muy extraño que le sucedía. A saber: en cuanto se sentaba a escribir acerca de sus investigaciones, la cabeza le dolía espantosamente, hasta el punto de la náusea y de los accesos de desvanecimiento.

— Y sin embargo podía pensar libremente en su trabajo — continuó Zájar—, leer materiales e inclusive, creo, hablar de eso… aunque no estoy seguro, y no quiero mentirles. Pero no le era posible escribir. Y después de lo que dijiste tú, Dmitri…

—¿Conoces su dirección? — preguntó Weingarten.

— Sí.

—¿Tiene teléfono?

— Sí. Tengo su número.

— Adelante. Invítalo a venir. Es uno de los nuestros.

Maliánov se levantó de un salto.

—¡Vete al demonio! — gritó—. ¡Estás demente! No puedes hacer eso. Tal vez sea nada más que una cosa.

— Todos tenemos una cosa.

—¡Val, es un orientalista! ¡Un campo distinto por completo!

— Es el mismo, amigo, juro que es el mismo.

—¡No lo hagas! Zájar, siéntate, no le prestes atención. Está totalmente ebrio.

Resultaba horrible e imposible imaginar a un normal y total desconocido entrando en esa cocina calurosa, repleta de humo, para hundirse en la absoluta locura, terror y borrachera.

15

— Oigan, ¿por qué no hacemos esto? — insistió Maliánov—. ¿Por qué no llamamos a Viecherovski? Juro que será mucho mejor.

Weingarten no opuso objeciones.

— Muy bien — dijo—. Es una buena idea, llamar a Viecherovski. Viecherovski tiene una cabeza sobre los hombros. Zájar, ve a llamar a tu Glújov, y después llamaremos a Viecherovski.

Maliánov, desesperado, no quería a ningún Glújov. Rogó, suplicó, insistió en que estaba en su casa, y que los echaría a todos a puntapiés. Pero era inútil oponerse a Weingarten. Zájar salió a llamar a Glújov, y el chico se deslizó del taburete y lo siguió como una sombra.

Viecherovski esperó un rato, y luego, seguro de que Maliánov había dejado de hablar, prosiguió:

— Quisiera destacar lo siguiente. (Cuando el asunto se formula de esa manera, los problemas personales de uno pasan a segundo plano.) Hablamos del destino de la humanidad. Bien, tal vez no en el sentido fatal de la palabra, pero de todos modos, del destino de su dignidad. Así que ahora nuestra meta no consiste sólo en proteger tu revertasa, Val, sino el futuro de la biología de todo nuestro planeta. ¿O me equivoco?

Por primera vez en presencia de Viecherovski, Val se infló hasta sus proporciones habituales. Asintió con suma energía, pero dijo algo que Maliánov no esperaba. Dijo:

— Sí, así es. Todos entendemos que aquí no estamos hablando de nosotros nada más. Hablamos de cientos de proyectos de investigación. Quizá de miles. Qué digo… ¡del futuro de la investigación en general!

— Y bien — dijo Viecherovski con fuerza—, tenemos por delante una batalla. El arma de ellos es el secreto, por lo cual la nuestra será la publicidad. Lo primero que debemos hacer es contarlo todo a nuestros amigos que, por una parte, posean suficiente imaginación para creernos, y por otra, bastante autoridad para convencer a sus colegas que ocupan altos puestos en la ciencia. De ese modo entraremos en contacto con el gobierno en forma oblicua, y conseguiremos acceso a los medios de comunicación de masas. Entonces podremos informar a toda la humanidad, si es necesario. Lo primero que hicieron fue correctísimo. Recurrieron a mí. Por mi parte, trataré de convencer a varios matemáticos que al mismo tiempo son importantes administradores. Como es natural, empezaré por nuestra propia gente, y luego pasaré a los matemáticos extranjeros.

Estaba animado, erguido, y hablaba, hablaba, hablaba. Mencionó nombres, títulos, puestos; definió con claridad a quién debía ver Maliánov y a quién tenía que recurrir Weingarten. Cualquiera habría dicho que hacía días que planeaba eso. Pero cuanto más hablaba más deprimido se mostraba Maliánov. Y cuando Viecherovski, con una agitación en todo sentido indecente, pasó a la parte dos de su programa, la apoteosis — en que la humanidad, unida por la alarma general, combate contra el enemigo supercivilizado, cuerpo a cuerpo, en todo el planeta—, bien, Maliánov sintió que ya no podía mas, se levantó, fue a la cocina a preparar té fresco. Viecherovski, sí. Gran cerebro. El pobre tipo debe de estar aterrorizado también. Esta no es una simple discusión sobre telepatía. Pero la culpa es nuestra: Viecherovski esto, Viecherovski lo otro. Viecherovski es nada más que un tipo común. Un hombre listo, sí, una figura importante, pero no más que eso. Mientras se hable de abstracciones, es enorme, pero cuando se trata de la vida real… Le dolía que Viecherovski se hubiese puesto enseguida de parte de Val, y ni siquiera hubiese querido escucharlo. Maliánov tomó la tetera y regresó a la habitación.

Como es natural, Weingarten se dedicaba a aporrear a Viecherovski. Un respeto profundo es un respeto profundo, pero cuando un hombre vomita tonterías, de nada sirve el respeto. Tal vez Viecherovski cree que está tratando con idiotas absolutos. Quizá Viecherovski tiene guardados en alguna parte un par de académicos autorizados y débiles mentales que saludarán con entusiasmo esta noticia, luego de una o dos botellas. El, Weingarten, no tenía académicos como esos. El, Weingarten, tenía a su viejo amigo Dmitri Maliánov, de quien esperaba alguna simpatía definida, en especial porque Maliánov se encontraba en el mismo aprieto. ¿Y qué pasaba… acogía con entusiasmo su relato de congojas? ¿Con interés? ¿Con la menor simpatía? ¡Un cuerno! Lo primero que dijo fue que Weingarten mentía… y a su manera, Maliánov tiene razón. A Weingarten le aterroriza el pensar siquiera abordar a su jefe con una historia como ésa, aunque su jefe sea todavía un hombre joven, no esté osificado, y se muestre bien dispuesto hacia cierta noble locura en la ciencia. No conoce la situación de Viecherovski, pero él, Weingarten, no tiene la intención de pasarse el resto de sus días ni siquiera en el más lujoso de los loqueros.

—¡Los ordenanzas vendrán y nos llevarán a todos! — dijo Zájar, lastimero—. Eso está claro. Para ustedes estará bien, pero a mí me tildarán, además, de maniático sexual.

— Espera, Zájar — dijo Weingarten con irritación—. ¡No, Fil, no te reconozco! Supongamos que todo lo que decimos sobre instituciones para enfermos mentales es una exageración. ¡Aun así, eso será el final de nuestras carreras de científicos, inmediatamente! ¡Nuestra reputación quedará arruinada! Y además, maldito sea, aunque encontrásemos en la Academia una o dos almas que simpatizaran con nosotros, ¿cómo podrían ir al gobierno a llevarle estos desvaríos? ¿Quién querría correr ese riesgo? ¿Sabes el tipo de presión que sería necesario ejercer sobre un hombre para que se arriesgase a eso? Y por la humanidad, nuestros queridos cohabitantes del planeta Tierra… — Weingarten agitó la mano y miró a Maliánov con sus ojos color de oliva—. Sírveme un poco de té caliente — dijo—. Publicidad… la publicidad es un arma de doble filo, sabes. — Y comenzó a sorber su té, frotándose la nariz con el dorso del velludo brazo.

—¿Quién quiere un poco más? — preguntó Maliánov.

Trató de no mirar a Viecherovski. Sirvió té a Zájar, a Glújov. A sí mismo. Se sentó. Sentía mucha pena por Viecherovski, y la situación le resultaba incómoda. Val tenía razón: la reputación de un hombre de ciencia es una cosa frágil. Un solo discurso fallido, ¿y dónde queda tu reputación, Filíp Pávlovich Viecherovski?

Este se encontraba acurrucado en su silla, la cara entre las manos. Era insoportable.

— Sabes, Fil, es probable que tus sugestiones, tu plan de acción, sean correctos en teoría — dijo Maliánov—. Pero ahora no necesitamos teorías. Necesitamos un plan que pueda realizarse en circunstancias reales. Tú dices: una humanidad unida. ¿Sabes? es posible que tu plan pueda ejecutarlo alguna forma de vida, pero no la nuestra, no los terráqueos, quiero decir. Nuestra gente jamás creería en algo como eso. ¿Sabes cuándo creeremos en una supercivilización? Cuando esa supercivilización descienda a nuestro nivel y comience a rociarnos con bombas desde chirriantes naves espaciales. Entonces, creeremos, entonces nos uniremos, pero ni aún así enseguida. Es probable que primero nos lancemos algunas salvas unos a otros.

—¡Así es, precisamente! — convino Weingarten con voz desagradable, y prorrumpió en una breve carcajada.

Nadie dijo nada.

— Y de cualquier modo mi jefe es una mujer — dijo Zájar—. Mujer amable, muy dulce, ¿pero cómo puedo hablarle de esto? ¿De mí, quiero decir?

Todos siguieron sentados en silencio, sorbiendo té. Luego Glújov habló con suavidad.

—¡Qué espléndido té! De veras, eres un especialista, Dmitri: Hace siglos que no bebo un té así. Sí… es claro, todo esto es difícil y poco claro. Por otro lado, miren el cielo, que hermosa luna. Té, un cigarrillo… ¿qué más necesita un nombre? ¿Una buena serie de detectives en la televisión? No sé. Ahora bien, tú Dmitri, estás haciendo algo relacionado con las estrellas, con los gases interestelares. En verdad, ¿por qué te metes con eso? Piénsalo. Algo quiere que no hurgues en esos problemas. Bien, la respuesta es sencilla: no lo hagas. Bebe té, mira la televisión. Los cielos no son para hurgarlos… son para admirarlos. Y entonces el chico de Zájar anunció en voz alta:

—¡Eres un bribón!

Maliánov pensó que se refería a Glújov. Pero no. El chico, entrecerrando los ojos como un adulto, miraba a Viecherovski, y lo amenazaba con un dedo cubierto de chocolate.

— Sh, sh, — susurró Zájar, impotente. De súbito Viecherovski aparto las manos del rostro y volvió a su posición anterior: repantigado en la silla, con las piernas estiradas y cruzadas en los tobillos. En su cara había una sonrisa.

— Bien — dijo—, me alegra demostrar que la hipótesis del camarada Weingarten nos lleva a un callejón sin salida, eso resulta claro a simple vista. Es fácil ver que la hipótesis sobre la Unión de los Nueve nos llevará al mismo callejón sin salida, lo mismo que la misteriosa inteligencia que se oculta en las profundidades del mar, o cualquier otra fuerza racional. Sería muy bueno que todos ustedes se detuvieran por un minuto para pensar y convencerse de que lo que digo es correcto.

17

Maliánov revolvió su té y pensó: ¡El maldito! ¡Cómo nos ensartó! ¿Por qué? ¿A qué viene la farsa? Weingarten miraba hacia adelante, los ojos se le abultaban poco a poco, sus gordas mejillas sudorosas se contraían, amenazadoras. Glújov miraba a cada uno por turno, y Zájar esperaba con paciencia… el drama de la pausa del minuto se le escapaba por completo. Viecherovski volvió a hablar.

— Nota. A fin de explicar acontecimientos fantásticos tratamos de usar conceptos que, por fantásticos que fuesen, seguían correspondiendo al reino del entendimiento contemporáneo. Eso no dio nada. Absolutamente nada. Val nos lo demostró de manera convincente. Por lo tanto, es evidente que no tiene sentido aplicar conceptos exteriores al reino del entendimiento contemporáneo. Digamos, por ejemplo, Dios… o cualquier otra cosa. ¿Conclusión?

Weingarten, nervioso, se secó el rostro con la camisa y atacó afiebradamente el té. Maliánov preguntó, con tono ofendido:

—¿Quiere decir que nos hiciste hacer el papel de tontos adrede?

—¿Qué otro remedio me quedaba? — replicó Viecherovski, levantando hasta el cielo raso las malditas cejas rojas—. ¿Probarles que ir a las autoridades sería inútil? ¿Qué carecía de sentido formular el problema como lo hacían? La Unión de los Nueve o Fu Manchú… ¿qué diferencia hay? ¿Qué se puede discutir ahí? Fuese cual fuere la respuesta que obtuviesen, no podía haber una acción práctica basada en ella. Cuando la casa de uno se incendia o es destruida por un huracán o arrastrada por una inundación… uno no piensa en investigar qué le sucedió con exactitud a la casa; piensa en cómo vivirá, dónde vivirá y qué hará a continuación.

— Está tratando de decir… — empezó Maliánov.

— Digo que no les sucedió nada interesante. Aquí no hay nada en que interesarse, nada que estudiar, nada que analizar. Toda esa búsqueda de causas no es otra cosa que un derroche de curiosidad ociosa. No deberían pensar en el tipo de prensa que los oprime; tendrían que pensar en cómo comportarse bajo la presión. Y pensar en eso es mucho más complejo que fantasear acerca del rey Asoka, ¡porque de ahora en adelante cada uno de ustedes está solo! Nadie los ayudará. Nadie les dará consejos. Nadie decidirá por ustedes. Ni los académicos, ni el gobierno, ni siquiera la humanidad progresista… Val lo dejó perfectamente aclarado.

Se puso de pie, se sirvió un poco de té y regresó a su silla… intolerablemente confiado, sereno, elegantemente negligente, todavía parecido a un noble en una recepción diplomática de palacio.

El chico leyó en voz alta:

— «Si el paciente no sigue las órdenes del médico, no toma sus medicinas y abusa del alcohol, más o menos cinco o seis años después la fase secundaria de la enfermedad es seguida por la tercera y última etapa.»

Zájar suspiró.

—¿Pero por qué? ¿Por qué yo?

Viecherovski depositó la taza en el platillo, con un leve repiqueteo, y el conjunto en la mesa, a su lado.

— Porque nuestra era sigue vestida de negro — explicó, secándose los labios equinos, de color gris rosado, con un níveo pañuelo blanco—. Todavía usa sombrero de copa, y aún seguimos corriendo, y cuando el reloj marca la hora de la inacción y la hora de despedirse de las ocupaciones cotidianas, llega el momento de la división, y ya no soñamos con nada…

— Al demonio contigo — dijo Maliánov, y Viecherovski lanzó remilgadas risotadas marcianas.

Weingarten tomó del cenicero una colilla bastante larga, se la metió entre los gruesos labios, encendió un fósforo, y durante un rato continuó sentado, los ojos, bizcos, concentrados en la punta ardiente.

— En verdad — murmuró—, ¿tiene importancia qué poder es… mientras sea más poderoso que los humanos? — Inhaló—. Un pulgón aplastado por un ladrillo y un pulgón aplastado por una moneda… pero yo no soy un pulgón. Puedo elegir.

Zájar lo miró, esperanzado, pero Weingarten no agregó nada más. Elegir, pero Maliánov. Eso se dice con facilidad.

—¡Eso se dice con facilidad… elegir! — comenzó a decir Zájar, pero Glújov empezó a hablar. Zájar lo miró, esperanzado.

— Pero es evidente — dijo Glújov con sentimiento poco habitual—. ¿No resulta claro lo que deben elegir? Por supuesto que no los telescopios y los tubos de ensayo. ¡Qué se ahoguen con sus telescopios! ¡Y los gases de difusión! ¡Hay qué vivir, amar, sentir la naturaleza… sentirla de veras, no hurgar en ella! Ahora, cuando miro un árbol o un arbusto, sé que es mi amigo, que existimos el uno para el otro, que nos necesitamos.

—¿Ahora? — preguntó Viecherovski en voz alta.

Glújov se interrumpió, tartamudeando.

—¿Perdón?

— Nos hemos conocido, ¿sabes, Vladen? — dijo Viecherovski—. ¿Recuerdas? ¿Estonia, la escuela de lingüística matemática? El sauna, la cerveza.

— Sí, sí —dijo Glújov bajando los ojos—. Sí.

— Entonces eras muy distinto — declaró Viecherovski.

— Bueno, entonces… — empezó a decir Glújov—. Los barones envejecen, ¿sabes?

— Los barones también luchan — replicó Viecherovski—. No fue hace tanto tiempo.

Glújov extendió las manos en silencio.

Maliánov no entendió nada de ese interludio, pero había algo en él, algo desagradable, siniestro, lo que se decían tenía algún motivó. Y en apariencia Zájar había entendido, a su manera. Maliánov percibió algún insulto para él en el breve intercambio de palabras, porque de pronto, con aspereza poco común, casi con furia, le gritó a Viecherovski:

—¡Mataron a Snegovoi! A ti te resulta fácil hablar, Filíp, ¡no te tienen agarrado de la garganta, no te pasa nada!

Viecherovski asintió.

— Sí —dijo—. No me pasa nada. Yo estoy bien, y Vladen, aquí presente, también está bien. ¿No es cierto, Vladen?

El hombrecito tranquilo, de ojos de conejo detrás de las gruesas lentes con marco de acero, volvió a extender las manos en silencio. Luego se puso de pie, eludiendo la mirada de todos, y dijo:

— Perdónenme, amigos, pero es hora de que me vaya. Se hace tarde.

Guardaron silencio, sentados, mirando las luces que se apagaban, una a una, en el edificio de doce pisos. Apareció Kaliam, maullando con suavidad. Saltó al regazo de Viecherovski, y ronroneó. Viecherovski lo acarició con la larga mano angosta, sin quitar la vista de las luces de la ventana.

— Pierde el pelo — previno Maliánov.

— No importa — respondió Viecherovski con suavidad.

Volvieron, a callar. Ahora, cuando no había un sudoroso Weingarten o un aterrorizado Zájar, con su abominable hijo, o el ordinario pero misterioso Glújov; cuando sólo quedaba Viecherovski, infinitamente sereno e infinitamente confiado, y sin esperar de nadie una decisión sobrenatural… ahora todo parecía un sueño o inclusive un extravagante cuento de hadas. Si en verdad había sucedido, bien, fue hacía mucho tiempo, y en realidad no ocurrió de verdad, se detuvo antes de empezar. Maliánov sintió inclusive un vago interés por ese protagonista de semificción: ¿lo sentenciaron a quince años, o era todo…?

—¿Y quién entonces?

— Otra vez con lo mismo… una pregunta tan buena como el oro — dijo Viecherovski, y fue tan poco de él, que reí nervioso. Histérico. Y escuché sus satisfechas risotadas marcianas.

— Oye — dije—, al demonio con ellos. Bebamos un poco de té.

Temí que respondiera que ya era hora de irse, que mañana tenía que presidir exámenes o terminar su capítulo, así que añadí enseguida:

—¿De acuerdo? Tengo una caja de golosinas escondida en alguna parte… Pensé: ¿por qué atiborrar con todas las cosas la cara de Weingarten? ¡Démonos una satisfacción!

— Con placer — dijo Viecherovski, y se puso de pie en el acto.

—¿Sabes? uno piensa y piensa — dije mientras íbamos a la cocina y ponía el agua—. Piensa y piensa, hasta que todo se vuelve negro. Eso es una equivocación. Eso fue lo que liquidó a Snegovoi. Ahora lo sé. Sentando en su departamento, a solas, con todas las luces encendidas, ¿pero de qué le sirvió? Ese tipo de oscuridad no se puede iluminar ni con todas las lámparas del mundo. Pensó y pensó, y luego algo chasqueó, y fue el final. No se puede perder el sentido del humor, ese es el asunto. En realidad es gracioso, ¿sabes?: todo ese poder, toda esa energía… nada más que para impedir que un hombre investigue qué sucede cuando una estrella cae en una nube de polvo. ¡Quiero decir, pienso en eso, Fil! Es gracioso, ¿no?

Viecherovski me miraba con una expresión desconocida.

—¿Sabes, Dmitri? — repuso—, no sé porqué, pero nunca consideré el aspecto humorístico de la situación.

—¿No? Pero cuando se piensa en eso… Ahí están, y empiezan a calcular cosas: cien megavatios en la investigación de los anélidos, setenta y cinco multivatios para llevar adelante este proyecto, y diez bastarán para detener a Maliánov. Y alguno objeta que diez no bastan. Después de todo, hay que enloquecerlo con llamados telefónicos; darle coñac y una mujer, y van dos. — Me senté con las manos apretadas entre las rodillas— No, en realidad es gracioso.

— Si — admitió Viecherovski—, por cierto que es gracioso, pero no mucho. La pobreza de tu imaginación resulta abrumadora. Me sorprende que hayas terminado por conseguir tus burbujas.

—¿Qué burbujas? No hay burbujas. Ni las habrá. Deja de acosarme, señor director. No vi nada, no oí nada, no veo nada malo, no oigo nada malo. Y de cualquier modo, mi trabajo oficial es con el espectrómetro IK. Todo lo demás es apenas la hibris de los intelectuales, un complejo de Galileo.

Guardamos silencio. La tetera comenzó a jadear con suavidad, e hizo un ruido de «pf-pf-pf», como si estuviese a punto de hervir.

— Bueno, está bien — dije—. Pobreza de imaginación. De acuerdo. Pero tienes que admitir que si olvidas los detalles diabólicos, todo el asunto resulta fascinante. En realidad parece como si existieran. La gente ha parloteado tanto, conjeturado tanto, mentido tanto en la invención de esos platillos idiotas, misteriosas explicaciones para las terrazas de Baalbek… y en verdad existen. Pero es claro que no tal como creíamos. De paso, yo siempre tuve la certeza de que cuando ellos se anunciaran, serían muy distintos de todo lo que habíamos inventado al respecto.

—¿Quiénes son «ellos»? — interrogó Viecherovski, distraído. Encendía la pipa.

— Los alienígenas — contesté—. O para usar el término científico, la supercivilización.

— Ahá —dijo Viecherovski—. Entiendo. Nadie sugirió nunca que pudiesen ser policías con pautas de conducta aberrantes.

— Muy bien, muy bien — dije. Me levanté y puse dos tazas y platillos para té—. Puede que mi imaginación sea pobre, pero tú no tienes ninguna.

— Es probable — convino Viecherovski—. Soy totalmente incapaz de imaginar algo que no puede existir. El flogisto, por ejemplo, o un termógeno, o, digamos, el éter universal. No, no, por favor, prepara un poco de té fresco. Y no escatimes.

— Sé cómo prepararlo — gruñí—. ¿Qué decías sobre el flogisto?

— Jamás creí en el flogisto. Y nunca creí en las supercivilizaciones. Tanto el flogisto como las supercivilizaciónes son demasiado humanos. Como en Baudelaire. Demasiado humanos, y por lo tanto animales. No son un producto de la razón, sino de la falta de razón.

—¡Un minuto! — exclamé, con la tetera en la mano y una caja de té de Ceilán en la otra—. Pero tú mismo admitiste que nos vemos ante una supercivilización.

— Nada de eso — replicó Viecherovski, inconmovible—. Lo admitieron ustedes. Yo sólo aproveché las circunstancias para reorientarlos.

El teléfono sonó en mi habitación. Me estremecí, dejé caer la tapa de la tetera, mascullé, mientras miraba a Viecherovski y la puerta, una y otra vez.

— Vé —dijo Viecherovski con calma—. Yo prepararé el té.

No tomé el teléfono enseguida. Tenía miedo. Nadie podía llamar, en especial a esa hora. ¿Tal vez un Weingarten borracho? El estaba solo. Tomé el aparato.

—¿Hola?

La voz de ebrio de Weingarten dijo:

— Bueno, es claro que no duermo. ¡Saludos, víctima de la supercivilización! ¿Cómo estás ahí?

— Muy bien — dije, con gran alivio—. ¿Y tú?

— Todo va a la perfección — anunció Weingarten—. Pasamos por el Astoria. El Austeria, ¿entiendes? Conseguimos una botella de medio litro, pero no pareció suficiente. Así que llevamos dos medios litros, o sea un litro, a casa, y ahora nos sentimos muy bien. ¿Quieres venir?.

— No — repuse—. Viecherovski todavía está aquí. Bebemos té.

— El té te tetera — rió Weingarten—. Bueno. Llama si pasa algo.

— No entiendo, ¿estás sólo, o con Zájar?

— Los tres — dijo Weingarten—. Es muy lindo. Así que si pasa algo ven. Te esperamos. — Y colgó.

Regresé a la cocina. Viecherovski servía el té.

—¿Weingarten? — interrogó.

— Sí, es agradable que algunas cosas sigan igual, aun en toda esta locura. La constancia de la locura. Nunca pensé que un Weingarten bebido fuese algo tan bueno.

—¿Qué dijo?

— Dijo «El té te tetera».

Viecherovski rió entre dientes Weingarten le gustaba. Muy a su manera, pero le gustaba. Consideraba a Weingarten un enfant terrible… un enfant terrible grande, sudoroso, ruidoso.

Rebusqué en la refrigeradora, y encontré una costosa caja de golosinas Dame Pique.

—¿Ves esto?

— Ohó —dijo Viecherovski, respetuoso.

Admiramos la caja.

— Saludos de la supercivilización — dijo—. ¡Oh, sí! ¿Qué estabas diciendo? El me confundió por completo. ¡Ah, ya recuerdo! Quiere decir que, después de todo esto, sigues afirmando…

— Ahá. Sigo afirmando. Siempre supe que no había supercivilizaciónes. Y ahora, después de todo esto, como dices tú comienzo a adivinar porqué no existen.

— Espera. — Dejé la taza—. Por qué, etc., etc., todo eso es teórico. Dime esto: si no es una supercivilización, si no son alienígenas, ¿qué es? — Estaba furioso—. ¿Sabes algo, o estás ejercitando la lengua, divirtiéndote con paradojas? Un hombre se suicidó, otro se convirtió en jalea. ¿De qué estas parloteando?

No, aun a simple vista se advertía que Viecherovski no se divertía con paradojas ni parloteaba. De pronto el rostro se le puso gris y pareció fatigado, y apareció en la superficie una tensión enorme, cuidadosamente oculta. O tal vez era empecinamiento… un empecinamiento salvaje, tenaz. Dejó de parecer el mismo. Por lo general su rostro se veía un tanto marchito, con una adormilada flaccidez aristocrática… pero ahora era duro como la piedra. Y volví a asustarme. Por primera vez se me ocurrió que Viecherovski no me acompañaba para darme apoyo moral. Y que no era por eso qué me había invitado a pasar la noche, y antes a trabajar en su departamento. Y aunque estaba muy asustado, de pronto experimenté una oleada de piedad, sin base alguna, por cierto, aparte de unos vagos sentimientos, y del cambio operado en su rostro.

Y entonces recordé, sin motivo, que tres años antes Viecherovski había sido hospitalizado, pero no por mucho tiempo…

20

EXTRACTO 17…Un tipo de tumor benigno, antes desconocido. Y yo sólo lo supe el otoño anterior, pero lo veía todos los benditos días, tomaba café con él, escuchaba sus risotadas marcianas, me quejaba de que estaba cansado de los forúnculos. Y no sospeché nada, nada en absoluto.

Y ahora, abrumado por esa inesperada piedad, no pude contenerme y dije, sabiendo que era inútil, que no obtendría respuesta:

— Fil, tú, ¿tú también estás bajo presión?

Por supuesto, no prestó atención a mi pregunta. Ni la escuchó. La tensión abandonó su semblante y desapareció en la aristocrática hinchazón, los párpados rojizos se aquietaron sobre los ojos, y volvió a chupar la pipa.

— No estoy parloteando — dijo—. Tu mismo te empujas a la locura. Inventaste tu supercivilización, y no puedes entender que eso es demasiado sencillo; es mitología contemporánea, y nada mas.

La piel me hormigueó. ¿Más complejo? ¿Peor, entonces? ¿Qué podía ser peor?

— Eres un astrónomo — continuó con tono de reproche—. Deberías conocer la paradoja fundamental de la xenología.

— La conozco. En su desarrollo, es muy probable que cualquier civilización…

— Etcétera — interrumpió él—. Es inevitable que hayamos observado rastros de su actividad, pero no fue así. ¿Por qué? Porque las supercivilizaciones no existen. Porque, por algún motivo, las civilizaciones no se convierten en supercivilizaciones.

— Sí, sí. La idea de que la razón se destruye a sí misma en las guerras nucleares. Es una gran tontería.

— Por supuesto que es una tontería — admitió con serenidad—. Y además es demasiado simplificado, demasiado primitivo en el reino de nuestra forma habitual de pensamiento.

— Espera. ¿Por qué sigues machacando con lo primitivo? Es claro que la guerra nuclear es un concepto primitivo. Pero no tiene por qué ser tan simple. Enfermedades genéticas, cierto aburrimiento ante la existencia, una reorientación de metas. Hay toda una bibliografía al respecto. Por mi parte, siento que las manifestaciones de las supercivilizaciones son de naturaleza cósmica, y que no podemos distinguirlas de los fenómenos cósmicos naturales. O toma nuestra situación, por ejemplo: ¿por qué dices que no es una manifestación de una supercivilización?

— Hmmm, demasiado humana. Han descubierto que los terráqueos están en el umbral del universo. Temen la competición, han decidido frenarla. ¿Es así?

—¿Por qué no?

— Porque eso es ficción. Ficción barata, con cubiertas baratas, de vivos colores. Es como tratar de meter a un pulpo en un par de pantalones de smoking. Y para colmo, no un pulpo común, sino un pulpo que ni siquiera existe.

Viecherovski movió la taza, apoyó el codo en la mesa, posó la barbilla en el puño, enarcó las cejas y miró el espacio, por sobre mi cabeza.

— Mira cómo resulta. Hace dos horas parecíamos haber llegado a una decisión. No importa qué fuerza actúa sobre nosotros, lo importante es cómo comportarnos bajo esa presión. Pero veo que no piensas para nada en eso; te obstinas en tratar de identificar la fuerza. Y con la misma terquedad vuelves a la hipótesis sobre la supercivilización. Estás dispuesto a olvidar — y ya olvidaste— tus débiles objeciones a esa hipótesis. Entiendo por qué te pasa eso. En el fondo de la mente tienes la idea de que cualquier supercivilización sigue siendo una civilización, y que dos civilizaciones siempre pueden llegar a un acuerdo, encontrar alguna especie de transacción, alimentar a los lobos y salvar a las ovejas. Y si sucede lo peor, siempre queda la dulce rendición a esa potencia hostil pero imponente, la noble retirada ante un enemigo digno de la victoria, y luego — las tretas del demonio— es posible, inclusive, recibir una recompensa por la razonable docilidad de uno. No me mires, con los ojos saliéndose de las órbitas, Dmitri. Dije que todo eso era subconsciente. ¿Y crees que eres el único? Es un rasgo muy, muy humano. Hemos rechazado a Dios, pero todavía no podemos erguirnos sobre las dos piernas sin apoyarnos en alguna muleta-mito. Sin embargo, tendremos que hacerlo. Deberemos aprender. Porque en tu situación, ¡no sólo no tienes amigos, sino que estás tan solo que ni siquiera tienes enemigos! Eso es lo que te niegas a entender.

Viecherovski calló. Traté de interrumpirlo, traté de encontrar argumentos para refutarle, de discutir con acaloramiento, con espumarajos en los labios… ¿pero para demostrar qué? No sé. El tenía razón. No es vergüenza admitirlo ante un oponente digno de uno. Quiero decir, eso no lo pensaba él, lo pensaba yo, o sea lo pensé de pronto, después de lo que dijo. Durante todo, el tiempo había tenido la sensación de ser el general de un ejército diezmado que vagaba en medio del fuego, buscando al general victorioso para entregarle mi espada. Que me molestaba menos mi situación, qué el hecho de no poder encontrar al general.

—¿Cómo que no hay enemigo? — dije por último—. Alguien quiso todo esto.

—¿Y quién quiso? — gangoseó Viecherovski— que cerca de la superficie de la tierra la piedra caiga con una aceleración de nueve ocho cero coma seis?

— No entiendo.

—¿Pero cae precisamente a esa velocidad?

— Sí.

—¿Y no metes a una supercivilización en ese asunto? ¿Para explicarlo?

— Espera. ¿Qué tiene que…?

—¿Quién quiso que la piedra cayese con exactitud a esa aceleración? ¿Quién?

Me serví más té. Me pareció que todo lo que tenía que hacer era sumar dos más dos, pero aun así no entendía nada.

—¿Quiere decir que nos encontramos ante una suerte de fuerza elemental? ¿Un fenómeno natural?

— Si te parece — respondió Viecherovski.

—¡Bueno, de veras! — Extendí las manos, derribé mi té y lo derramé en la mesa—. ¡Maldición!

Mientras limpiaba la mesa, Viecherovski continuó, con tono perezoso:

— Trato de hacer que los epiciclos se arrepientan, y trato de poner el sol, y no la tierra, en el centro de las cosas. Ya verás cómo todo ocupa su lugar.

Arrojé el trapo mojado al fregadero.

— Quiere decir que tienes una teoría.

— Sí, la tengo.

— Bien, oigámosla. De paso, ¿por qué no nos la dijiste enseguida? ¿Mientras Weingarten estaba aquí?

Las cejas de Viecherovski se movieron.

—¿Sabes? toda nueva teoría tiene un defecto: siempre crea una cantidad de discusiones, y yo no me sentía con ganas de discutir. Sólo quería asegurarles que se veían frente a una decisión, y que cada uno debía hacer esa elección por su cuenta, solo. En apariencia, no lo conseguí. Y creo que mi teoría habría servido como argumento adicional, porque su médula — en rigor la única conclusión que se puede extraer de ella— consiste en que ahora no sólo no tienen amigos, sino que tampoco tienen enemigos. De modo que quizá me equivoqué. Tal vez habría debido meterme en una discusión agotadora, que dejase más en claro la situación de ustedes. Tal como yo las veo, las cosas están así…

No puedo decir que no entendí su teoría, pero tampoco me es posible afirmar que la haya captado del todo. No puedo decir que su teoría me convenciera por completo, pero por otro lado todo lo sucedido encajaba muy bien en ella. Más aun, todo lo que alguna vez ocurrió, ocurría y ocurrirá siempre en el universo encajaba en ella… esa era la debilidad de la teoría. Olía a la afirmación de que la cuerda es sencillamente una cuerda.

Viecherovski introdujo el concepto del Universo Homeostático. «El universo conserva su estructura": ese era su axioma fundamental. Según sus palabras, las leyes de conservación de la energía y de la materia no eran otra cosa que manifestaciones discretas de la ley de conservación de la estructura. La ley de la entropía no decreciente contradice la homeostasis del universo, y por lo tanto es una ley parcial, y no universal. Complementaria de dicha ley era la de la reproducción constante de la razón. La combinación y el conflicto de esas dos leyes parciales eran una expresión de la ley universal de la conservación de la estructura.

21

Si existía la ley de la entropía no decreciente, la estructura del universo desaparecía y se entronizaba el reinado del caos. Pero por otro lado, si sólo prevalecía una inteligencia en constante autoperfeccionamiento, y todopoderosa, también se desquiciaría la estructura del universo basada en la homeostasis. Por supuesto, eso no significaba que el universo fuera a volverse mejor o peor — apenas distinto—, al contrario del principio de la homeostasis, ya que una inteligencia en constante desarrollo puede tener un único objetivo: modificar la naturaleza. Por eso el meollo de la Homeostasis del Universo consiste en mantener el equilibrio entre el aumento de entropía y el desarrollo de la razón. Por eso no existen ni pueden existir supercivilizaciones, ya que el término supercivilización se usa para una inteligencia desarrollada hasta tal punto, que trasciende, en escala cósmica, más allá de la ley de la entropía no decreciente. Y lo que ahora nos sucedía no era otra cosa que la primera reacción del Universo Homeostático a la amenaza de la conversión de la humanidad en una supercivilización. El universo se defendía.

No me preguntes, dijo Viecherovski, por qué tú y Glújov se convirtieron en las primeras golondrinas del cataclismo que se avecina. No me preguntes cuál es la naturaleza de las señales que perturbaron la homeostasis en ese rincón del universo en que tú y Glújov emprendieron sus investigaciones. En rigor, no me preguntes por ninguno de los mecanismos del Universo Homeostático… no sé nada de ellos, como la gente no sabe nada sobre el funcionamiento de la ley de la conservación de la energía. Todos los procesos se dan de modo que la energía se conserva. Todos los procesos ocurren de tal manera, que dentro de mil millones de años tu obra y la de Glújov, combinadas con la obra de millones de millones de otras personas, nos conduzca al fin del mundo. Es claro que no se trataba del fin del mundo en general, sino del fin del mundo tal como lo observamos hoy, el mundo como existió durante un billón de años, el mundo al cual tú y Glújov, sin siquiera sospecharlo, amenazan con sus microscópicos intentos de vencer la entropía.

Eso es más o menos lo que entendí, aunque no estoy seguro de haberlo entendido bien; podría estar completamente equivocado. Ni siquiera discutí con él. Ya era bastante feo sin eso, pero mirarlo de ese modo hacía que todo resultase tan desesperante, que no supe como reaccionar… por qué seguir viviendo. ¡Dios! ¡D.A. Maliánov contra el Universo Homeostático!

— Escucha — dije—. Si en verdad es así, ¿de qué podemos hablar? Al demonio con mis cavidades M. ¡Elegir! ¿Qué elección puede haber?

Viecherovski se quitó con lentitud los anteojos y se frotó con el meñique el irritado puente de la nariz. Guardó silencio durante un tiempo muy largo, agotadoramente largo. Y yo esperé. Mi sexto sentido me decía que Viecherovski, no me dejaría así, para ser devorado por su homeostasis; jamás me lo habría dicho, si no existiese una salida, una variante, una opción, maldita sea. Y cuando terminó de frotarse la nariz se puso los anteojos de nuevo y habló en voz baja.

— "Se me dijo que ese camino me llevaría al océano de la muerte, y en mitad del trayecto me volví. Desde entonces se abren ante mí senderos tortuosos, desviados, abandonados."

—¿Y bien? — pregunté.

—¿Lo repito? — inquirió Viecherovski.

— Bueno, repítelo.

Lo repitió. Tuve ganas de llorar. Me levanté con rapidez, llené la tetera y la puse en la hornalla.

— Es bueno que exista el té. De lo contrario, ahora estaría borracho como una cuba, caído debajo de la mesa — dije.

— Yo prefiero el café.

Y entonces oí que una llave giraba en la cerradura. Debo de haberme puesto blanco, porque Viecherovski se me acercó y dijo con voz queda:

— Tranquilo, Dmitri, tranquilo. Yo estoy aquí.

Casi no lo escuché.

En el vestíbulo se abrió otra puerta, un vestido susurró, pasos rápidos, los maullidos locos de Kaliam, y yo estaba todavía anonadado y escuché el "Kaliaminiquito", pronunciado sin aliento. Y después:

—¡Dmitri!

No recuerdo cómo fui al vestíbulo. Tomé a Irina, la abracé, la retuve (¡Irina, Irina!), inspiré su familiar perfume… tenía las mejillas mojadas; mascullaba algo extraño:

— Estás vivo, gracias a Dios. Y yo pensé… ¡Dmitri! — Y entonces recuperamos la sensatez. Por lo menos yo. Quiero decir que me di cuenta de que ella estaba allí, y de lo que decía. Y mi amorfo terror pétreo fue reemplazado enseguida por un concreto temor cotidiano. La senté, retrocedí, miré su rostro mojado por las lágrimas (ni siguiera usaba maquillaje):

—¿Qué pasa, Irina? ¿Por qué estás aquí? ¿Dónde está Bóbchik?

No creo que me escuchase. Me aferraba las manos, me miraba a la cara, afiebrada, con los ojos húmedos, y repetía:

— Estaba volviéndome loca… pensé que llegaría tarde… ¿Qué ocurre?

Tomados de la mano, nos escurrimos en la cocina, la senté en mi taburete y Viecherovski le sirvió té fuerte. Lo bebió con avidez, derramando la mitad sobre su abrigo. Tenía un aspecto horrible. Casi no la reconocí. Comencé a temblar, y me apoyé en el fregadero.

—¿Algo le sucedió a Bóbchik? — pregunté, y apenas conseguí hacer funcionar la lengua.

—¿Bóbchik? — repitió ella—. ¿Qué tiene que ver Bóbchik con esto? Casi me volví loca de preocupación por ti. ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Estuviste enfermo? — Gritaba—. ¡Estás tan sano como un toro!

Sentí que se me caía la mandíbula. No entendía nada. Viecherovski preguntó con suma calma:

—¿Recibió malas noticias acerca de Dmitri?

Ella dejó de mirarme y se volvió hacia él. Luego se levantó de un salto, corrió al vestíbulo y regresó, revolviendo el bolso.

— Miren, miren lo que recibí. —Un peine, lápiz de labios, papeles y dinero cayeron al suelo—. Dios, ¿dónde está? ¡Aquí! —Arrojó el bolso sobre la mesa, hundió la temblorosa mano en el bolsillo ¡le erró en el primer intento! y sacó un telegrama arrugado—. Aquí.

Lo tomé. Lo leí. No entendí nada: A TIEMPO. SNEGOVOI. Volví a leerlo, y enseguida desesperado en voz alta:

"DMITRI MAL. APRESÚRESE PARA LLEGAR A TIEMPO. SNEGOVOI".

—¿Por qué Snegovoi? ¿Cómo puede ser Snegovoi?

Viecherovski me quitó el telegrama con movimientos cuidadosos.

— Enviado esta mañana — dijo.

—¿Cuándo? — pregunté en voz alta, como un sordo.

— Esta mañana. A las nueve y veintidós.

—¡Dios! ¿Por qué me hizo semejante jugarreta? Ella…

CAPÍTULO 10

EXTRACTO 18…y entonces yo. Ella no pudo conseguir pasaje en el aeropuerto. Irrumpió en la oficina del director, blandiendo el telegrama, y él le dio cierto papel, pero no resultó de mucha ayuda. No había aviones prontos a despegar, y los que llegaban iban a otra parte. Por último, en desesperación, tomó un avión a Jarkov. Y entonces todo volvió a empezar, pero por añadidura comenzaba a llover. Sólo hacia el anochecer consiguió llegar a Moscú en un avión de carga, que llevaba refrigeradoras y ataúdes. Del aeropuerto de Domodédovo corrió a Sheremétievo, y por último llegó a Leningrado viajando en la carlinga. No había probado un bocado desde que salió, y se pasó casi todo el tiempo llorando. Inclusive en el momento de caer dormida, amenazaba con ir a la oficina de correos a primera hora de la mañana, con la policía, para averiguar de quién era ese trabajo, que canallas eran los responsables. Por supuesto, coincidí con ella, le dije que, es claro, no lo dejaremos así. Por bromas como ésta, habría que sacar a la gente a puñetazos de su puesto; no, más aun, se la debía arrestar. Es claro que no le dije que hoy en día, gracias a Dios, la oficina de correos no aceptaría un telegrama como ese sin confirmación, que es imposible hacer bromas pesadas de ese tipo, y que lo más probable era que nadie hubiese enviado el telegrama, que la teletipo de Odesa lo hubiera impreso por sí misma.

22

No pude dormirme. De cualquier modo, ya era de mañana. Afuera había luz, y la habitación estaba iluminada a pesar de las persianas. Yo seguía en la cama, acariciando a Kaliam, tendido entre nosotros, y escuchaba la respiración pareja de Irina. Siempre dormía profundamente y con gran placer. En el mundo no existía nada tan terrible que pudiese darle insomnio. Por lo menos, no existió hasta entonces.

No me había abandonado el nauseoso sentimiento de catástrofe inminente, que se apoderó de mí cuando leí y finalmente entendí el telegrama. Tenía los músculos acalambrados, y adentro, en el pecho y el estómago, un enorme bulto, frío e informe.

Al principio, cuando Irina quedó dormida en mitad de una palabra y yo escuché durante un momento su respiración tranquila, me sentí mejor. No estaba solo. A mi lado se encontraba la persona más cercana y cara para mí. Pero el frío sapo de mi pecho se agitó, y me sentí horrorizado ante ese sentimiento de alivio. De modo que me he hundido en esto; me han reducido a esto: puedo sentirme feliz de que Irina esté aquí, de que Irina se encuentre en la misma trinchera que yo, bajo el fuego. Oh, no, lo primero que haremos mañana será comprarle un pasaje. De vuelta a Odesa. Apartaré a todos a un lado, me abriré paso a mordiscos, a través de la cola, hasta llegar a la ventanilla de expendio de billetes.

Mi pobre chiquita, cómo ha sufrido por culpa de esos canallas, por mí y la piojosa materia en difusión, todo lo cual no vale una sola arruga en el rostro de Irina. Y también a ella la habían atrapado. ¿Por qué? ¿La necesitaban para algo? Los canallas, los canallas ciegos. Golpeaban a cualquiera que se encontrase en el campo de fuego. No, nada le sucederá. La están usando para asustarme. Juegan con mis nervios, de una u otra manera.

De pronto me imaginé a Snegovoi… caminando por el bulevar Moscú con su pijama a rayas, pesado, frío, con un agujero de bala, cubierto de coágulos, en el grueso cráneo; llegaba al correo y se ubicaba en la cola, en la ventanilla de los telegramas; un revólver en la mano derecha, el telegrama en la izquierda; y nadie se da cuenta. La muchacha toma el telegrama de sus dedos muertos, redacta un recibo, olvida el dinero y grita: "El que sigue".

Sacudí la cabeza para disipar la visión, bajé en silencio de la cama y me dirigí a la cocina, descalzo y en ropa interior. Había sol allí, y los gorriones armaban un alboroto en el patio, y pude oír la escoba del portero. Tomé el bolso de Irina, saqué un atado arrugado, que contenía dos cigarrillos, me senté y encendí uno. Hacía tiempo que no fumaba. Dos, tal vez tres años. Demostración de mi fuerza de voluntad. Si, hermano Maliánov, ahora necesitarás tu fuerza de voluntad. Cuernos, soy un pésimo actor, y no sé mentir. Irina no debe saber nada. No tiene nada que ver con esto. Debo hacerlo todo solo. Nadie puede ayudarme, ni Irina, ni nadie.

Y de todos modos, ¿qué tiene que ver aquí la ayuda? pensé. ¿Quién habla de ayudar? No le cuento a Irina mis problemas, si puedo evitarlo. No me gusta entristecerla. Me encanta hacerla feliz, y me habría encantado hablarle de las cavidades M, lo habría entendido en el acto, aunque no es una teórica y siempre menosprecia sus capacidades. ¿Pero qué puedo decirle ahora?

Pero existen diferentes problemas, distintos niveles de problemas. Están los menores, acerca de los cuales no es pecado quejarse, y que hasta resulta agradable exponerlos. Irina diría: gran cosa, que tontería, y todo se pondría mejor. Si los problemas son mayores, es poco varonil hablar de ellos. Yo no se los cuento a mi madre ni a Irina. Y después vienen los problemas de tal magnitud, que resultan un poco borrosos. Antes que nada, lo quiera o no, Irina está en primera línea de fuego conmigo.

Aquí sucede algo muy injusto. Me están matando a golpes, pero al menos entiendo por que, puedo adivinar quién lo hace y sé que me golpean. No son bromas estúpidas, y no es el destino; me apuntan a mí. Creo que es mejor saber que le apuntan a uno. Es claro que todos somos distintos, y es probable que la mayoría de la gente prefiera no saberlo, pero mi Irina no es de esas. Es arrojada; la conozco. Cuando tiene miedo de algo, se precipita de cabeza en el seno mismo de su miedo. Sería deshonesto no decírselo. Y en general, debo adoptar una decisión. (Ni siquiera intenté pensar en eso todavía, y tendré que hacerlo. ¿O ya elegí? ¿Hice mi elección sin saberlo?) Y si debo elegir… bien, supongamos que, por sí misma, la elección corre por mi cuenta. Haremos lo que queramos. ¿Pero y las consecuencias? Una elección llevará a que ellos nos lancen bombas atómicas, en lugar de las comunes. Otra… Me pregunto, ¿Glújov le habría gustado a Irina? Quiero decir, es un hombre agradable, simpático, tranquilo, dócil. Podríamos conseguir un aparato de televisión, para perdurable alegría de Bóbchik; esquiaríamos todos los sábados, iríamos al cine. De una u otra manera, la decisión no me afectará solo a mí. Permanecer sentado bajo una lluvia de bombas es malo, pero descubrir, al cabo de diez años de matrimonio, que el marido es una medusa, tampoco resulta muy divertido. Pero quizás esté bien. ¿Cómo sé qué ve ella en mí? Así es, no lo sé. Y es posible que tampoco ella lo sepa.

Terminé el cigarrillo y arrojé la colilla a la basura. Cerca del tacho yacía un pasaporte. Bonito. Habíamos limpiado todo, hasta el último residuo, pero ahí estaba el pasaporte de ella. Tomé el librito gris verdoso y miré, distraído, la primera página. No sé por qué. Me brotó un sudor frío. Serguéienko, Irina Fiódorovna. Fecha de nacimiento: 1939. ¿Qué es esto? La foto era de Irina… no, Irina no. De una mujer que se parecía a ella, pero que no lo era. Una Serguéienko, Irina Fiódorovna.

Deposité con cuidado el pasaporte en el borde de la mesa y fui al dormitorio en puntillas. Me brotó otro sudor. La mujer que yacía bajo la sábana, tenía piel seca, tensa en el rostro, y los dientes de arriba, blancos y agudos, quedaban al desnudo, en una sonrisa o en una mueca martirizada. Bajo mis sábanas había una bruja. Me olvidé de mí mismo y la sacudí, tomándola del hombro. Irina despertó en el acto, abrió los inmensos ojos y murmuró:

— Dmitri, ¿Qué ocurre? ¿te duele algo? — Dios, era Irina. Es claro que era Irina. Que pesadilla—. Roncaba, ¿verdad? — preguntó con voz adormilada, y volvió a dormirse.

Regresé en puntas de pies a la cocina, aparté el pasaporte, saqué el último cigarrillo y lo encendí. Sí. Así vivimos ahora. Así será ahora nuestra vida. De aquí en adelante.

El animal helado que tenía adentro se agitó un poco más, y luego quedó inmóvil. Me enjugué el desagradable sudor de! rostro; se me ocurrió una idea y comencé a buscar en su bolso. El pasaporte de Irina estaba allí. Maliánova, Irina Ermoláievna. Fecha de nacimiento: 1933. ¡Maldición! Muy bien, ¿por qué tenían que hacer eso? No era un accidente. El pasaporte, el telegrama, el difícil viaje de Irina, el hecho de que tuvo que volar en un avión con ataúdes… todo eso no era accidental. ¿O sí? Eran ciegos, la madre naturaleza, elementos naturales, carentes de cerebro… Ese es un buen argumento para la teoría de Viecherovski. Si se trataba del Universo Homeostático que aplastaba una microrrebelión, ese era el aspecto que habría tenido. Como un hombre goleando a una mosca con una toalla… golpes malévolos, sibilantes, que cortaban el aire; jarrones que caen de los estantes; lámparas que se quiebran; inocentes polillas que caen víctimas de los golpes; el gato, con la pata pisoteada, corriendo en línea recta a esconderse debajo del diván. Una masa de poder e ineficiencia. Quiero decir, en verdad no sé nada. Es posible que en el otro lado de la ciudad se haya derrumbado una casa. Me apuntaban a mí, y en cambio le acertaron a la casa. Y lo único que obtuve yo era un maldito pasaporte. ¿Y todo eso porque él otro día pensé en las cavidades M? ¡Pensar que habría podido hablarle a Irina de ellas!

Escuchen, es probable que no pueda vivir así. Nunca me consideré un cobarde, pero vivir de este modo, sin un momento de paz, aterrorizado por la propia esposa, porque uno la ha confundido con una bruja… y Viecherovski desprecia a Glújov. Eso significa que también dejará de verme a mí. Tendré que cambiarlo todo. Todo será distinto. Una vida diferente, un trabajo diferente, distintos amigos. Y tal vez, inclusive, una familia diferente. "Desde entonces se abren ante mí caminos tortuosos, desviados, abandonados". Y te avergonzarás de mirarte al espejo cuando te afeites, por la mañana. El espejo reflejará a un Maliánov muy pequeño y muy domesticado.

23

Es claro que puedes acostumbrarte a eso, y es probable que te acostumbres a todo, en el mundo. A cualquier derroche. Pero éste no será un desperdicio minúsculo. Me pasé diez años trabajando para esto. Más de diez años… toda mi vida. Desde la infancia, desde el club de ciencias de la escuela, desde los telescopios de fabricación casera, desde los cálculos de los números de Wolfe según las observaciones de alguien. Mis cavidades M; en realidad no sé nada acerca de ellas: qué habría podido hacer con ellas; qué habría podido hacer algún otro, después que yo; continuar, desarrollarlas, acrecentarlas y transmitirlas a otra era, al siglo siguiente. Es probable que de eso saliera algo no tan pequeño. Yo me perdía algo no tan diminuto, si podía conducir a revelaciones que el universo mismo trata de detener. Mil millones de años son mucho tiempo. En mil millones de años una civilización se desarrolla, desde una burbuja de fango…

Pero me aplastarán. Primero no me dejarán vivir en paz, me enloquecerán, y si eso no funciona, sencillamente me aplastarán. ¡Ah, que bueno! Las seis. El sol ya quemaba.

Y entonces, no sé por qué, desapareció el frío animal de mi pecho. Me puse de pie; caminando con calma, fui a la habitación y tomé del escritorio mis papeles y una estilográfica. Regresé a la cocina, me acomodé y me puse a trabajar.

No podía pensar bien — tenía la cabeza rellena de algodón y los párpados me ardían—, pero repasé con cuidado mis anotaciones, me desprendí de todo lo que ya no necesitaba, puse el resto en orden y lo copié todo en un anotador, con lentitud, con placer, eligiendo las palabras con cuidado, como si redactara el esbozo final de un artículo o un informe.

A mucha gente no le agrada esta etapa del trabajo, pero a mí sí. Me gusta pulir los términos, saborear los giros más elegantes y económicos, sorprender los errores ocultos en las notas, trazar gráficos, preparar tablas. Esta es la noble tarea sucia del científico: el resumen, un momento para admirarse de uno mismo y de su producción.

Y me admiré a mí mismo y mi producción hasta que Irina estuvo a mi lado… envolviéndome con el brazo desnudo y apoyando la mejilla cálida contra la mía.

—¿Eh? — dije, y me enderecé.

Era mi Irina habitual, y no el espantajo patético que parecía ayer. Estaba rosada y fresca, con los ojos limpios, alegre. Una alondra. Es una alondra. Yo soy un búho y ella una alondra. En alguna parte leí una clasificación así. Las alondras se acuestan temprano, duermen con facilidad y con gran placer, y despiertan frescas y felices, y empiezan a cantar enseguida, y nada hay en el mundo que las haga dormir hasta el mediodía.

—¿No volviste a dormir? — preguntó, y sin esperar una respuesta fue a la puerta del balcón—. ¿Por qué gritan?

Sólo entonces me di cuenta de que había un estrépito en nuestro patio… el tipo de ruidos de multitud que se escuchan en la escena de un accidente, después que ha llegado la policía, y antes de la ambulancia.

—¡Dmitri! — gritó Irina—. ¡Mira! ¡Hablando de milagros…!

Se me derrumbó el corazón. Conozco esos milagros. Me levanté de un salto…

EXTRACTO 19…un poco de café. E Irina anunció, alegre, que todo había salido a las mil maravillas. Por fin todo, en el mundo, salía maravillosamente. Durante los diez días llegó a aburrirse de Odesa, porque ese verano estaba más atestada que nunca. Me echaba de menos, y no tenía la intención de regresar a Odesa, en especial porque nunca podría conseguir pasaje, y su madre pensaba venir a Leningrado en agosto; entonces traería a Bóbchik. Ahora iría a trabajar, en seguida, en cuanto hubiese terminado el café, y en marzo o abril iríamos a esquiar juntos a Kírosvsk, como lo habíamos planeado.

Comimos una omelet de tomate. Mientras yo la preparaba, Irina registró todo el departamento en busca de cigarrillos, no encontró ninguno y se entristeció un poco, preparó más café y preguntó por Snegovoi. Le dije lo que sabía por Zíkov… eludiendo con cuidado todos los ángulos agudos y tratando de presentarla como la habitual historia trágica. En medio del relato recordé a la bella Lídochka, y casi la mencioné, pero me mordí la lengua.

Irina decía algo acerca de Snegovoi, recordaba algo, y las comisuras de la boca se le cayeron con tristeza ("¡…ahora no hay nadie a quien pedirle un cigarrillo!"), y yo bebí mi café, pensando en lo que debía hacer a continuación. Hasta que resolviese contárselo o no a Irina, quizá fuese mejor no mencionar a Lídochka, ni el pedido de comestibles, ya que todo el asunto era muy poco claro, o tal vez debería decir muy claro, pues durante todo ese tiempo Irina no había dicho una palabra acerca de su amiga o de los comestibles. Es claro que Irina habría podido olvidarlo todo. Primero, toda esa ansiedad, y segundo, Irina siempre se olvida de todo, pero por el momento — retrocede, Satanás— era mejor eludir los problemas. Bien, quizá valiera la pena soltar un globo de ensayo.

Elegí un momento apropiado, cuando Irina dejó de hablar de Snegovoi y pasó a temas más alegres, de cómo Bóbchik cayó en una zanja, y mi suegra tras él, y pregunté con negligencia:

— Bien, ¿y cómo anda Lídochka?

Mi pequeño globo de ensayo fue más bien enorme y torpe. A Irina se le saltaron los ojos de la cara.

—¿Qué Lídochka?

— Ya sabes, tu amiga de la. escuela.

—¿Ponomariova? ¿Qué te hizo pensar en ella?

— Oh, tú sabes — mascullé—. Pensé, nada más. — No había previsto la pregunta—. Sabes, Odesa, el acorazado Potemkin. Sólo la recordé, eso es todo. ¿A qué viene este interrogatorio de tercer grado?

Irina parpadeó un par de veces, y luego dijo:

— Me tropecé con ella. Está tan hermosa, ahora, que tiene que ahuyentar a los hombres con un bastón.

Hubo una pausa. Maldición, no sé mentir. Lindo globo de ensayo. La recibí entre los ojos. Bajo la mirada interrogante de Irina, dejé la taza vacía en el platillo y dije con voz falsa:

Me pregunto cómo andará nuestro árbol y fui al balcón. Bueno, lo de Lídochka estaba claro ahora. Decididamente. ¿Y cómo andaba nuestro árbol?

El árbol se encontraba en su lugar. El gentío raleaba. Estaban sólo el portero, tres empleados, el plomero y dos policías. Abajo se veía también un patrullero amarillo. Todos ellos (salvo el coche, por supuesto) miraban el árbol e intercambiaban opiniones acerca de lo que había que hacer, y lo que ello representaría. Uno de los policías se había quitado el gorro, y se secaba con un pañuelo la cabeza afeitada. El patio comenzaba a hacerse caluroso, y el olor familiar a asfalto recalentado, y a nafta, tenía un nuevo dejo… selvático y extraño. El policía afeitado se puso de nuevo el gorro, guardó el pañuelo y hundió el dedo en la tierra blanda. Me aparté del balcón.

Irina se encontraba en el cuarto de baño. Levanté y lavé los platos. Tenía mucho sueño, pero sabía que no me dormiría. Era probable que no durmiese hasta que terminase todo el asunto. Llamé a Viecherovski. En cuanto escuché el timbre, recordé que no estaría en casa ese día, que dirigía unos exámenes de estudiantes graduados, pero antes que pudiese colgar levantó el tubo.

—¿Estás en casa? — pregunté estúpidamente.

—¿Qué puedo responder? — replicó Viecherovski.

— Muy bien, muy bien. ¿Viste el árbol?

— Sí.

—¿Qué te parece?

— Creo que sí.

Miré hacia el baño y dije, bajando la voz:

— Creo que soy yo.

—¿Sí?

— Ahá. He decidido poner mis notas en orden.

—¿Y lo hiciste?

— No del todo. Trataré de terminar hoy.

Viecherovski guardó silencio.

—¿Para qué? —preguntó.

Me dejó pasmado.

— No sé, de pronto tengo deseos de dejar todo limpio. Pena, supongo. Sentí pena por mi trabajo. ¿Hoy no saldrás?

— Creo que no. ¿Cómo está Irina?

— Parloteando y gorjeando — repuse. Sonreí involuntariamente—. Ya conoces a Irina. Le resbala como el agua a un pato.

—¿Se lo dijiste?

—¿Bromeas? Por supuesto que no.

24

—¿Por qué "por supuesto"?

Suspiré.

— Sabes, Fil, yo también pienso en eso. ¿Debo decírselo, o no? No lo sé.

— En caso de duda — declaró Viecherovski—, no hagas nada.

Estaba por decirle que esa era una información que conocía sin necesidad de que me la comunicara, cuando oí que Irina cerraba la ducha. Murmuré en el teléfono:

— Bien, ahora voy a trabajar. Si hay algo, llámame. Estaré en casa.

Irina se vistió y maquilló, me besó en la nariz y salió saltando. Yo me eché en la cama, con la cabeza apoyada en las manos, y me puse a pensar. Kaliam apareció enseguida, trepó sobre mí y se tendió a mi lado. Estaba suave, caliente y húmedo, y me quedé dormido. Fue como si me desvaneciera. Mi conciencia desapareció, y reapareció de golpe. Kaliam ya no estaba en la cama, y alguien tocaba el timbre. Con la señal: ta tata tata. Me levanté. Tenía la cabeza clara, y me sentía particularmente pendenciero. Estaba preparado para la muerte, y para un combate mortal. Sabía que se iniciaba un ciclo, pero ya no había más temor… sólo decisión irreflexiva, furiosa.

Pero sólo era Weingarten. Una cosa totalmente imposible: estaba más sudoroso, desaseado, sucio y descuidado que la víspera.

—¿Qué es ese árbol? — preguntó en el acto, en la puerta. Y otra imposibilidad: cuchicheaba.

— Puedes hablar en voz alta — dije—. Entra.

Entró, pisando con cuidado y mirando en torno, metió en el armario dos bolsos de compras con manuscritos, y se limpió el cuello húmedo con la mano húmeda. Hice entrar a Kaliam, tirándole de la cola, y cerré la puerta.

—¿Y bien? — dijo Weingarten.

— Como ves — repuse—. Vamos a mi cuarto.

—¿El árbol es trabajo tuyo?

— Mío.

Nos sentamos. Yo me senté a la mesa, Weingarten en la silla próxima a ella. El enorme vientre velludo le asomaba por debajo de la remera de red y del rompevientos de nyIon, desabotonado. Jadeaba, resoplaba; se secó, retorció el cuerpo y sacó el atado de cigarrillos del bolsillo de atrás. Y susurró una retahíla de maldiciones, dirigidas a nada en especial.

— Entonces la batalla continúa — dijo por fin, exhalando gruesas columnas de humo por las velludas fosas nasales—. Mejor morir de pie, ta-ta, que de rodillas… y todo eso. ¡Estúpido! — gritó—. ¿Estuviste abajo? ¡Idiota! ¿Por lo menos viste cómo crece? ¡Fue una explosión! ¿Y si hubiera ocurrido debajo de tu culo? ¡Bum, ka-bum, y ta-ta!

—¿Por qué gritas? — inquirí—. ¿Quieres unas gotas de valeriana?

—¿Tienes un poco de vodka?

— No.

—¿Un poco de vino entonces?

— Nada. ¿Qué me trajiste?

—¡Mi premio Nobel! — vociferó—. ¡Te traje mi Nobel, eso! ¡Pero no para tí, idiota! Ya tienes bastante con tus problemas. — Atacó su chaqueta, arrancó el botón de arriba y maldijo—. En la actualidad no existen demasiados idiotas — anunció—. En nuestros tiempos amigo, la mayoría supone, y muy bien, que es mejor ser rico y sano, y no pobre y enfermo. No necesitamos mucho: un tren cargado de pan y otro cargado de caviar; y el caviar puede ser negro, y el pan blanco. Este no es el siglo XIX, amigo — dijo con sinceridad—. El siglo XIX está muerto y enterrado, y de él sólo queda humo, y nada más, amigo. No dormí en toda la noche. Zájar ronca, lo mismo que el fenómeno de su hijo. Me pase toda la noche despidiéndome de los restos del siglo XIX, en mi conciencia. ¡El siglo XX, amigo, es todo cálculo y nada de emoción! La emoción, como todos sabemos, es falta de información, y nada más. Orgullo, honor, generaciones futuras… parloteo aristocrático. Athos, Porthos y Aramis. Yo no puedo hacer eso. ¡No sé cómo hacerlo, ta-ta! ¿Asunto de valores? Si quieres. Lo más valioso del mundo es mi identidad, mi familia y mis amigos. El resto puede irse al demonio. El resto está fuera de los parámetros de mi responsabilidad. ¿Luchar? Por supuesto.. Por mí. Mi familia; mis amigos. Hasta el final, sin piedad. ¿Pero por la humanidad? ¿Por la dignidad de los terráqueos? ¿Por el prestigio galáctico? ¡Al diablo con eso! ¡No combato por palabras! Tengo cosas más importantes de las cuales preocuparme. Tú puedes hacer lo que quieras. Pero no te recomiendo que seas un idiota.

Se levantó de un salto y se encaminó hacia la cocina, como un enorme dirigible en el corredor. El agua chorreó en el grifo.

—¡Toda nuestra vida cotidiana — gritó desde la cocina— es una cadena continua de transacciones! ¡Es preciso ser un idiota absoluto para hacer un trato desventajoso! ¡Eso ya lo sabían en el siglo XIX! — Se interrumpió, y lo oí tragar agua. Luego ésta dejó de correr, y Weingarten entró de nuevo en mi habitación, enjugándose la boca—. Viecherovski no te dará buenos consejos. Es un robot, no un hombre. Y para colmo, un robot del siglo XIX. Si en el siglo XIX hubiesen sabido hacer robots, los habrían fabricado parecidos a Viecherovski. Mira, puedes considerarme una persona vil. No lo discuto. Pero no dejaré que nadie me elimine; nadie. Por nada. Un perro vivo es mejor que un león muerto. Y un Weingarten vivo es muchísimo mejor que un Weingarten muerto. Ese es el punto de vista de Weingarten, y confío que también el de su familia y amigos.

No interrumpí. He conocido a ese zoquete y su carota durante un cuarto de siglo, y no de un siglo cualquiera, sino del XX. Gritaba de ese modo porque ya lo tenía todo clasificado en su mente. No tendría sentido interrumpirlo, porque no me habría oído. Hasta que Weingarten lo tiene todo clasificado, se puede discutir con él como con un igual, como con un mortal corriente, e inclusive hacerlo cambiar de opinión. Pero Weingarten, con todo acomodado, se convierte en un grabador que se vuelve a hacer funcionar una y otra vez. Y entonces grita y se vuelve descomunalmente cínico… es probable que eso sea producto de una infancia desdichada.

De manera que lo escuché en silencio, esperando a que terminase la cinta, y lo único extraño fue la cantidad de veces que se refirió a los Weingarten vivos y muertos. No podía estar asustado… no era yo, en fin de cuentas. He visto toda clase de Weingarten: Weingarten enamorado, Weingarten el cazador, Weingarten el palurdo grosero y Weingarten derrotado. Pero ése era un Weingarten que no había visto jamás: un Weingarten atemorizado. Esperé a que se desenchufara durante unos segundos para tomar un cigarrillo, y pregunté, por las dudas:

—¿Te asustaron?

Dejó caer los cigarrillos y me apuntó con el dedo, un dedo grueso, mojado, a través de la mesa. Había estado esperando la pregunta. La respuesta también estaba grabada de antemano, no sólo en ademanes, sino oralmente:

—¡Eso me gusta… me asustaron! — dijo, agitando el dedo ante mi nariz—. Este no es el siglo XIX, ¿sabes? En el siglo XIX solían asustar a la gente. Pero en el XX no se molestan con esas tonterías. En el XX te compran. No me asustaron, me compraron, ¿entiendes, amigo? ¡Es una bonita elección! O te aplastan como a un papel o te dan un flamante instituto, por el cual dos científicos ya se han aporreado a muerte. En el instituto haré diez proyectos ganadores del premio Nobel, ¿entiendes? Es claro que la mercancía tampoco es del todo mala. Es algo así como mi derecho de primogenitura. El derecho de Weingarten a su libertad respecto de la curiosidad científica. No es mala mercancía, hermano, no me discutas. Pero hace demasiado tiempo que está en las estanterías. ¡Pertenece al siglo XIX! ¡De todos modos, ya nadie tiene esa libertad en el XX! Puedes tomar tu libertad y pasarte toda la vida como ayudante de laboratorio, lavando tubos de ensayo. ¡El instituto tampoco es una tontería! Allí iniciaré diez ideas, veinte ideas, y si no les gustan una o dos, bien, volveremos a negociar. En la cantidad hay fuerza, amigo. No escupamos al viento. Cuando un tanque pesado se dirige en línea recta hacia ti y la única arma que tienes es la cabeza sobre los hombros, tienes que ser lo bastante sensato para saltar y apartarte de su camino.

Habló mucho más, gritando, fumando, tosiendo, ronco, corriendo a mirar en el bar vacío, apartándose de él, desilusionado, y gritando un poco más. Después se aquietó, se le terminaron las palabras, se recostó en el respaldo de la butaca, apoyó la cabeza en él y dirigió muecas al cielo raso.

25

— Está bien, entonces — dije—. ¿Pero adonde llevas tu premio Nobel? Habrías debido llevarlo al cuarto de calderas; en cambio lo acarreaste cinco pisos, hasta mi casa.

— Se lo llevo a Viecherovski.

Me asombré.

—¿Qué hará él con tu obra para el premio Nobel?

— No lo sé. Pregúntaselo.

— Espera — dije—. ¿Te llamó?

— No, yo lo llamé a él.

—¿Y?

—¿Qué, y? — Se enderezó en el asiento y se abotonó la chaqueta—. Lo llamé esta mañana, y le dije que elijo el pájaro en mano.

—¿Y?

—¿Qué, y? Y… me dijo, bueno, tráeme tus materiales.

Guardamos silencio.

— No entiendo por qué quiere tus materiales.

—¡Porque es un Don Quijote! — ladró Weingarten—. ¡Porque nunca lo picoteó ni una gallina asada! Porque nunca mordió un bocado más grande del que puede tragar.

De pronto entendí.

— Escucha, Val — dije—. No lo hagas. ¡Al demonio con él, se ha vuelto loco! ¡Lo hundirán a martillazos en el suelo, hasta el cuello! ¿Quién lo necesita?

—¿Y qué, entonces? — preguntó Weingarten con avidez—. ¿Qué?

—¡Quémala, tu maldita revertasa! Quemémosla ahora mismo. En la bañera.

— Es una pena, — dijo Weingarten, y apartó la mirada—. Qué pena. El trabajo… es de primera clase. Especial, extra. De lujo.

Callé. Y él abandonó de nuevo la silla, corro de un lado a otro por la habitación, salió al pasillo y volvió, y su cinta también comenzó a escucharse otra vez. Es una vergüenza sí. El honor sufre, sí. Su orgullo está herido. En particular cuando no se puede hablar a nadie de eso. Pero si se lo piensa, el orgullo es pura demencia, y nada más. Se estaba enloqueciendo él mismo. ¡Pero si la mayoría de la gente no lo pensaría dos veces, en nuestra situación! ¡Y nos llamarían idiotas! Y tendrían razón. ¿Nunca tuvimos que transigir? ¡Por supuesto, cientos de veces! ¡Y lo haremos otros cientos! Y no con los dioses, sino con piojosos burócratas, con bichos demasiado repugnantes para tocarlos.

Sus correteos frente a mí, su sudar y justificarse, comenzaban a enfurecerme, y dije que una cosa era transigir y otra capitular. ¡Ah, ahí le dolió! Fue un golpe fuerte. Pero no lo lamenté para nada. En realidad no era a él a quien golpeaba en el plexo solar, sino a mí mismo. De todos modos, tuvimos una reyerta, y se fue. Se llevó sus maletas y subió al departamento de Viecherovski. En la puerta dijo que volvería después, pero yo le respondí que Irina estaba de regreso, y se derrumbó por completo. No le gusta no agradarle a la gente.

Me senté al escritorio y me puse a trabajar. Es decir, no a trabajar, sino a organizar. Al principio esperaba que una bomba estallara debajo de la mesa, o que ante mi ventana apareciese una cara azul con un dogal en el cuello. Pero nada de eso sucedió, y el trabajo me atrapó, y entonces volvió a sonar el timbre de la puerta.

No fui a atender enseguida. Primero me dirigí a la cocina y tomé el martillo de la carne… una cosa ominosa: un lado tiene esas puntas, y el otro es un hacha. Si algo iba mal, se la daría entre los ojos. Soy un hombre pacífico, no me agradan las peleas o las discusiones, ni tampoco Weingarten, pero ya había tenido bastante. Bastante.

Abrí la puerta. Era Zájar.

— Hola, Dmitri. Por favor, perdóname — dijo con negligencia artificial.

Miré por el corredor, contra mi voluntad, pero no vi a nadie más. Zájar estaba solo.

— Entra, entra. Me alegro de verte.

—¿Sabes? resolví visitarte. — Siempre con el mismo tono artificial, que no combinaba con su sonrisa tímida y su aspecto altamente inteligente—. Weingarten desapareció no sé dónde, maldito sea. Estuve llamándolo todo el día, salió. Y como yo venía a ver a Filíp, pensé que podía pasar por aquí, a ver si estaba.

—¿Filíp?

— No, no… Valentín… Weingarten.

— Está en la casa de Filíp — declaré.

—¡Ah, ya veo! — exclamó Zájar con gran alegría—. ¿Fue hace mucho?

— Hace más de una hora.

El rostro se le heló por un segundo cuando vio el martillo en mi mano.

—¿Preparando el almuerzo? — preguntó, y agregó, sin esperar contestación—: Bueno, no molestaré. Me voy. — Se dirigió hacia la puerta, y se detuvo—. Ah, sí, casi me olvidaba… Quiero decir, no me olvidé, sólo que no sé. ¿Cuál es el departamento de Filíp?

Se lo dije.

— Ah, gracias. ¿Sabes? él llamó y yo… no sé por qué, me olvidé de preguntarle… durante la conversación.

Retrocedió hasta la puerta y la abrió.

— Entiendo — dije—. ¿Y dónde está tu chico?

—¡Eso ya terminó para mí! —gritó, gozoso, traspuso el umbral, y…

CAPÍTULO 11

EXTRACTO 20…quiso obligarme a limpiar esta porqueriza. Apenas pude librarme de eso. Convinimos en que yo terminaría mi trabajo, e Irina, como no tenía otra cosa que hacer y enloquecía de deseos de moverse — era incapaz de remojarse en la bañera y leer el último número de Literatura extranjera—, bueno, Irina se dedicaría a la ropa y ordenaría la habitación de Bóbchik. Y yo prometí arreglar nuestro cuarto, pero no hoy, sino mañana. Morgen, margen, nur nicht heute. Pero quedaría inmaculado, brillante.

Me acomodé a mi escritorio, y durante un rato todo estuvo pacífico y tranquilo. Trabajé, y trabajé con placer, pero era un placer poco común. Nunca había experimentado nada semejante. Sentí una satisfacción rara, seria. Me enorgullecía de mí, y me respetaba. Pensé que un soldado que permanecía ante su ametralladora para cubrir la retirada de sus compañeros debía de sentir lo mismo. Sabe que estará ahí para siempre, que nunca verá otra cosa que el campo fangoso, las figuras que corren, con uniforme enemigo, y el cielo bajo, torvo. Y también sabe que está bien, que no puede ser de otro modo. Y no sé qué vigía de mi cerebro escuchaba y miraba, con cuidado y sensibilidad, mientras yo trabajaba, y me recordó que nada había terminado, que todo seguía, y que en el cajón del escritorio se encontraba el temible martillo con la hoja de hacha de un lado y las puntas del otro. Y el vigía me hizo levantar la vista, porque algo ocurría en la habitación.

En rigor, no había sucedido nada especial. Irina se hallaba delante del escritorio, mirándome. Y al mismo tiempo había pasado algo, algo inesperado y demencial, porque los ojos de Irina estaban cuadrados, y sus labios hinchados. Antes que pudiese decir nada, tiró un trapo rosa sobre mis papeles, y cuando lo recogí vi que era un corpiño.

—¿Qué es esto? — interrogué, desconcertado, mirando a Irina y al corpiño.

— Es un corpiño — respondió ella con voz extraña, me volvió la espalda y fue a la cocina.

Helado por las premoniciones, jugueteé con la rosada prenda de encaje, y no pude entender. ¿Qué demonios? ¿Qué tiene que ver un corpiño con nada? Y entonces recordé a las mujeres de Zájar. Me asusté por Irina. Dejé caer el corpiño y corrí a la cocina.

Irina se encontraba sentada en un banquillo, apoyada en la mesa, la cabeza entre las manos. Un cigarrillo ardía entre los dedos de su mano derecha.

— No me toques — me dijo con tono calmo y cortante.

—¡Irina! — exclamé, patético—. ¿Estás bien?

— Pedazo de animal… — masculló, apartó las manos de su cabello y chupó el cigarrillo. Vi que lloraba.

¿Una ambulancia? Eso no serviría, ¿quién necesita una ambulancia? ¿Gotas de valeriana? ¿Bromuro? Dios mío, mírenle la cara. Tomé un vaso y lo llené con agua del grifo.

— Ahora lo entiendo todo — afirmó Irina, inhalando, nerviosa y apartando el vaso con el codo—. El telegrama, y todo. Aquí estamos. ¿Quién es ella?

Me senté y bebí un trago de agua.

—¿Quién? — pregunté atontado.

Durante un segundo pensé que iba a golpearme.

— Muy bonito, noble canalla — dijo con disgusto—. No quisiste contaminar el lecho conyugal. ¡Cuan noble! De modo que te diviertes en la cama de tu hijo.

Terminé el agua y traté de dejar el vaso, pero la mano no me obedecía. ¡Un médico! Seguía pensando. ¡Mi pobre Irina, debo llamar a un médico!

26

— Muy bien — dijo Irina. Ya no me miraba. Miraba por la ventana y fumaba, inhalaba cada tantos segundos—. Muy bien, no hay nada que hablar. Siempre dijiste que el amor era un acuerdo. Y siempre sonó tan bien: amor, honestidad, amistad. Pero habrías podido ser más cuidadoso, y no olvidarte del corpiño… ¿Quizás haya también un par de bombachitas, si buscamos bien?

Me llegó en un relámpago cegador. Lo entendí todo.

—¡Irina! Dios mío. Me asustaste tanto. Me diste un susto tan grande.

Es claro que eso no era lo que ella esperaba escuchar, porque se volvió hacia mí, con su rostro pálido, hermoso, manchado por las lágrimas, y me miró con tanta expectativa y esperanza, que casi rompí a llorar yo mismo. Ella quería nada más que una cosa: que eso se aclarase, se explicara como una tontería, un error, una loca coincidencia, y lo antes posible.

Esa era la última gota. No podía soportar más. Ya no quería guardármelo para mí. Volqué sobre ella todo el relato de horror y la demencia de los dos últimos días.

Al principio mi narración debe de haber sonado a broma. Pero seguí, hablando sin prestar atención a nada, sin darle una oportunidad de intercalar comentarios sarcásticos. Lo vomité, sin un orden especial, sin preocuparme por la cronología. Vi que su expresión de sospecha y esperanza, se convertía en asombro, luego en ansiedad, después en temor, y por último en piedad.

Para entonces nos hallábamos en nuestra habitación, frente a la ventana abierta… ella en la butaca y yo en la alfombra, con la mejilla apoyada en su rodilla; afuera había tormenta. Una nube purpúrea se derramaba sobre los techos, azotando con la lluvia; frenéticos relámpagos atacaban las sienes de la colina en el edificio. Grandes goterones fríos cayeron en el alféizar y en el cuarto. Las ráfagas de viento agitaban los cortinados amarillos, pero permanecíamos inmóviles. Me acarició el cabello en silencio. Sentí un enorme alivio. Ya lo había dicho todo. Me había quitado de encima la mitad del peso. Y reposaba, oprimiendo el rostro contra su suave rodilla atezada. Los constantes truenos dificultaban la conversación, pero yo ya no tenía nada que decir.

Y entonces ella dijo:

— Dmitri. No debes pensar en mí. Tienes que adoptar tu decisión como si yo no existiera. Porque de cualquier modo siempre estaré contigo. No importa qué resuelvas.

La apreté con fuerza. Supongo que sabía que diría eso, y pienso que las palabras en realidad no ayudaron mucho, pero igual me sentí agradecido.

— Perdóname — dijo ella al cabo de una pausa—, pero aún no lo tengo claro en la cabeza. No, te creo, por supuesto que te creo… sólo que es tan terrible… Quizás exista otra explicación, algo más… bien, más sencillo, más comprensible. Me parece que lo estoy diciendo mal. Viecherovski tiene razón, no cabe duda, pero no en cuanto a que se trate del —¿cómo lo llamó?—… ¿del Universo Homeostático? Tiene razón en que ese no es el problema. En verdad, ¿qué importa? ¿Si es el universo, hay que ceder; si son alienígenas tienes que luchar? Pero no me escuches. Hablo nada más que porque estoy confundida.

Se estremeció. Me puse de pie, me escurrí en la butaca con ella y la rodeé con los brazos. Sólo quería decirle, en todas las formas posibles, cuan aterrorizado estaba. Cuan aterrorizado estaba por mí, por ella, por los dos. Pero eso habría sido algo carente de sentido, y quizá cruel.

Sentí que si ella no existiera, habría sabido qué hacer, con exactitud. Pero existía. Y supe que se enorgullecía de mí, que siempre se había enorgullecido. Soy una persona más bien apagada, y no muy exitoso, pero hasta yo podía ser un objeto de orgullo. Era un buen atleta, siempre supe trabajar, tenía cerebro. Era bien visto en el observatorio, entre mis amigos. Sabía divertirme, mostrarme ingenioso, manejarme en las discusiones amistosas. Y ella se enorgullecía de todo eso. Tal vez un poco, pero aun así era orgullo. En ocasiones la veía mirarme. No sé cómo reaccionaría si me convertía en gelatina. Es probable que ni siquiera pudiese seguir amándola como se debía, que también fuese incapaz de eso.

Como si leyese mis pensamientos, dijo:

—¿Recuerdas cuan felices nos sentimos cuando nuestros exámenes quedaron atrás, y ya no tendríamos que aprobar ningún otro hasta el final de nuestros días? Parece que no han terminado. Parece que todavía queda uno.

— Si — dije, y pensé: pero esta es una prueba en que nadie sabe si una A o una D son mejores calificaciones. Y no hay manera de saber cómo se obtiene una A, y cómo una D.

— Dmitri — musitó ella, con el rostro junto al mío—. Debes de haber inventado algo realmente grande para que ellos te persigan. Tendrían que enorgullecerse, tú y los otros. ¡La propia madre natura los persigue!

— Hmmm — respondí, y pensé: Weingarten y Gúbar ya no tienen nada de qué enorgullecerse, y en cuanto a mí, todavía está por verse.

Y entonces, leyéndome otra vez los pensamientos, dijo:

— Y en realidad no tiene importancia qué decidas. Lo importante es que eres capaz de esos descubrimientos. ¿Me dirás por lo menos de qué se trata? ¿O también eso está prohibido?

— No sé —repuse, y pensé: ¿sólo quiere consolarme, o siente eso de veras? ¿Está tan aterrorizada que pretende convencerme de que capitule? ¿Quiere sólo endulzar la píldora que sabe que tendré que tragar? ¿O desea impulsarme a luchar, me está empujando?

— Los cerdos — dijo con suavidad—. Pero no nos quebrarán. ¿No es cierto? Nunca conseguirán eso. ¿No es cierto, Dmitri?

— Por supuesto — contesté, y pensé: ese es todo el problema, querida. De eso se trata.

La tormenta amainaba. La nube flotaba hacia el norte, y dejaba al descubierto un cielo gris, brumoso, del cual caía una blanda lluvia gris.

— Yo traje la lluvia — dijo Irina—. Y esperaba que el sábado pudiéramos ir a Solniéchnoie.

— Todavía falta para el sábado — repliqué—. Pero quizá debamos ir.

Ya se había dicho todo. Ahora debíamos hablar sobre Solniéchnoie, sobre anaqueles para Bóbchik, y acerca del lavarropas, que otra vez estaba descompuesto. Y hablamos de todo eso. Y hubo una ilusión de una velada normal, y para ampliar y fortalecer esa ilusión decidimos beber un poco de té. Abrimos un paquete nuevo de Ceilán, enjuagamos la tetera con agua caliente, en la forma más minuciosa y científica, depositamos triunfalmente la caja de Pique Dame sobre la mesa y vigilamos la marmita, esperando el momento del hervor. Hicimos las mismas bromas de siempre y preparamos la mesa, y yo tomé en silencio el formulario de la tienda de comestibles y la nota sobre Lídochka y el pasaporte de I. F. Serguéienko, los estrujé y los metí en el cesto de los papeles.

Y pasamos un momento maravilloso con el té —té de verdad, un elixir—, y hablamos de todo lo que existe bajo el sol, salvo de lo más importante. Me preguntaba qué pensaría Irina, porque parecía haber olvidado toda la pesadilla… me dijo todo lo que pensaba al respecto, y ahora lo había olvidado con alivio, y me dejaba solo, otra vez solo con mi decisión.

Después dijo que debía planchar, y que yo me sentara junto a ella y le contase algo gracioso. Comencé a levantar la mesa, y sonó el timbre de la puerta.

Me encaminé hacia el vestíbulo canturreando una cancioncilla, mientras dirigía una rápida mirada a Irina (serena, limpiaba las sillas con un trapo seco). Abrí la puerta, recordé mi martillo, pero me pareció melodramático ir a buscarlo, y terminé de abrir.

Un hombre alto, muy joven, de impermeable mojado y empapado, cabello rubio me entregó un telegrama, y me pidió que firmara. Tomé su cabo de lápiz, apoyé el recibo contra la pared, escribí la fecha y la hora, a instancias de él, firmé, devolví recibo y lápiz, le agradecí y cerré la puerta. Sabía que no era nada bueno. Allí mismo, en el vestíbulo, bajo la intensa lamparilla de 200 vatios, abrí el telegrama y lo leí.

Era de mi suegra. BÓBCHIK Y YO SALIMOS MAÑANA. VUELO 425. BÓBCHIK GUARDA SILENCIO. VIOLACIÓN UNIVERSO HOMEOSTATICO. CARIÑOS. MAMÁ. Y abajo había pegada una tira de papel: UNIVERSO HOMEOPÁTICO. Leí y releí el telegrama, lo plegué en cuatro, apagué la luz y caminé por el pasillo. Irina me esperaba apoyada contra la puerta del cuarto de baño. Le entregué el telegrama, dije "Mamá y Bóbchik llegan mañana" y fui a mi escritorio. El corpiño de Lídochka cubría mis anotaciones. Lo deposité con cuidado en el alféizar, recogí mis notas, las ordené y las metí en el anotador. Luego tomé un sobre de papel manila nuevo, puse todo adentro, lo até, y todavía de pie escribí en él: "D. Maliánov. Sobre la interacción de las estrellas y la materia en difusión en la galaxia". Lo releí, pensé un poco y taché el D. Maliánov. Luego me puse el sobre bajo el brazo y salí. Irina estaba todavía junto a la puerta del baño; tenía el telegrama apretado contra el pecho. Cuando pasé a su lado, hizo un débil ademán, ya sea para detenerme o para agradecerme. Sin mirarla, le dije:

27

— Voy a ver a Viecherovski. Volveré enseguida.

Subí las escaleras con lentitud, paso a paso, acomodando el sobre que a cada rato se me resbalaba. Quién sabe por qué, las luces estaban apagadas en las escaleras. Reinaba la oscuridad y el silencio, y oí el agua que chorreaba del techo, a través de las ventanas abiertas. En el rellano del sexto piso, junto al vertedero de basura, donde antes se besaban los amantes, me detuve y miré hacia el patio. Las hojas mojadas del gigantesco árbol relucían, negras, en la noche. El patio se hallaba desierto; los charcos brillaban, ondulados bajo la lluvia.

No encontré a nadie en las escaleras. Pero entre el séptimo y el octavo pisos un hombrecito se acurrucaba en los peldaños, y tenía a su lado un anticuado sombrero gris. Di la vuelta en torno de él, con cuidado, y seguí, y en ese momento habló:

— No subas, Dmitri.

Me detuve y lo miré. Era Glújov.

— No subas ahora — repitió—. ¡No lo hagas!

Se levantó, tomó el sombrero, se enderezó poco a poco, tomándose de la espalda, y vi que tenía el rostro manchado de algo negro… barro u hollín. Sus gafas estaban ladeadas y sus labios se retorcían de verdadero dolor. Se acomodó los anteojos y habló casi sin mover los labios:

— Otro sobre. Blanco. Otra bandera de rendición.

No dije nada. Se golpeó el sombrero contra la rodilla, sacudiendo el polvo, y luego trató de limpiarlo en la manga. Tampoco dijo nada, pero no se fue. Esperé a ver qué diría.

—¿Sabes? — dijo por último—, siempre es desagradable capitular. En el siglo pasado la gente se mataba antes que capitular. No porque tuviesen miedo de la tortura o de los campos de concentración, y no porque temieran derrumbarse bajo la tortura, sino porqué estaban avergonzados.

— Eso también ocurre en nuestro siglo — repuse—. Y no muy de vez en cuando.

— Sí, es claro — admitió—. Es claro. A uno le resulta muy desagradable darse cuenta de que no es todo lo que creía ser. Quiere seguir siendo lo que fue toda la vida, y eso es imposible si capitula. Por lo tanto debe… Pero hay una diferencia. En nuestro siglo la gente se mata porque se avergüenza ante los demás… la sociedad, los amigos… En el siglo pasado se mataban porque se avergonzaban ante sí mismos. Sabes, por alguna razón, en nuestro siglo todos creen que una persona siempre puede entenderse consigo misma. Quizá sea cierto. No sé por qué. No sé qué está ocurriendo aquí ¿Tal vez se trata de que el mundo se ha vuelto más complicado? ¿O de que existen tantos otros conceptos, aparte del orgullo y el honor, que pueden usarse para convencer a la gente?

Me miró, expectante, y yo me encogí de hombros.

— No sé. Es posible.

— Yo tampoco lo sé. Cualquiera creería que soy un capitulador experimentado, lo vengo pensando desde hace tanto tiempo, no pienso en otra cosa, y se me han ocurrido tantos argumentos convincentes… Uno cree que ya ha llegado a un acuerdo con eso, se tranquiliza, y entonces todo empieza de nuevo. Es claro que existe una diferencia entre los siglos XIX y XX. Pero una herida es una herida. Se cura, desaparece, y uno se olvida de ella, y luego el tiempo cambia, y duele. Así fue siempre, en todos los siglos.

— Entiendo — contesté—. Lo entiendo todo. Pero una herida es una herida. Y en ocasiones la herida de otro es mucho más dolorosa.

—¡Dios mío! — susurró—. No trato de… Nunca me atrevería. Estoy hablando, nada más. Por favor, no creas que quiero convencerte, que te doy consejos. ¿Quién soy yo? ¿Sabes? no hago más que pensar: ¿qué somos? Quiero decir, la gente como nosotros. O bien hemos sido muy bien educados por nuestros tiempos y nuestro país, o somos remoras, trogloditas. ¿Por qué sufrimos tanto? No lo entiendo.

No dije nada. Se caló el cómico sombrero con un gesto débil, fláccido, y dijo:

— Bien, adiós, Dmitri. Creo que no volveremos a vernos, pero no importa, me alegro de haberte conocido. Y tu té es excelente.

Saludó con la cabeza y bajó.

— Podrías tomar el ascensor — dije a su espalda que se alejaba.

No se volvió, y no contestó. Escuché sus pisadas que bajaban cada vez más, escuché hasta oír el chirrido de la puerta, muy abajo. Luego se cerró de golpe, y todo volvió a quedar en silencio.

Reacomodé el sobre bajo el brazo, pasé el último rellano, y tomándome del pasamanos subí el último tramo. Escuché, ante la puerta de Viecherovski. había alguien adentro. Voces desconocidas. Tal vez pudiese regresar en otro momento, pero no tuve fuerzas. Tenía que terminar. Y terminar pronto.

Toqué el timbre. Las voces continuaron. Esperé y llamé otra vez, y no solté el botón hasta que oí pasos, y a Viecherovski que preguntaba:

—¿Quién es?

No sé por qué, no me sorprendí, aunque Viecherovski siempre abría la puerta a todos, sin preguntar nada. Como yo. Como todos mis amigos.

— Soy yo. Abre.

— Espera. — Hubo un silencio.

Ya no se escucharon más voces, sólo el ruido que hacía alguien, muchos pisos más abajo, que abría el incinerador de desperdicios. Recordé la advertencia de Glújov, de no venir. "No vayas allá, Warmold. Quieren envenenarte." ¿De dónde era eso? Algo muy familiar. Al diablo. No tenía adonde ir. Ni tiempo. Otra vez escuché pisadas detrás de la puerta, y la llave que giraba. La puerta se abrió.

Retrocedí involuntariamente. Nunca había visto así a Viecherovski.

— Entra — dijo con voz ronca, y se apartó para dejarme paso.

CAPÍTULO 12

EXTRACTO 21…—Así que de todos modos lo trajiste — dijo Viecherovski.

— Bóbchik — respondí, y dejé mi sobre en la mesa.

Asintió y se untó el hollín en la cara con la mano sucia.

— Te esperaba — declaró—. Pero no tan pronto.

—¿Quién está aquí?

— Nadie — contestó—. Sólo nosotros dos. Nosotros y el Universo. — Se miró las manos sucias, e hizo una mueca—. Perdóname, primero me lavaré.

Salió, y yo me senté en el brazo del sillón y miré en torno. Parecía como si un cartucho de pólvora negra hubiese estallado en la habitación. Manchas de hollín, negras, en las paredes. Delgados hilos de hollín flotando en el aire. Un desagradable tinte amarillento en el cielo raso. Y un desagradable olor químico… ácido y acre. El piso de parquet estaba arruinado por una depresión redonda, sucia de carbón. Y había otra en la ventana, como si hubiesen encendido una hoguera en ella. Sí, por cierto que se la habían dado a Viecherovski.

Miré el escritorio. Estaba repleto de papeles. Una de las carpetas de Weingarten se encontraba abierta en el centro, y otra, todavía atada, junto a ella. Y había otra, anticuada, de cubierta marmolada y un rótulo en el cual se leía: "EE.UU.-Japón. Relaciones interculturales. Materiales". Y había páginas cubiertas con lo que juzgué que eran dibujos de esquemas electrónicos, y uno estaba firmado con letra rasgada, cuidadosa: "Gúbar, Z. Z.", y abajo, en letras mayúsculas: "Desvanecimiento". Mi sobre blanco, nuevo, se hallaba en el borde del escritorio. Lo tomé y lo deposité en mi regazo.

El agua del baño dejó de correr, y poco después Viecherovski me llamó.

— Dmitri, ven aquí. Beberemos un poco de café.

Pero cuando entré en la cocina no había café, sino una botella de coñac y dos exquisitas copas de cristal. Viecherovski no sólo se había lavado, sino, además, cambiado de ropa. Había reemplazado su elegante chaqueta, con el enorme agujero bajo el bolsillo del pecho, y los pantalones color crema, por un liviano conjunto de entrecasa. Y no llevaba corbata. Su cara lavada estaba muy pálida, lo que hacía que sus pecas se destacaran aún más, y un mechón de cabellos rojos mojados le caía sobre la abultada frente. En su semblante había algo más, aparte de la palidez, que resultaba fuera de lo común. Y entonces me di cuenta de que tenía las cejas y pestañas chamuscadas. Sí, se la habían dado a Viecherovski, de veras.

— Un tranquilizante — dijo, mientras servía el coñac—. ¡Probst!

28

Era Ajtamar, un raro y legendario coñac armenio. Bebí un sorbo y lo saboreé. Maravilloso coñac. Bebí otro sorbo.

— No me haces preguntas — dijo Viecherovski mirándome a través de la copa—. Tiene que resultarte difícil. ¿O no?

— No, no tengo preguntas. Para nadie. — Apoyé un codo en mi sobre blanco—. Tengo una respuesta. Y es la única. Escucha, te van a matar.

Por costumbre, enarcó las cejas chamuscadas y bebió un sorbo de su copa.

— No lo creo. No me acertarán.

— Tarde o temprano te acertarán.

— A la guerre comme a la guerre — replicó, y se irguió—. Muy bien, ahora que mis nervios están tranquilizados, podemos beber un poco de café y discutir todo el asunto.

Miré su espalda redonda y sus móviles hombros mientras manipulaba su cafetera.

— No tengo nada que discutir. Tengo a Bóbchik.

Y mis propias palabras hicieron que algo chasqueara en mí. Desde el momento en que leí el telegrama, todos mis pensamientos y sentimientos habían quedado anestesiados; de pronto, ahora se descongelaban y trabajaban a todo vapor. Volvieron a mí el miedo; la repugnancia, la desesperación y el sentimiento de impotencia, y me di cuenta, con insoportable claridad, que a partir de ese momento quedaba trazada, entre Viecherovski y yo, una línea de fuego y azufre que jamás se podría franquear. Debería detenerme detrás de ella por el resto de mi vida, mientras él seguía caminando por entre las minas de tierra, el polvo y el fango de las batallas que yo nunca conocería y desaparecía en el horizonte llameante. Nos saludaríamos con la cabeza cuando nos cruzáramos en la escalera, pero yo permanecería de este lado de la escalera, con Weingarten, Zájar y Glújov… bebiendo té o cerveza, o cerveza para bajar la vodka, y parloteando sobre intrigas y ascensos, ahorrando para un coche y subsistiendo en algún aburrido proyecto oficial. Y tampoco vería a Weingarten y Zájar. No tendríamos nada que decirnos; nos sentiríamos demasiado avergonzados para encontrarnos, nos daría repugnancia mirarnos, y tendríamos que comprar vodka u oporto para olvidar la turbación o la náusea. Es claro que aún me quedaría Irina, y Bóbchik estaría vivo y bien, pero nunca llegaría a ser el hombre que yo quería que fuese. Porque ya no tendría derecho a desear que fuera así. Porque él jamás podría enorgullecerse de mí. Porque yo sería ese papá "que pudo haber hecho un gran descubrimiento, también, pero que por ti…" ¡Maldito el momento en que las estúpidas cavidades M pasaron flotando por mi cerebro!

Viecherovski puso la taza de café ante mí, se sentó enfrente, y con un movimiento elegante y preciso echó el resto del coñac en su café.

— Pienso irme de aquí —dijo—. Es probable que también me vaya del instituto. Me hundiré en algún lugar, lejos. En Pamir, tal vez. Sé que necesitan meteorólogos para el período otoño-invierno.

—¿Qué sabes de meteorología? — pregunté con tono apagado, mientras pensaba: No te alejarás de eso en Pamir, también en Pamir te encontrarán.

— No es una profesión difícil — replicó Viecherovski—. No se necesitan conocimientos especiales.

— Es estúpido — afirmé.

—¿Qué, con exactitud?

— Es una idea estúpida — dije. No lo miré—. ¿De qué servirá que te conviertas en un técnico rutinario, en lugar de seguir siendo un matemático? ¿Crees que ellos no te encontrarán? ¡te encontrarán, y cómo!

—¿Y qué sugieres?

— Arrójalo todo al incinerador — dije, casi sin poder hablar—. La revertasa de Weingarten, y el Intercambio Cultural, y esto. — Empujé el sobre hacia él, a través de la lisa superficie de la mesa—. Arrójalo todo y concéntrate en tu propia obra.

Viecherovski me miró en silencio a través de sus poderosas lentes, parpadeó con las pestañas chamuscadas, unió los restos de sus cejas y miró la taza.

— Eres un especialista de primera — dije—. ¡El mejor de Europa!

Viecherovski continuó silencioso.

—¡Tienes tu trabajo! — grité, sintiendo que la garganta se me agarrotaba—. ¡Trabaja! ¡Trabaja, maldito seas! ¿Por qué tuviste que mezclarte con nosotros?

Viecherovski lanzó un largo y profundo suspiro, se volvió de costado y apoyó la cabeza y la espalda en la pared.

— De manera que no entendiste — dijo con lentitud, y en su voz hubo una satisfacción y regocijo poco comunes, y totalmente fuera de lugar—. Mi trabajo… — Sin moverse, me miró de soslayo—. Hace dos semanas que me persiguen a causa de mi trabajo. Ustedes no tienen nada que ver con eso, mis corderitos. Debes admitir que poseo un notable dominio de mí mismo.

— Muérete — dije, y me puse de pie, para marcharme.

—¡Siéntate! — Me senté—. ¡Pon coñac en el café! —Puse—. ¡Bebe! — Vacié la taza, sin percibir sabor alguno.

— Pedazo de actor — dije—. A veces hay en ti mucho de Weingarten.

— Sí, hay. Y de ti, y de Zájar y de Glújov. En mí hay más de Glújov que de ningún otro. — Sirvió más café, con movimientos cuidadosos—. Glújov. El deseo de una vida tranquila, de irresponsabilidad. Convirtámonos en la hierba y los arbustos. Convirtámonos en el agua y las flores. ¿Quizá te irrito?

— Sí.

Asintió.

— Es natural. Pero no puedes hacer nada. Quiero explicarte lo que sucede. Pareces creer que me enfrentaré a un tanque con las manos vacías. Nada de eso. Estamos frente a las leyes de la naturaleza. Es estúpido luchar contra las leyes de la naturaleza. Es vergonzoso capitular ante ellas, y a la larga, también estúpido. Las leyes de la naturaleza deben ser estudiadas, y después utilizadas. Ese es el único enfoque posible. Y eso es lo que pienso hacer.

— No entiendo.

— En un minuto lo entenderás. Esa ley no se manifestó antes de nuestra época. Para decirlo con más exactitud, jamás la conocimos. Aunque tal vez no sea un accidente que Newton se enredara en la interpretación del Apocalipsis y Arquímedes fuese muerto por un soldado borracho. Él problema es que la ley se manifiesta de una sola manera: por medio de una presión insoportable. Una presión que pone en peligro la salud mental, y aun la vida. Pero aquí no es posible hacer nada. En fin de cuentas, eso no es singular en la historia de la ciencia. Hubo algún peligro en el estudio de la radioactividad, en la detención de las tormentas, en la teoría de que existen muchos mundos habitados. Es posible que con el tiempo aprendamos a canalizar esa presión hacia zonas inofensivas, y hasta llegar a dominarla para nuestros propios objetivos. Pero ahora no se puede hacer nada, es necesario correr el riesgo… y repito, no por primera y no por última vez en la historia de la ciencia. Quiero que entiendas que, en lo fundamental, no existe nada nuevo ni extraordinario en esta situación.

—¿Por qué debo entender todo eso? — pregunté, lúgubre.

— No sé. Quizá te facilite más las cosas. Y además me gustaría que supieses que esto no es para un día ni para un año. Creo que podría ser para más de un siglo. No hay prisa — bufó—. Todavía quedan mil millones de años por delante. Pero podemos y debemos empezar ahora. Y tú… bueno, tú tendrás que esperar. Hasta que Bóbchik crezca. Hasta que se acostumbre a la idea. Diez años, veinte… no tiene importancia.

—¡Y cómo! — repliqué, sintiendo en el rostro una desagradable sonrisa torcida—. Dentro de diez años no serviré para nada. Y dentro de veinte, me importará un comino de todo.

No dijo nada; se encogió de hombros y llenó la pipa. Callamos. El trataba de ayudarme. Me pintaba algunas perspectivas, me demostraba que yo no era tan cobarde, ni él tan heroico. Que sólo éramos dos hombres de ciencia; se nos ofrecía un proyecto, y dadas las circunstancias él podía trabajar en eso ahora, y yo no. Pero no me resultó más fácil por eso. Porque él iría a Pamir, a luchar con la revertasa de Weingarten, con los desvanecimientos de Zájar, con sus propias matemáticas brillantes y todo lo demás. Le lanzarían bolas de fuego, le enviarían fantasmas, congelados escaladores de montañas, en especial mujeres, dejarían caer aludes sobre él, lo arrojarían al espacio y el tiempo, y por último llegarían hasta él, allí. O quizá no. Tal vez él determinaría las leyes de las manifestaciones del fuego y de las invasiones de congelados trepadores de montañas. Y era posible que no ocurriese nada de eso. Quizá se sentaría a analizar sus trabajos, y trataría de descubrir el punto de intersección de la teoría de las cavidades M y el análisis cualitativo de la influencia cultural norteamericana sobre Japón, y era probable que fuese un muy extraño punto de intersección, y también era probable que en ese punto hallase la clave de todo el malévolo mecanismo, y hasta la clave para dominarlo. Y yo me quedaré en casa, recibiré a mi suegra y a Bóbchik, cuando bajen del avión, mañana, e iremos todos juntos a comprar los anaqueles.

29

— Te matarán allí —dije, desesperado.

— No es obligatorio — repuso—. Y en fin de cuentas, allí no estaré solo… y no sólo allí… y no sólo yo.

Nos miramos a los ojos. Detrás de las gruesas lentes no había tensión, ni falsa impavidez, ni llameante martirio… sólo la rojiza calma y la rojiza confianza de que todo sería como era, y de ninguna otra manera.

Y no dijo nada más, pero sentí que continuaba hablando. No había prisa, decía. Aún quedan mil millones de años hasta el fin del mundo, decía. En mil millones de años se puede hacer mucho, muchísimo, si no nos rendimos y entendemos, si entendemos y no nos rendimos. Y también pensé que decía: "¡El sabía cómo garabatear en el papel bajo el chisporroteo de la vela! Tenía algo por lo cual morir junto al río Negro". Y sus satisfechas risotadas, como las risas marcianas de Wells, resonaron en mis oídos.

Bajé la vista. Sentado, encorvado, apreté con ambas manos, contra el vientre, el sobre blanco, y repetí por décima, por vigésima vez: "Y desde entonces se abren ante mí senderos tortuosos, desviados, abandonados…"

Final del manuscrito

Julio-diciembre de 1974

FIN

30